Emiliano Medina Los adjetivos tienden a converger cuando se toca la figura del ingeniero Cárdenas: institucional, congruente y respetado son los más mencionados. No son menores. Tampoco recurrentes en el mundo de la política. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano fue el líder de la disidencia más importante del partido hegemónico. El artífice de la ruptura. El precursor de una corriente de izquierda democrática que era anhelada en el país. Que, en la esfera nacional, en tres intentos no pudo darse. No era el mejor orador. Tampoco un político “clásico” o “dicharachero”. Sabía de la responsabilidad que conlleva el apellido y siempre se condujo a la altura. Con el paso de los años, daba la impresión de hablar cada vez menos; sin embargo, su voz no perdió peso. Casi la de una institución. Muchos han señalado que sin el 88 no existiría el 2018. Tienen razón. Sin embargo, me parece simplista quedarse con que, para que haya llegado López Obrador a la presidencia, tuvo que abrir el paso el ingeniero. No creo que solo haya sido así ni que su legado se limite a eso. El estilo y visión de ambos distaban: el primero más pragmático, el segundo más meticuloso. En política y en la vida muchas veces forma es fondo y creo que ahí está la diferencia. Por mencionar un ejemplo, no creo que, al interior del cardenismo, haya sentado bien el “al diablo con sus instituciones” de López Obrador. Sobre todo, cuando el apellido Cárdenas implica desarrollo institucional. Cimentar un país de leyes. Mientras uno abogaba por las instituciones, el otro lo hacía por la autoridad moral. Me parecen diferencias clave, aunque reconozco que no es la intención del texto especular sobre la ruptura: es acentuar que eran políticos con proyectos divergentes, tanto en estilo como en visión. “No sé qué es la Cuarta Transformación”, llegó a declarar Cárdenas Solórzano. Creo, entonces, que el legado del ingeniero va más allá de su éxito político o el de sus contemporáneos. Lo encontramos en algo que en este ejercicio escasea: en su congruencia. Lo fue durante su auge como jefe de Gobierno y, cuando su figura fue perdiendo ritmo y desde las filas del PRD emergió un nuevo liderazgo con López Obrador, lo siguió siendo. Criticando en su momento. Respaldando, pero con mesura. Curiosamente, lo que más se le cuestiona al ingeniero es su tibieza. Su frialdad. Me parece desproporcionado: en política siempre deben existir figuras que piensen antes de comprometerse, ¿no es así? Contrapesos incluso al interior de movimientos que se jactan de compartir ideología. Estas cualidades cada vez parecen más escasas. Es más fácil abogar por personas que hacerlo por instituciones. La revolución parece estar a la vuelta de la esquina, pero son pocos los que hablan de hacer el cambio a través de leyes. Una “democracia progresista”, como él solía escribir. Ese es su legado político. Con sus desaciertos y matices. También con la tan criticada inacción. Por desgracia, el tiempo es limitado y muchas veces no parece esperar a los reformadores; es aprovechado por personajes con maneras distintas de hacer política. Me temo que, en un mundo donde escasean los institucionales, el país ha perdido a su principal referente. Queda la congruencia como principal legado. Para un político, me parece más sorprendente que cualquier dimensión de éxito electoral. Hasta la más ambiciosa. emilianomedina19@outlook.es