Emiliano Medina ¿Por qué Flávio Bolsonaro y Lula se irán a una segunda vuelta el próximo 25 de octubre? Parecía que el presidente brasileño se impondría; que la elección quedaría saldada este domingo. Las encuestas y los mercados de apuestas lo ponían como favorito para conseguir un cuarto mandato. El resultado es sorprendente por donde se le mire. Con casi la totalidad de los votos contados, Lula recibió menos que su opositor de extrema derecha: 45.1 % contra 47.1 %, una diferencia de alrededor de 2.3 millones de sufragios. Aun si ganara el balotaje, gobernaría frente a un Congreso donde el Partido Liberal de Bolsonaro es la primera fuerza en ambas cámaras. ¿Cómo se explica este avance de la extrema derecha? La ultraderecha cada vez es más popular. Su avance parece ir más allá de Donald Trump, pues se expande por todos los rincones del planeta. Paradójicamente, esta ha planteado diferentes opciones en un periodo relativamente corto. Trump ganó la presidencia por primera vez en 2016 con la promesa de "drenar el pantano" de Washington: la corrupción, el tráfico de influencias y los grupos de poder. Hoy el pantano se llena para los de su grupo. En países de América Latina como El Salvador o Colombia, los candidatos de ultraderecha se han posicionado con otra bandera: combatir la inseguridad con mano dura. No importa si es a costa de la violación de derechos humanos. Se busca replicar el modelo Bukele en Colombia. El problema de la inseguridad parece ser tan grande que muchos no tuvieron en mente los falsos positivos de la época de Uribe al votar por un gobierno de "mano dura" como el que impulsa el hoy presidente De la Espriella. En Brasil, la victoria de Jair Bolsonaro en 2018 y el importante respaldo que recibió este domingo su hijo Flávio se explican de manera similar a la presidencia de Milei o de Kast: reivindicar un pasado glorioso. Uno ficticio. Esto no es nuevo: Trump promete "Make America Great Again" y suele hacer mención de los "good old days". Jair Bolsonaro se vanagloriaba de la época de la dictadura militar. Este discurso ha enganchado muy bien con los jóvenes: un deseo de más libertad, como la libre portación de armas, o la reivindicación de una cultura tradicional. Aun si es a costa de los derechos de las mujeres o de la población LGBT. El fenómeno es más complejo de lo que parece: los políticos inundan de discurso transgresor a jóvenes que tienen menores posibilidades de movilidad social que sus padres y abuelos. Es ahí donde resulta sencillo buscar volver a un pasado ficticio, aun a costa de la pérdida de libertades para todos. La supremacía del individuo. Algo que la mayoría de los políticos de ultraderecha tienen en común es la protección del capital privado. Del capitalismo de cuates y del enriquecimiento de su pequeño séquito. Ojo: la corrupción no es exclusiva de la extrema derecha, y el miedo a una reforma fiscal de fondo tampoco. Buena parte de la izquierda también la evita. La diferencia es que la ultraderecha la rechaza por principio. No tiene problema con las transferencias cuando le dan votos, pero rara vez toca los impuestos de los que más tienen. Jair Bolsonaro rebautizó Bolsa Família como Auxílio Brasil y lo subió a 600 reales dos meses antes de la elección de 2022. Lula sí lo hizo: en 2025 aprobó un impuesto mínimo a los más ricos para dejar de cobrar impuesto sobre la renta a quienes ganan hasta 5,000 reales al mes. Aun así, ni tal acción ni programas como Bolsa Família parecen traducirse en votos nuevos para la izquierda, a pesar de que ayudan a la mayoría de la población. La situación le plantea a los gobiernos un nuevo desafío: ¿cómo convencer más allá de redistribuir? Tal vez políticas como la defensa de la Amazonía que propone el todavía presidente Lula son impopulares en momentos de desaceleración económica. La lógica parece ser que en 100 años todos nos habremos ido. El gran engaño está en asumir que presidentes como Trump o la familia Bolsonaro velarán por el bolsillo de sus electores. En un contexto donde la batalla es "entre los de arriba y los de abajo", los políticos de extrema derecha han sido sumamente hábiles. Se muestran como pertenecientes a los de abajo a la par que garantizan el beneficio de los de arriba. Independientemente del resultado, esta debe ser una llamada de atención para los pocos gobiernos de izquierda que se mantienen en América Latina. Estos discursos surgen y se propagan con gran facilidad. Lo interesante es que el electorado sigue siendo sensible a su situación económica: cuando los gobiernos no cumplen, los votantes se van. Si Flávio gana, veremos si fue porque Brasil estira la liga a favor del modelo que ya planteó su padre o porque el proyecto de Lula cayó por su propio peso. El de poco dinamismo en momentos que demandan cambios radicales. Por lo pronto, coquetear con el autoritarismo es seguir jugando con fuego.