Gustavo Ogarrio Al llegar a la ciudad fronteriza, uno se puede concentrar en defenderse de las tormentas de arena, vientos cargados de granos finísimos, pero también de una desolación antigua; o de ciertas nevadas que cubren de hielo la indolencia de los días. Sin embargo, muy pronto los murmullos y las risas después de la batalla sueltan amargamente sus prefiguraciones: aquí se ha agonizado de mil maneras, en este lugar que con cierta ternura todavía se hace llamar Juaritos. Historias de nadie, ellas y ellos disecados por la gran bestia innombrable que maquila muerte y espanto. Acorazados por el acero del olvido y del anonimato, nunca se acostumbraron a la ráfaga desalmada sin calendario. El no lugar de los cuerpos está por todos lados, en los anuncios que en los diarios también facturaban la muerte, en las venganzas familiares y en los odios de oficina que se sumaron al torbellino letal y al espectáculo de las cifras sin rostro. Muy pronto se puede advertir el tamaño de aquel infierno: todas y todos han muerto. Sólo queda una calma de frontera que recobra algo del espectro de la vida después del holocausto. Los negocios abren de nuevo, hay tráfico de cuerpos y de vehículos, danzas de silencio en las calles que desembocan en los puentes fronterizos, los camiones blancos que van a las maquiladoras continúan su camino cargados de los fantasmas de mujeres insepultas. En los hoteles de arena se rematan los deseos de piedra: una hora por cuarenta pesos. Mudos de pasado inmediato, hay quienes piden ya no hablar de la amputación colectiva, de esa tristeza que llega hasta los tobillos, de la ramificación de la ausencia. En esos camiones que van a ningún lado, los cantores de Ciudad de Juárez tratan de anestesiar con su dulzura de bolero a la criatura del horror: “Para olvidar ya es muy tarde… eres anhelo de vida, eres un ansia de muerte, eres caricia y herida, y para mi desgracia nací para quererte”.