Alejandro Sosa / Colaborador de La Voz de Michoacán Hay chistes que se cuentan solos. Este empieza con un magnate petrolero que ignora todas las advertencias, provoca una catástrofe y se sale con la suya. Lo protagoniza Tom Cruise, lo dirige Alejandro González Iñárritu y lo paga Warner Bros. Es una sátira sobre la desmesura, producida con desmesura. Y el remate lo dio la taquilla: Digger costó entre 160 y 180 millones de dólares, según Variety, y la campaña de promoción, que la prensa especializada calcula en unos 100 millones más, la acerca a los 280. Para recuperar la inversión necesitaría entre 300 y 350 millones de taquilla mundial. En su fin de semana de estreno juntó 20 millones: 8 en Estados Unidos y Canadá y 12 en el resto del mundo, el peor debut de Cruise en 19 años. Sacó C+ en Cinema Score y 51% en Rotten Tomatoes. Algunas estimaciones, hablan de pérdidas de hasta 150 millones para el estudio. Mientras tanto, siete días después del estreno de Digger, llegó a salas españolas Ceniza en la boca, de Diego Luna, que costó entre 80 y 100 millones de pesos, unos cinco millones de dólares. Son dos películas de directores mexicanos, estrenadas con una semana de diferencia y con un presupuesto que varía entre 32 y 40 veces. El Anuario Estadístico del Imcine registró en 2025 un total de 235 largometrajes mexicanos en alguna etapa de producción. Su costo promedio fue de 15.04 millones de pesos, unos 830 mil dólares. Con esos números, a 18 pesos por dólar, las cuentas salen así: Solo la producción de Digger (180 millones de dólares, unos 3 mil 240 millones de pesos) equivale a unas 215 películas mexicanas promedio. Con la promoción, los 280 millones de dólares alcanzan para unas 335 películas, más que todas las que se hicieron en México en un año, o para 56 películas como Ceniza en la boca. Los 235 largometrajes mexicanos de 2025 costaron en conjunto unos 3 mil 530 millones de pesos, cerca de 196 millones de dólares. El presupuesto de Digger equivale a más del 90% de esa cifra, y con la promoción la rebasa. Los 9.1 millones de boletos que el público compró en 2025 para ver cine mexicano, a 73.7 pesos en promedio, suman unos 670 millones de pesos, alrededor de 37 millones de dólares. Digger costó casi cinco veces lo que todo el cine mexicano recaudó en salas en su propio país. Y de los 186 millones de boletos vendidos ese año, solo menos de cinco de cada cien fueron para películas mexicanas. Son cálculos aproximados, hechos con promedios y con el tipo de cambio de octubre, pero el orden de magnitud no admite discusión. Ni Warner ni Iñárritu han publicado un desglose, y no conviene inventarlo. Pero un presupuesto de estudio tiene un cálculo conocido. Primero está el talento: el director, Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg y Jesse Plemons, porque en esta escala los nombres cobran y además financian y venden la película. Luego viene todo lo demás: cientos de técnicos, sets, vestuario, seguros, transporte y semanas de rodaje, que en este caso fue en el Reino Unido. Los estudios eligen dónde filmar según los estímulos fiscales, así que una película hecha por mexicanos no necesariamente deja un peso en México. Se suma el maquillaje y la ingeniería de la imagen, porque Cruise se transformó en un magnate calvo y barrigón. Está también el tiempo: Iñárritu concibió la idea tras El renacido y la discute con Cruise desde 2019, así que son casi diez años de abogados, reescrituras y reuniones. Y al final está la promoción, que por sí sola equivale a unas 120 películas mexicanas promedio. Lo que en México es una decisión de supervivencia (¿pagamos un día más de rodaje o cortamos la escena?) en Hollywood es ingeniería financiera. Allá se gasta para blindar una apuesta, y aquí se gasta lo que hay para que la película exista. Sería injusto sugerir que gastar mucho siempre es un error. Alfonso Cuarón dirigió Harry Potter y el prisionero de Azkaban con un presupuesto reportado de unos 130 millones de dólares, y la película recaudó cerca de 800 millones. Años después hizo Gravity, con alrededor de 100 millones de presupuesto, más de 700 de taquilla y siete premios Óscar. Guillermo del Toro convirtió La forma del agua, de unos 20 millones de dólares, en una película de casi 200 millones de recaudación y ganadora del Óscar a la mejor película. Su Frankenstein costó 120 millones, financiados por Netflix, y se convirtió en un éxito de plataforma, con más de 88 millones de visualizaciones en cinco semanas y nueve nominaciones al Óscar. Hasta Iñárritu mostró la otra cara de la moneda: Birdman, de unos 18 millones, ganó la mejor película, y El renacido, de unos 135 millones, ganó el Óscar a la mejor dirección. Gastar mucho puede salir bien cuando hay una película que lo justifique. El problema de Digger no es el monto sino la proporción: 280 millones puestos sobre un proyecto cuyo público, por ahora, no aparece. Y ni siquiera los grandes aciertan siempre: Titanes del Pacífico, de Del Toro, costó unos 190 millones y ni siquiera es recordada. La historia del cine está llena de obras que costaron poco y valen mucho. Y tu mamá también, del propio Cuarón, costó alrededor de dos millones de dólares y recaudó más de 30. Amores perros se hizo con una cifra parecida y fue nominada al Óscar. Moonlight costó cerca de 1.5 millones y ganó la mejor película. Whiplash costó unos 3 millones, Parasite alrededor de 11 y recaudó más de 250. Anatomía de una caída, la Palma de Oro de 2023, se hizo en Francia con un presupuesto cercano a los seis millones de euros. Y Paranormal Activity, hecha con unos 15 mil dólares, terminó recaudando cerca de 200 millones. Son cifras reportadas por la prensa y, por lo tanto, aproximadas, pero la lección no cambia: el talento no se compra por kilo. El dinero de Digger es de Warner y el de Frankenstein es de Netflix, y quien convence a un estudio de apostar 180 millones merece, como mínimo, reconocimiento profesional. Nadie cuestiona la conducta de Cuarón, Del Toro o Iñárritu. Lo que se cuestiona es la confusión de categorías. Ellos empezaron en el cine hecho en México, con los apoyos y la estructura que había, y luego cambiaron de industria. Lo que hacen hoy es hacer cine en Hollywood, que es muy distinto de hacer cine mexicano. Michel Franco ha construido su carrera con películas de bajo presupuesto, rodadas con equipos pequeños y una libertad que pocos estudios permiten. Con Chronic ganó el premio al mejor guion en Cannes y con Memory llevó a Jessica Chastain y Peter Sarsgaard a Venecia, donde ambos fueron premiados. Alonso Ruizpalacios debutó con Güeros, filmada casi sin recursos y premiada en Berlín como mejor ópera prima, y con La cocina compitió de nuevo en ese festival, en blanco y negro, con una sola locación. Lila Avilés, Tatiana Huezo, Elisa Miller, Amat Escalante y Everardo González trabajan con presupuestos que Digger gasta en una semana de promoción. A su lado, Diego Luna tuvo que reunir cinco millones de dólares a través de dos países, cinco productoras, un distribuidor global y una plataforma, para estrenar Ceniza en la boca, que se verá en México en noviembre y en Netflix en 2027. No es lo mismo hacer cine mexicano que ser uno de los tres directores mexicanos que hacen cine en Hollywood. Los Óscares y las alfombras rojas con discursos de “viva México” no financian una sola película en el país. Del Toro lo sabe, y por eso pidió públicamente a la secretaria de Cultura apoyar al Festival de Cine de Morelia. Es un gesto que merece aplauso, pero también retrata el problema: la causa del cine mexicano sigue pidiendo que pague el Estado, mientras el dinero grande vive en otra parte. La escasez no es virtud, ni el derroche de dinero te hace genio. El cine es una comedia negra en dos pisos. En el de arriba, se gastan 280 millones de dólares en una película que, a una semana de estreno, parece que nadie quiere ver. En el de abajo, el que cuesta más reír, hay 235 películas en proceso, cientos de historias y miles de personas en nómina, y casi ninguna llega a una pantalla donde solo cuatro de cada cien boletos son para ellas. La pregunta de fondo no es cuánto cuestan las películas. Es cuál de las dos cosas, el costo o el valor, estamos aplaudiendo. Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C. IG. Espaciosolaris FB. Espacio Solaris