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    Jueves | 24 Sep, 2026, 11:54

    Entrevista con la artista visual rusa-mexicana, ganadora del Premio Estatal de las Artes Eréndira 2026

    Obtener el Premio Estatal de las Artes Eréndira 2026 en Artes Visuales, representa para ella algo más que un reconocimiento a su producción individual; es la confirmación de una pertenencia construida durante un cuarto de siglo

    Foto: Samuel Herrera JR. La Voz de Michoacán

    Víctor E. Rodríguez Méndez

    Ioulia Akhmadeeva: una casa-pájaro entre dos mundos

    Cuando tenía cinco años, Ioulia Akhmadeeva (Krasnodar, Rusia, 1971) dibujó por mero ímpetu a una amiga de su abuela. La mujer estaba sentada, apoyada sobre una mano, y ella simplemente comenzó a dibujarla. Nadie en su familia era artista: su abuela era costurera; otra abuela hacía crochet. Eran mujeres trabajadoras, alejadas de museos, academias y tradiciones familiares de arte. Sin embargo, aquel dibujo sería el principio de una formación que comenzó profesionalmente a los 11 años con la música —por deseo de su abuelo— y que después, durante 18 años, la llevó por la historia del arte, la composición, la pintura y distintas técnicas.

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    “Quiero ser artista, pero quiero ser maestra también”, recuerda haber dicho a los siete años a su profesora de primaria en la Unión Soviética. La respuesta de aquella mujer, recuerda Ioulia, fue seca, dura: “Pues elige”. No tuvo que hacerlo. Más de cuatro décadas después, Ioulia Akhmadeeva es ambas cosas y eso la llena de orgullo.

    En entrevista para Jueves, hoy se define como una “persona del mundo, híbrida, mexicana con todos los antecedentes y experiencias genéticas anteriores que provienen de la URSS”. Nació y se formó en aquel país y llegó a México en 1993. Desde entonces, ha vivido en la Ciudad de México, Puerto Vallarta y Morelia, donde ha construido una trayectoria como artista, investigadora, docente y gestora cultural. Hace 30 años decidió que México sería su país y en 1999 se naturalizó mexicana.

    Obtener el Premio Estatal de las Artes Eréndira 2026 en Artes Visuales, que otorga el Gobierno del Estado de Michoacán, representa para ella algo más que un reconocimiento a su producción individual. Lo entiende como confirmación de una pertenencia construida durante un cuarto de siglo. “Todavía no me la creo que gané este premio porque eso confirma que México sí adopta personas, sí acoge personas y me da muchísimo gusto compartir lo que sé hacer”, dice.

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    Y es que, dice, ha viajado, participado en exposiciones y llevado proyectos de estudiantes y propios a otros países, pero asegura que no piensa en otro lugar para vivir. “México para mí está en mi corazón y creo que Michoacán es el mejor estado del país”.

    El desplazamiento y la experiencia migratoria le han aportado su manera de entender la identidad y la pertenencia. La migración, sin embargo, no significó para ella cortar con la Rusia actual. Mantuvo proyectos universitarios y vínculos profesionales, y encontró en México otras posibilidades para desarrollar su trabajo. La Facultad Popular de Bellas Artes de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH) fue decisiva. Allí comenzó a trabajar en 2001 y encontró también una comunidad desde la cual construir relaciones profesionales y afectivas, al día de hoy como profesora-investigadora de tiempo completo.

    Llegar desde fuera significó empezar prácticamente desde cero. “Cuando llegas de afuera y no te formaste en México como artista en ninguna institución educativa, no hay otra manera que mostrar lo que sabes y puedes hacer, así como lo que puedes compartir”, explica. También hubo desconfianza. Ser extranjera, hablar con acento y ocupar un lugar como profesora e investigadora implicaba responder constantemente a una pregunta implícita: quién eres y qué vienes a hacer aquí. “Era como si me dijeran: No vamos a confiar porque vienes de Rusia o porque tienes formación académica, vamos a confiar en lo que haces y lo que puedes hacer.”

    Con sus estudiantes, ese proceso ha sido distinto. Durante 25 años en la universidad ha acompañado generaciones de jóvenes que después se convirtieron en artistas y profesionales de la gráfica. Algunos han formado sus propios talleres en Morelia; otros participan en concursos y becas estatales. Ella lo observa a la distancia con entera satisfacción, pero sin adjudicarse completamente esos resultados. “Quiero pensar que aporté un pequeño granito de arena, a lo mejor no es como dibujar, sino cómo trabajar, cómo entregarte a tu trabajo, a tu proyecto, sí aporté algo”.

    Ese vínculo con estudiantes es, de hecho, una de las razones por las que interpreta el Premio Eréndira como un reconocimiento colectivo. Sus temas personales —familia, memoria, archivo, territorio, migración, guerra— forman parte de su obra, pero considera que el galardón también reconoce el trabajo desarrollado de manera colectiva. “Recibo el premio por lo que he hecho con estudiantes y con artistas”, asegura.

    Foto: Samuel Herrera JR. La Voz de Michoacán

    El arte como resistencia

    La historia personal de Ioulia Akhmadeeva está inevitablemente atravesada por la historia del siglo XX. Sus abuelos vivieron la Segunda Guerra Mundial. Ella nació en la Unión Soviética y creció durante un régimen que después desapareció. Recuerda incluso cómo los contenidos escolares cambiaban según las transformaciones políticas. “El libro de la asignatura de historia fue reescrito tres veces. En la primera Trotsky no existió y después Trotsky sí existió”.

    En agosto de 1991, cuando ocurrió el intento de golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov, Ioulia estaba viajando hacia México. En el momento en que la Unión Soviética comenzaba a desintegrarse, ella decidió quedarse. Aquella experiencia forma parte de su obra porque, para ella, las experiencias vividas no desaparecen. Se transforman en imágenes, objetos, libros, archivos. “Esas experiencias que viviste no te las quita nadie y esto es lo que hago”.

    Asegura que no busca reproducir documentalmente las historias de su familia ni las de otras personas; trabaja desde su propia interpretación. Le interesa, sobre todo, que una historia particular pueda activar la memoria de alguien más. “No hay nada más interesante que la vida y destinos de las personas reales. Si hay personas que a través de mis proyectos conocen sus propias historias de familia, me quedo con eso”, afirma.

    En esa búsqueda aparece también una concepción del arte como resistencia y como vínculo, incluso como resiliencia. Para sus estudiantes, dice, la pregunta fundamental no es únicamente cómo realizar una obra, sino qué quieren decir con ella. “Nuestra idea es formar artistas, no sólo personas que sepan pintar o dibujar; formamos personas que tengan algo qué decir, conectarse con esa sociedad y quizás cambiar las cosas, de pensar o de ser”.

    Su idea del arte se extiende así más allá del objeto artístico. Una postal, una carta, un bordado o un libro pueden convertirse en espacios de memoria y comunicación. En el proyecto Territorios alterados realizó talleres en los que las participantes escribieron cartas para familiares migrantes en Estados Unidos. Las postales incorporaban imágenes de sus obras y viajaban por correo convencional.

    Una mujer escribió sobre el nacimiento de su nieto para un familiar migrante. La imagen y la carta se convirtieron en un objeto capaz de atravesar distancia, tiempo y ausencia. Algunas cartas tardaron semanas o meses en llegar. Los participantes avisaban cuando finalmente habían sido recibidas. Para Ioulia, ahí está otra posibilidad del arte: convertirse en puente. “Pienso en las madres buscadoras que en este tipo de acciones bordan el retrato de su hijo desaparecido. Es arte, pero también es conciencia. En este caso, el artista es un vínculo entre lo que él podría hacer y ofrecer a las personas que participan”.

    Esa concepción también explica su interés por el libro de artista. En 2011 tomó un seminario con Felipe Ehrenberg y descubrió un territorio que terminó por convertirse en una de sus principales líneas de trabajo e investigación. El libro dejó de ser para ella únicamente un soporte y se convirtió en instalación, objeto, archivo, fanzine, video, pieza escultórica o proyecto colectivo. “Es arte multidisciplinario y transdisciplinario, lo que también facilita otras posibilidades a los estudiantes de diversas líneas de formación”, explica. Una obra puede existir como ejemplar único y después convertirse en páginas reproducidas, en un fanzine distribuido en distintos lugares o en un objeto que modifica su propia condición de libro.

    Foto: Samuel Herrera JR. La Voz de Michoacán

    Formación y oficio

    En la Facultad Popular de Bellas Artes ha observado cambios en las nuevas generaciones. Recuerda que cuando comenzó a trabajar en la universidad ingresaban alrededor de 15 estudiantes a Artes Visuales. Ahora pueden ser alrededor de 100. El crecimiento implica oportunidades, señala, pero también una competencia mayor por becas, convocatorias y espacios de trabajo.

    La pandemia produjo, además, una fractura particular. Estudiantes que pasaron de la preparatoria a la universidad durante los años de confinamiento enfrentaron clases en pantalla, ausencia de talleres y aislamiento. “Les falta seguridad”, observa. Es una consecuencia que, desde su perspectiva, todavía está presente en las generaciones que se están formando.

    Por eso considera necesario ampliar las convocatorias, los apoyos y las posibilidades de formación artística en Michoacán. También valora que exposiciones y bienales lleguen a municipios fuera de Morelia. El acceso al arte, sostiene, no debe concentrarse en la capital.

    Volviendo a su formación inicial, rigurosamente académica, asegura que permanece en ella como una herramienta. En la escuela soviética aprendió a observar, dibujar al natural, estudiar composición y dominar diferentes técnicas. Durante los veranos, los estudiantes salían al campo para dibujar piedras de río, cielos, árboles, luces y paisajes. Ese entrenamiento, dice, funciona como andar en bicicleta: “No se olvida nunca”.

    Pero México le enseñó otra cosa: a soltar el academismo.

    Esa tensión entre disciplina y libertad atraviesa su trabajo. Entre la formación recibida en la URSS y la experiencia mexicana; entre archivo y presente; entre memoria familiar y territorio compartido; entre artista y maestra. Su identidad híbrida no parece ser para ella un problema que deba resolverse, sino una condición desde la cual crear.

    Hay una imagen que resume esa experiencia. En uno de sus libros de artista reconstruyó sobres postales rusos con dos direcciones: la de Ioulia de Rusia y la de Ioulia de México. El proyecto se llama Casas pájaros. Las cartas se abrían como pequeñas arquitecturas y del interior surgían alas.

    La metáfora terminó siendo también una forma de hablar consigo misma. “Yo soy casa, yo soy casa-pájaro”, dice. Y desde esa casa hecha de desplazamientos, pérdidas, aprendizajes y encuentros, a pregunta expresa le habla a la mujer que decidió quedarse en México: “Qué buena decisión tomaste, Ioulia, llegar a México, vivir en México”.

    México, dice, la hizo como persona, como artista y como madre. Allí están sus tres hijas mexicanas, sus estudiantes, sus colegas, sus proyectos y una parte fundamental de su historia.

    Ahora, después del Eréndira, no piensa detenerse. Quiere concluir su carrera universitaria, jubilarse y dedicar más tiempo a la producción personal y a proyectos fuera de la universidad. Quiere viajar, participar en residencias, encontrarse con artistas de otros lugares y seguir aprendiendo. También quiere volver a Rusia, aunque sabe que hoy existen distancias que no son solamente geográficas. Su hermana permanece allá y no pueden verse.

    Frente a todo lo que todavía falta por hacer, Ioulia responde de inmediato: “Más proyectos”. Porque para ella el viaje no ha terminado. Tampoco la memoria. Tampoco esa necesidad de transformar experiencias personales en objetos capaces de cruzar fronteras y conectar vidas. Si a los cinco años comenzó dibujando a una mujer que visitaba a su abuela, más de medio siglo después continúa haciendo algo parecido: observar vidas reales, guardar sus huellas y convertirlas en una forma de encuentro.

    Víctor Rodríguez, comunicólogo, diseñador gráfico y periodista cultural.

    Foto: Samuel Herrera JR. La Voz de Michoacán

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