EMILIANO MEDINA Morena está en peligro de no renovar la gubernatura en 2027. Se presupone que Grecia Quiroz es quien impediría el triunfo guinda y, aunque la lectura es correcta, el componente Quiroz-Manzo no es el único que determinará la elección. La realidad es que, en Michoacán, como en otros estados, la verdadera amenaza está en casa: en una lucha de tribus que la designación de Carlos Torres Piña como próximo candidato —o la no designación de Raúl Morón— no hizo más que evidenciar. Fuera cual fuera el desenlace, la ruptura era un hecho anunciado al que solo le faltaba fecha. Habiendo aprendido algo de las funestas elecciones internas del PRD, los morenistas niegan constantemente la existencia de tribus. Prefieren referirse a ellas como “diferentes grupos con un objetivo compartido”. Cuando se les menciona —sin importar el rincón del país— hablan de Morena como “un partido plural donde convergen grupos de amplísimos contextos”. Esto es cierto. Sin embargo, no por ello la toma de decisiones pasa por todos los grupos que, aseguran, convergen en el movimiento. Los que llegan a la instancia final son unos cuantos. Así quedó a la vista el pasado lunes 14 de septiembre. Raúl Morón no es parte del grupo político que hoy gobierna en Michoacán. Las razones de la ruptura o del desencuentro no son relevantes para lo que busco presentar: que dos facciones tan poderosas dentro del partido estén enfrentadas es, en sí mismo, un obstáculo para el desempeño de Morena. No estoy hablando de tribus menores: al lado de “El Profesor” se encuentra toda una estructura de peso articulada por el exgobernador Leonel Godoy. A esta la acompaña el respaldo de liderazgos nacionales como Fernández Noroña o Reginaldo Sandoval, cuyo papel será decisivo para determinar si el Partido del Trabajo irá solo o en coalición. Ni siquiera queda clara la salida de negociar la candidatura de Morelia: Juan Carlos Barragán —quien forma parte del equipo de Morón— fue inhabilitado en primera instancia a un año de la elección. Dicen que en política no hay coincidencias. Lo que es un hecho es que los espacios “de peso” son cada vez menos para el moronismo. Paradójicamente, la decisión de la candidatura sí se basó en una medición comprobable: de acuerdo con los sondeos de opinión serios —Mendoza Blanco o De las Heras—, fue Torres Piña quien destacó tanto en los atributos de imagen como en la intención de voto. Es el perfil mejor evaluado y quien más posibilidades tiene de ganarle a la alcaldesa de Uruapan o a un frente encabezado por Alfonso Martínez. La pregunta desde ese lunes es: ¿quién lo acompaña? Morón descartó competir solo con el Partido del Trabajo, pero Sandoval ya dijo que el proceso de selección del PT es ajeno a Morena y “se encuentra caminando”, sugirió incluso que su abanderado puede ser el propio senador. Habrá que ver si este cede o si se trata de una estrategia del PT para vender más caro su apoyo. Lo cierto es que una candidatura por fuera de la coalición le costará votos a Morena en una elección que de por sí se lee cerrada. No parece que la famosa “operación cicatriz” vaya a resolverse con un par de arreglos. Se ha llegado a especular que hay quien preferiría que ganara la oposición, con tal de no ceder terreno al grupo rival. No es una exageración: Michoacán refuerza la idea que se tiene de una dirigencia nacional incapaz de poner orden entre las tribus. El problema va más allá de obedientes e indisciplinados —donde destacó Fabiola Alanís con un discurso de conciliación—: la tan ansiada unidad predicada desde la Ciudad de México pende de un hilo. Por cierto, se aseguró en medios nacionales que Carlos Torres Piña es el delfín del gobernador. No estaría tan seguro, después de ver una contienda amplia en la que participaron personajes allegados al mandatario como Gladyz Butanda o Gabriela Molina. Me parece, entonces, que lo del exfiscal es un ascenso meteórico capitalizado en el momento oportuno. Falta saber si será factor de conciliación o si arrancará cuesta arriba. emilianomedina19@outlook.es