Gustavo Ogarrio Era muchas veces una soledad escandalosa rodeada de niños que se comían las uñas o se limpiaban los mocos con su muñeca de suéteres deshilachados. Era también una multitud de acentos marrones en las pestañas y de muñecos de plástico que habían traído los Reyes Magos y que más tarde, en otros años igual de alegres y confusos, se transformarían en un Hombre Araña un tanto deforme gracias al relleno de algodón o en una Mujer Maravilla de turgencia artificial y con un color opaco en los brazos casi de muerte o en el mismo Hombre Biónico con su ojo privilegiado de telescopio en el campo de batalla que era también la cancha de futbol sobre la que se arrojaban los cadáveres de goles olímpicos y de jugadas absurdas que se mezclaban con el sudor que manchaba las camisas blancas, cuyo almidón provenía de alguna madre que en la tardes también cosía botones y tomaba un té de manzanilla cuyo olor ascendía por las paredes de las casas de los vecinos. Ahora pienso que hubiera dado la vida por entender aquellos días en que las tías se contaban historias de otras tías lejanas que vivían en Monterrey o en Torreón o en Celaya o se sorprendían de los escándalos de primas embarazadas casi en la infancia o de sobrinos al borde de la demencia juvenil que desafiaban a los padres en la lucha por irse a cualquier lado y fugarse de la familia. Eran días como mares de asfalto con arroces y garbanzos que también naufragaban en la sopa de vidas incomprensibles y de fideos con hervores de zanahorias y calabazas refinadas; días en los que estas mismas tías se reían con una vehemencia de carnaval de sus equívocos que las llevaban a confundir el nombre de las personas o de sus olvidos a la hora de pagar las verduras. Días sellados ya por las capas geológicas de otras palabras y otras risas y por otros niños y otras tías igual de escandalosas, felices, tristes y enigmáticas.