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    Jueves | 15 Oct, 2026, 13:06

    HISTORIAS PARA MAMÁ | Sobre los libros que un premio pone en nuestras manos

    Me pregunto cuántas personas se acercaron a Rivera Garza a partir de ese reconocimiento y cuántas llegaron después a otros de sus libros. Cuántas descubrieron una escritora a la que no habían leído y cuántas encontraron en sus páginas preguntas que necesitaban hacerse

    Yazmín Espinoza / Colaboradora de La Voz de Michoacán

    Hay una pregunta que cada año vuelve a aparecer cuando se acerca el anuncio del Premio Nobel de Literatura: ¿quién ganará? En las conversaciones entre lectores, en las columnas culturales, en las apuestas que intentan anticipar la decisión de la Academia Sueca y, por supuesto, en los grupos de WhatsApp donde alguien siempre tiene una candidata favorita.

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    En México, desde hace tiempo, hay un nombre que nos gusta imaginar entre las posibles ganadoras: Cristina Rivera Garza. Cada año volvemos a preguntarnos si será el suyo, si finalmente llegará ese reconocimiento que nos haría celebrar a una de las escritoras mexicanas más importantes de nuestro tiempo. Todavía no sucede, pero eso no impide que sigamos esperando.

    Este año el Nobel de Literatura fue para Anne Carson, poeta, ensayista y traductora canadiense cuya obra juega con las fronteras entre la poesía, la prosa y la tradición clásica para encontrar nuevas formas de contar. La Academia Sueca reconoció su escritura audaz e inventiva, y con ella sumamos a una mujer más a una lista que, durante buena parte de su historia, estuvo dominada por hombres.

    Porque hay un dato que vale la pena recordar: desde que se entregó por primera vez en 1901, el Nobel de Literatura ha reconocido a 19 mujeres. Diecinueve en más de un siglo. Entre ellas están: Selma Lagerlöf, la primera en recibirlo, en 1909; Gabriela Mistral, quien abrió el camino para América Latina en 1945; Toni Morrison, Wislawa Szymborska, Doris Lessing, Alice Munro, Svetlana Alexievich, Olga Tokarczuk, Annie Ernaux, Han Kang y ahora Anne Carson.

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    Diecinueve escritoras. Diecinueve universos literarios. Diecinueve maneras de mirar el mundo que merecieron uno de los reconocimientos más importantes de la literatura. Y, aun así, no puedo evitar pensar en todas las que faltan.

    No se trata de que el Nobel sea el único premio que importa, ni de que una escritora necesite una medalla para que su obra tenga valor. Sabemos que hay autoras extraordinarias que nunca recibirán este reconocimiento y que existen muchas otras distinciones capaces de acercarnos a sus libros. Pero un premio de esta magnitud tiene algo que no podemos ignorar: pone una obra en el centro de la conversación, despierta la curiosidad de lectores que quizá nunca habían escuchado ese nombre y hace que las librerías, las bibliotecas y los clubes de lectura vuelvan la mirada hacia una autora.

    Y eso me interesa especialmente.

    Porque cada vez que se anuncia a la ganadora, no sólo pienso en la escritora que recibirá la medalla. Pienso también en todas las personas que, a partir de esa noticia, van a buscar sus libros. En quienes llegarán a una librería preguntando por ella, en quienes compartirán una frase en redes sociales, en las lectoras que propondrán su obra para la siguiente reunión del club.

    Conozco varios círculos de lectura que tienen entre sus propósitos leer a las mujeres que han ganado el Nobel de Literatura. Me encanta esa idea. Me gusta imaginar a un grupo de personas reuniéndose alrededor de un libro de Annie Ernaux, intentando poner en palabras lo que les provocó leer sobre la memoria, la familia, el cuerpo y las desigualdades sociales. O a quienes se acercan a la poesía de Louise Glück, a las historias de Alice Munro o a la escritura de Han Kang, que nos enfrenta con la violencia, el dolor y la fragilidad de la vida humana.

    Me gusta, sobre todo, pensar en lo que ocurre después de leer.

    Porque una cosa es que una autora gane un premio internacional y otra muy distinta es que su obra llegue a una mesa donde varias personas empiezan a conversar sobre ella. Que alguien diga que un libro le recordó a su madre. Que otra lectora no esté de acuerdo con la interpretación de su compañera. Que una frase se quede dando vueltas durante días o que una historia provoque preguntas que nadie había pensado hacerse antes de abrir sus páginas.

    En esos momentos, el premio deja de ser una noticia lejana y se convierte en una experiencia compartida.

    Tal vez por eso me gusta tanto que existan estos grupos. En los clubes de lectura he visto cómo un libro puede crecer cuando deja de pertenecerle solamente a quien lo escribió y a quien lo lee en soledad. Una historia se transforma con cada conversación, con cada experiencia que alguien pone sobre la mesa, con cada desacuerdo que obliga a mirar desde otro lugar.

    Y cuando el libro pertenece a una escritora, ocurre algo más: nos damos la oportunidad de escuchar voces que durante mucho tiempo fueron relegadas a los márgenes de la historia literaria.

    No porque las mujeres hayan empezado a escribir cuando comenzaron a ganar premios, por supuesto. Han escrito siempre. Han contado historias, construido mundos, experimentado con el lenguaje y hablado de sus experiencias incluso cuando las instituciones culturales no les prestaban la misma atención que a sus colegas hombres. Lo que cambia es la posibilidad de que esas obras reciban mayor visibilidad, circulen en otras lenguas, lleguen a nuevas generaciones y entren en conversaciones de las que antes estaban ausentes.

    Por eso, cada vez que una mujer recibe el Nobel, me gusta pensar que también se abre una puerta. No es una puerta que antes estuviera completamente cerrada, pero sí una que de pronto muchas más personas pueden ver.

    Y mientras tanto, seguimos esperando.

    Seguimos hablando de Cristina Rivera Garza, de su manera de cruzar la literatura con la memoria, la investigación y la escritura documental. Después de que El invencible verano de Liliana recibió el Pulitzer en 2024, su obra llegó a más lectores y su nombre volvió a aparecer entre las conversaciones sobre los grandes reconocimientos literarios. Su libro, que reconstruye la vida de su hermana, víctima de feminicidio, es también una búsqueda de justicia y una manera de devolverle espacio a una historia que no debía quedar en el silencio.

    Me pregunto cuántas personas se acercaron a Rivera Garza a partir de ese reconocimiento y cuántas llegaron después a otros de sus libros. Cuántas descubrieron una escritora a la que no habían leído y cuántas encontraron en sus páginas preguntas que necesitaban hacerse.

    Eso es lo que me gustaría que ocurriera cada año, sin importar quién gane: que el anuncio nos sirva de pretexto para leer, para descubrir, para volver a las librerías con curiosidad y para preguntarnos qué voces estamos dejando fuera de nuestras conversaciones.

    Que no nos quedemos únicamente con la fotografía de la ganadora, con el discurso de aceptación o con la lista de sus obras más conocidas. Que busquemos sus libros, los leamos, los prestemos, los discutamos. Que una noticia que dura unos días pueda convertirse en una lectura que nos acompañe durante meses.

    Y que, al mismo tiempo, no necesitemos esperar a que una institución internacional nos diga a quién vale la pena leer. Hay escritoras mexicanas, latinoamericanas y de muchas otras partes del mundo que merecen estar en nuestras conversaciones ahora mismo. Podemos encontrarlas en las librerías, en las bibliotecas, en las recomendaciones de otras lectoras y en esos clubes donde alguien llega con un libro bajo el brazo y dice: “Tenemos que leer esto”.

    Este año, Anne Carson se suma a la lista de mujeres que han recibido el Nobel de Literatura. Ojalá su reconocimiento lleve a muchas personas a descubrir su obra. Ojalá también nos recuerde que detrás de cada nombre hay libros esperando lectores y que, más allá de las ceremonias y los premios, la literatura sigue haciendo su trabajo silencioso: abrir preguntas, incomodarnos, acompañarnos y mostrarnos otras maneras de estar en el mundo.

    Y el próximo año, cuando volvamos a preguntarnos quién ganará, seguramente habrá quien mencione a Cristina Rivera Garza. Quizá también aparezcan otros nombres, otras apuestas, otras escritoras que todavía no hemos leído.

    Yo espero que sigamos haciéndonos esa pregunta. Pero espero, sobre todo, que mientras llega la respuesta sigamos leyendo a las mujeres que ya tenemos entre las manos.

    Porque una escritora no empieza a existir cuando recibe el Nobel. A veces, lo que ocurre es que el mundo finalmente vuelve la mirada hacia ella.

    Y nosotras, las lectoras, podemos hacer algo para que esa mirada no dure solamente una temporada: abrir sus libros, compartirlos y dejar que sus palabras encuentren un lugar en nuestras propias historias.

    Yazmín Espinoza, comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.

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