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    Jueves | 17 Sep, 2026, 17:02

    Morelia 1981: Cuando Aridjis reunió a Borges y Heaney en un mítico festival de poesía

    Un recorrido por el mapa literario del Primer Festival Internacional de Poesía de Morelia 1981

    Foto: Cortesía

    Rafael Calderón / La Voz de Michoacán

    (Primera de tres partes)

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    I

    El anfitrión y el festival de poesía

    Para iniciar un recorrido por el mapa literario del Primer Festival Internacional de Poesía de Morelia 1981, resulta indispensable detener la mirada en la figura de su artífice, el poeta Homero Aridjis, de gran trascendencia en la poesía hispánica de estos tiempos. En la historia de la literatura y sus fundaciones, las festividades nunca ocurren por un azar del calendario o por la simple inercia del tema; brotan de una voluntad lúcida capaz de determinar el rumbo de los eventos culturales. En el verano de 1981, esa voluntad indómita tuvo el nombre y el apellido de Homero Aridjis. Él no debe ser leído únicamente como el hijo de Contepec que trascendió hacia el canon, sino como el fundador del festival que hizo posible la confluencia de las lenguas del mundo por las calles de Morelia. Abordar su figura literaria exige desentrañar una triple condición que sostiene la edificación del encuentro: su palabra como creador fundamental, su rigor como tejedor de un puente sobre el Atlántico, y su posición al frente del Instituto Michoacano de Cultura (IMC). En el cruce de estas tres vertientes el festival adquiere su verdadero anclaje político, institucional y literario, transformándose en una fijeza perdurable: una lección de hospitalidad universal y resistencia desde lo local.

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    Clausura del festival

    Este primer ángulo se despliega al ponderar cómo el festival se ejecutó con los recursos del centralismo cultural mexicano de los años ochenta, pero radicada en Morelia. Como primer director del IMC, Aridjis operó una auténtica revolución geopolítica cultural: arrancar el epicentro intelectual de la Ciudad de México para mudar la poesía a una capital del interior. Traer a los grandes creadores de la posguerra europea, la contracultura norteamericana y las letras de los cinco continentes a la ciudad de la cantera rosa de Morelia no fue un simple capricho de descentralización, sino un acto de subversión poética. Aridjis logró que el país y sus instituciones desplazaran la mirada y demostró que la provincia no era el margen dócil donde se reciben los ecos apagados de la metrópoli, sino un centro de gravedad autónomo, capaz de ejercer la hospitalidad universal y fundar, desde el Teatro Morelos, la capital de la poesía y nombrar la memoria lírica del fin de siglo XX.

    Esta hazaña desemboca en la capital michoacana: la hospitalidad entendida no como protocolo diplomático, sino como poética del encuentro. La convocatoria de Aridjis no obedeció a los dictados de la burocracia, sino a un acto de reverencia ante la tradición. Solo un creador que habitaba con naturalidad las constelaciones intelectuales del planeta, gracias a sus estaciones diplomáticas y a su oficio como traductor, podía poseer el prestigio necesario para congregar en un mismo escenario a escritores de la talla de Jorge Luis Borges, Allen Ginsberg y Seamus Heaney. Aridjis no convocaba desde la fría distancia de un despacho oficial, sino desde la hermandad de la escritura y el asombro del verso compartido. Su quehacer consistió en tender ese hilo de seda invisible que suturó las heridas ideológicas bajo la luz de Morelia, logrando que las lenguas extranjeras y las fronteras se disolvieran en un murmullo de diálogo común.

    En este encuentro brota, con una gravedad deslumbrante, la paradoja del anfitrión. Mientras Aridjis administraba los engranajes de la institución, lidiaba con el peso material de los días, ordenaba los traslados y contenía los vientos ideológicos de la época, también comparecía en la memoria del encuentro bajo el rigor de su propia creación. Es el poeta que abre de par en par los portales del Centro Histórico, el Acueducto, pero también se sienta a la mesa a compartir el pan sagrado del lenguaje. Prueba de esto es que en las páginas de la antología Aridjis no ocupa un nicho discreto; su presencia se levanta a través de doce poemas fundamentales que condensan la anchura de su universo verbal, demostrando que esa constelación no obedece a un exceso de vanidad, sino al testimonio de una madurez literaria que dialogaba en igualdad de condiciones con los astros que su propia voluntad había convocado.

    Se hace evidente que el Aridjis poeta estaba profundamente alimentado por el Aridjis gestor cultural y el diplomático de carrera. En la música de poemas como “Quemar las naves” o “Fray Gaspar de Carvajal recuerda el Amazonas”, la historia y el viaje se transforman en mitologías de la pérdida y la refundación: un espejo perfecto para el nomadismo de los creadores internacionales que entonces caminaban por los portales de la ciudad. En poemas como “Distrito Federal” y “Teotihuacán”, el espacio mexicano se devela por su doble dimensión de urbe herida y vestigio sagrado, mientras que en “Estas piedras” o “Emiliano Zapata”, su lírica se amotina para reclamar el peso de la memoria colectiva y la tierra arde en sus versos. Aridjis escribía, presidía la institución cultural y convocaba la epifanía bajo la misma atmósfera suspendida de la provincia. Su despliegue monumental en la antología es el recordatorio de que el festival fue concebido, antes que nada, desde el rigor de su condición de creador. Al final de los días, cuando los reflectores del Teatro Morelos se apagaron y los poetas regresaron a sus países, lo que quedó impreso en la memoria de la patria mexicana fue el testimonio de un hombre que supo ser, al mismo tiempo, el arquitecto y el habitante de su propio laberinto. El anfitrión que quemó sus naves mundanas para edificar, en el corazón de Michoacán, su propia capital poética, dejando en la publicación de la antología el refugio eterno de la poesía del siglo XX.

    El Festival Internacional de Poesía de 1981 no solo significó un hito fundacional para Michoacán, sino un acontecimiento de resonancia mundial que reconfiguró la geografía literaria de la época. Congregar en un mismo espacio a figuras del relieve de Borges, Günter Grass, Ginsberg, Tomas Tranströmer, Seamus Heaney o Vasko Popa convirtió a la ciudad, por unos días, en el centro de gravedad del verbo universal. Aquel encuentro propició un cruce de tradiciones casi irrepetible: un diálogo encendido entre la vanguardia hispanoamericana, la irreverencia de la generación Beat norteamericana y el rigor de las voces europeas que, años más tarde, habrían de refrendar el acierto de esa reunión al coronarse tres de ellos con el Premio Nobel. Explorar aquellas lecturas cruzadas, las tensiones ideológicas del periodo y las afinidades de una poética contemporánea nos obliga a volver a la antología que maduró como fruto de ese terreno fértil. Esa antología es el testimonio de cómo un instante de tal magnitud deja una huella indeleble en la memoria colectiva y en la mirada de los creadores más jóvenes que atestiguaron el prodigio: el festival, en definitiva, sembró una semilla que alteró para siempre el rumbo de la lírica mexicana y contemporánea de todos los idiomas.

    Así, he de recordar por mi parte que la primera vez que tuve noticias de este festival fue precisamente a través de los versos de Seamus Heaney. Lo evoco todavía con la nitidez de la primera juventud: corría octubre de 1995 cuando, tras el anuncio del Premio Nobel al poeta irlandés, leí por primera vez “El zorrillo”, poema incluido por Aridjis en la antología del encuentro. Aquello fue una doble revelación: descubrir la potencia de una voz excepcional y enterarme, con asombro, que la fuente bibliográfica de tal hallazgo era la antología de aquel mítico festival moreliano de 1981. Capturado por la fascinación, me di a la tarea de buscar el volumen para rastrear sus páginas; para mi fortuna, la compilación resguardaba seis poemas más de este autor, traducidos al español por la también poeta Verónica Volkow, cuya lectura he habitado con persistencia desde entonces.

    Ese hallazgo inicial me condujo a una revelación más profunda y definitiva: la dimensión de la hazaña que Aridjis, acompañado por su esposa Betty Ferber, había emprendido en agosto de 1981, desde Morelia, para la tradición literaria de fin de siglo. Al adentrarme en las páginas de esa publicación (que con los años se ha vuelto un clásico y una verdadera cartografía de la lírica universal), descubrí que la antología no solo custodiaba el fulgor de astros internacionales como Günter Grass, la contracultura de Ginsberg o la ceguera metafísica de un Borges crepuscular, encargado de clausurar las lecturas. En aquellas páginas también latía un diálogo riguroso con la modernidad mexicana, abriendo un vaso comunicante inédito hacia las zonas periféricas del encuentro, donde la poesía joven del país y la lírica de Michoacán confrontaron sus propias búsquedas a la sombra de los grandes poetas de la época. Aquella antología no fue un simple registro de lecturas; fue el territorio donde lo local, lo nacional y el canon universal compartieron la misma fijeza temporal, fundando para las generaciones venideras una herencia viva: un refugio entrañable, frecuente y necesario donde la palabra sigue respirando bajo la misma luz suspendida.

    Alguna vez también me pregunté el porqué de la ausencia de Octavio Paz y de José Emilio Pacheco en aquellas jornadas, cuando los creadores más significativos de la lírica nacional acudieron al llamado del poeta michoacano. Aunque Paz fue invitado y se asegura apoyó con entusiasmo el festival desde la Ciudad de México —incluso la prensa se debatía ávidamente por sus posturas estéticas frente a la irreverencia de la generación Beat—, y pese a que ese mismo año obtenía el Premio Cervantes, su nombre no figuró finalmente con su lectura en los recintos morelianos ni en el índice de la antología. En el ámbito de la crónica cultural, vale recordar que el fotógrafo Juan Miranda, enviado de la revista Proceso, estuvo en ese agosto de 1981 retratando a varios de los poetas más notables del mundo congregados por Aridjis; Paz, que figuraba en la lista de invitados principales, no pudo asistir debido a una fractura de manos. Esta omisión, lejos de demeritar, se vuelve un catalizador brillante para definir una poética que se sustenta desde las presencias: demuestra cómo la antología se sostuvo por el peso de sus propias e imponentes estructuras, descentralizando el canon tutelar para dialogar en un escenario abierto. Se comprende así que el valor del volumen no dependía de una sola sombra reguladora; lo que destaca es su lírica sobre tres escenarios fundamentales que configuran un mapa tripartito: los poetas internacionales, la poesía joven de México y, finalmente, la poesía de Michoacán. Curiosamente, la presencia en el festival de Alí Chumacero —quien junto a Paz, Pacheco y el propio Aridjis había fraguado en 1966 la mítica antología Poesía en movimiento que en noviembre cumple 60 años su primera edición— sirvió como el eslabón secreto que tendió un puente de continuidad y legitimidad entre ambas hazañas editoriales.

    Despejado el terreno institucional, rota la inercia del centro y levantada esta casa de la poesía como refugio de la palabra, ese fue el momento para cruzar el umbral del Teatro Morelos, abrir las páginas de la antología y escuchar las voces que habitan esta memoria. Volvamos la mirada, entonces, a los poetas del festival, a la poesía joven de México y a los autores de la poesía de Michoacán.

    Rafael Calderón (Morelia, Mich, 1976). Ha publicado poesía y ensayo. Es autor en ensayo de Pablo Neruda en Morelia (2024) y en poesía Recuento de Estos días (2024) y tiene en proceso de edición El turno y la presencia. 200 años de poesía en Michoacán 1825-2025, por Centzontli Pájaro de cuatrocientas voces.

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