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    Jueves | 24 Sep, 2026, 10:54

    Lecturas y Deslecturas | La memoria a ritmo de pop rock

    «A veces, leer es precisamente eso: el arte sagrado de volver” un reencuentro con la literatura de Haruki Murakami

    Jorge Bustamante García

    Hace veinte años leí por primera vez a Haruki Murakami, como muchos lectores de entonces, tal vez, bajo el influjo que por entonces imponía el marketing y promoción de las grandes editoriales como Tusquets o Alfaguara. En ese ya remoto 2006 no había todavía predicción de aplicaciones móviles, por los celulares comunes (recuerdo mi viejo modelo Nokia negro, que nadie robaba cuando lo dejaba olvidado en algún café) se enviaban mensajes escritos con teclas físicas que se reflejaban en una pequeña pantalla; estaban de moda los blogs en el vasto mundo de la web que crecía, donde el que quisiera escribía lo que se le antojaba: viajes, lecturas, crónicas, chismes, diarios, intimidades, con la perdida esperanza de poder alcanzar a alguien, de intentar rozar otras sensibilidades y afinidades, ya fueran amigos, familiares o totales desconocidos; y cuando eso sucedía ocurrían pequeños milagros de lentitud sorprendente, pues era un tiempo en el que aún reinaba el correo electrónico cargado de archivos adjuntos. Pero en los últimos veinte años los avances han sido tan extraordinarios, que todo se volvió instantáneo, pocos cometen la hazaña de leer un libro en uno, dos, tres meses, para simplemente volver a lo que importa, o como lo dijo mi admirado desconocido, Cansino Assens, “es que, a veces, leer es precisamente eso: el arte sagrado de volver”. Ya vienen las IA para alimentar la inexistencia, es lo único que vale, todo lo demás envejece sin remedio: el amor, los pensamientos, los sueños, la memoria en realidad es algo cada vez más extraño  

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    “La memoria es algo extraño”, dice el narrador Watanabe al comienzo de la novela Tokio Blues, la primera que leí del escritor japonés. Realmente la memoria es algo extraño, o si no cómo explicar que puedan crecer 383 páginas en la cabeza de un escritor tras escuchar una interpretación instrumental y, para colmo de males, ramplona de Norwegian Wood de los Beatles, al aterrizar en el aeropuerto de Hamburgo. “La melodía me conmovió, como siempre. No. En realidad, me turbó: me produjo una emoción mucho más violenta que de costumbre”, comenta el personaje narrador Watanabe y no puede evitar que el hecho se convierta en el detonador del relato que se vuelca despiadadamente sobre sus recuerdos de casi veinte años antes, en 1969, cuando era un universitario, vivía en una residencia estudiantil que a la sazón era el centro de su vida y trabajaba medio tiempo en una tienda de discos. Murakami, el autor de la novela, al igual que el personaje narrador Watanabe, por ese mismo año era estudiante de literatura y drama griego en la Universidad de Waseda (Soudai), vivía también en una residencia de estudiantes y trabajaba en las tardes en una tienda de música. Curioso, consabido y recurrente asunto, recordado hasta la saciedad por muchos novelistas: el autor es en alguna medida la fuente interhumana de sus personajes. Tal como detrás de un texto hay muchos textos, un mosaico de citas extraídas de innumerables textos anteriores, asimismo los personajes son de alguna manera una glosa de su autor o de ciertas personas reales que lo rodearon.

    Tokio blues narra la historia de tres amores y un solo desamor que los contiene. El joven Watanabe, aunque no lo sepa y nunca lo tenga muy claro, ama en tres chicas exactamente aquello que las hace distintas. En Naoko, una joven que padece un fuerte desequilibrio emocional tras el suicidio de su novio y que intenta recuperarse en un sanatorio en las montañas cercanas a la ciudad de Kyoto, Watanabe ama su lejanía, su dolor, su extensa soledad, su orfandad y quiere llenar ese vacío irreparable que ha dejado el suicida (también amigo suyo). Le escribe largas cartas desde su habitación en la residencia estudiantil en Tokio y va por fin a buscarla en su centro de recuperación en las montañas, pero nunca se colman sus expectativas mutuas; y aunque sus acercamientos afectivos se hacen cada vez más intensos, sus tactos y deseos sexuales apenas cristalizan en tímidos escarceos y sólo una vez en el “orgasmo más triste” para los dos.

    En Midori, una joven más abierta, pragmática y dinámica, Watanabe encuentra a alguien más carnal, terrenal y desenfadada, a quien no le importa el impacto que producen sus contorneadas y hermosas piernas bajo una cortísima minifalda que no da tregua a los atribulados estudiantes que parecen comérsela con sus lujuriosas miradas. Sin embargo, una cierta ambigüedad rodea su relación con Midori, pues, aunque llega a enamorarse de ella, la culpabilidad por Naoko lo persigue permanentemente. Pero es Reiko, la compañera de habitación de Naoko en el sanatorio —una mujer madura que cuida de Naoko y los dobla en edad tanto a ella como a Watanabe, pianista frustrada que toca la guitarra y canta sin término todas las canciones de los Beatles porque ellos “debían de conocer muy bien la soledad y la dulzura de la vida humana”— la que conduce a Watanabe, tras el suicidio de Naoko y el alejamiento de Midori, a la culminación de una experiencia como nunca antes había alcanzado con sus otras dos amigas.

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    Al final de una historia que no tiene final, como acontece en la vida misma, donde con frecuencia llega lo más inesperado, Reiko y Watanabe se encuentran solos en una habitación en una tarde de principios de otoño. Hablan de Naoko, del dolor que les causa su ausencia: “Si sientes dolor por la muerte de Naoko —le aconseja Reiko a Watanabe—, siéntelo el resto de tu vida. Y si algo puedes aprender de este dolor, apréndelo. Pero intenta ser feliz con Midori. Tu dolor no tiene nada que ver con ella”, y le propone celebrar el funeral de Naoko: “uno que no sea triste”. Llenan las copas de vino “hasta el borde”, beben, Reiko toma la guitarra y se pregunta cuántas canciones podrá tocar antes de emborracharse: “Un funeral así no está nada mal. No es triste”. Inicia con Norwegian Wood, Yesterday, Here comes the Sun y muchas otras canciones de los Beatles, luego canta otras de los Beach Boys, de Stevie Wonder, de Ray Charles, de Bob Dylan; en total, cincuenta canciones según los cálculos de Watanabe. Al final, en la habitación oscura, con las ventanas cerradas, Reiko y Watanabe se abrazan como si fuera lo más natural del mundo, cada uno busca el cuerpo del otro, se recorren, se palpan, se exploran sin descanso, se hunden mutuamente en sus cuerpos para enfrentar el dolor del mundo. Luego se separan y nunca más se vuelven a ver.

    “Escribo sobre cosas muy raras”, dijo Murakami en alguna entrevista. Supongo que no es cierto. He leído otras novelas suyas con el paso de los días: Sputnik, mi amor, De qué hablo cuando hablo de correr, After dark (que me dejó una frase que todavía reverbera “¡Y pensar que las cosas importantes de la vida diaria las vamos olvidando una tras otra!”) y creo más bien que escribe sobre cosas que le suceden a la gente todos los días, en todas partes. Pero es que todos los días nos pasan cosas raras que nos parecen comunes. Sobre esas cosas que nos parecen comunes, aunque sean raras, es que escriben los que escriben aquí en México, en Colombia, en Perú, en Francia, en Japón y en Cafarnaúm. Escribir significa residir en un mundo singular y desde esa perspectiva siempre se tienen ángulos inéditos que enriquecen nuestra mirada del mundo. Murakami saca la cabeza de la razón instrumental del viejo mundo japonés y mira hacia otros lados a través de la música de los Beatles y de tantos otros hacedores del pop-rock y, como en un espejo, esa mirada permea todas las relaciones de sus personajes y confiere textura singular a su mundo, que es también el nuestro. Después de leerlo y desleerlo al paso de veinte años me parece ya un tanto rancio, pero sigo percibiendo que su prosa altera siempre algo de la realidad, aunque no sea necesariamente fantástica.

    Traductor de Raymond Carver, Scott Fitzgerald, Raymond Chandler y muchos otros autores, su literatura refleja la soledad y el desamor con una vena surreal y de fino humorismo. Otros libros suyos que yacen en los estantes de mi biblioteca, y que a veces hojeo sin esperanzas ya de leerlos al revés, son Crónica del pájaro que da cuerda al mundo; Al sur de la frontera, al oeste del sol; y el voluminoso Kafka en la orilla. Imposible leer hasta el final a este prolífico escritor, que siempre se repite hasta el aburrimiento, pero que siempre se renueva, también, hasta el aburrimiento.

    Jorge Bustamante García es geólogo, escritor y traductor. Ha publicado poesía, ensayo, relatos y la novela Las calles de las ciudades ajenas (Medellín, 2028). Sus traducciones de autores rusos han aparecido en México, España, Colombia y Chile.

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