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    Jueves | 5 Nov, 2026, 13:30

     MALETAS, MALETAS, ¡MALETAS!

    Una obra teatral en un acto y tres escenas

    Jorge Orozco Flores / Colaborador de La Voz de Michoacán

    Personajes

    DOROTEA: escritora, hija de Alicia
    ÓSCAR
    : abogado, marido de Dorotea
    ALICIA:
    fantasma, madre de Dorotea

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    Tiempo: Actualidad

    Lugar: Una casa del centro histórico de Morelia, Michoacán

    PRIMERA ESCENA

    La casa de ALICIA. Tarde. Sobre una mesa hay flores del sepelio, un vaso de agua y algunos recibos. Se escucha a lo lejos el ruido de la ciudad. DOROTEA y ÓSCAR entran vestidos de negro. Él deja las llaves sobre una mesa y se quita el saco.

    ÓSCAR. ¿Cerraste bien el coche?

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    DOROTEA. Sí.

    ÓSCAR. Hay que revisar las ventanas. Si dejamos la casa sola, cualquiera puede meterse.

    DOROTEA. ¿Ahora te preocupa que alguien entre?

    ÓSCAR. No empecemos, Dorotea. Ha sido un día largo.

    DOROTEA. Para algunos, demasiado largo. Para otros, demasiado corto.

    ÓSCAR. ¿Quieres que prepare café?

    DOROTEA. Mi madre acaba de morir, tu suegra acaba de ser enterrada y tú quieres preparar café.

    ÓSCAR. No es mi madre.

    DOROTEA. No. Eso te ha salvado durante muchos años.

    ÓSCAR mira hacia el cuarto de ALICIA. Después recoge los recibos.

    ÓSCAR. La luz, el agua, el teléfono. Habrá que cancelar algunos servicios. Y están las deudas de la tarjeta. Tres mensualidades, si no recuerdo mal.

    DOROTEA. Qué memoria tan admirable tienes para las deudas.

    ÓSCAR. Las deudas no desaparecen porque uno deje de hablar de ellas.

    DOROTEA. Tampoco desaparecen las personas porque uno las entierre.

    Pausa. ÓSCAR ordena los recibos sobre la mesa.

    ÓSCAR. Tu madre nunca hablaba de dinero.

    DOROTEA. Hablaba de él cuando quería explicar por qué no podía darme nada.

    ÓSCAR. Quizá no podía.

    DOROTEA. Quizá.

    ÓSCAR. No tenemos por qué pensar mal de ella ahora.

    DOROTEA. ¿Ahora? ¿Cuándo propones que empecemos? ¿Dentro de un mes? ¿Cuando se marchiten las flores? ¿Cuando llegue el recibo del cementerio?

    ÓSCAR. No sé qué quieres que te diga.

    DOROTEA. Nunca lo has sabido.

    ÓSCAR deja los papeles. Por un instante parece que va a contestar, pero se limita a mirar el reloj.

    ÓSCAR. Voy a buscar en el coche la carpeta que dejamos ahí. Creo que traje los documentos del banco.

    DOROTEA. Ve.

    ÓSCAR. No tardo.

    DOROTEA. Eso también lo dices siempre.

    ÓSCAR toma las llaves y sale. DOROTEA permanece inmóvil. Mira las flores, después la puerta del cuarto de su madre. Se sienta en el sillón de ALICIA. Intenta acomodarse, pero cambia varias veces de postura.

    DOROTEA. Qué absurdo. Muerta y todavía tengo que sentarme como a ti te gustaba.

    Se oye el reloj. La luz cambia apenas. ALICIA aparece junto a la puerta, vestida como en los últimos años de su vida. No parece amenazante; tiene la expresión severa de quien espera una explicación.

    DOROTEA. No. Tú no.

    ALICIA. ¿Quién te dijo que podías sentarte ahí?

    DOROTEA. Nadie. Por eso me senté.

    Oscuridad breve.

    SEGUNDA ESCENA

    El mismo lugar. DOROTEA está sentada. ALICIA permanece de pie. La presencia de la muerta puede ser real o una aparición de la conciencia de su hija.

    ALICIA. Siempre tuviste malas maneras.

    DOROTEA. Y tú siempre encontraste la manera de decírmelo.

    ALICIA. Te corregía porque eras mi hija.

    DOROTEA. ¿Y por ser tu hija tenía que agradecerte cada humillación?

    ALICIA. Las madres no humillan. Educan.

    DOROTEA. Entonces debiste de ser una maestra extraordinaria. Me pasé la vida aprendiendo a sentir vergüenza.

    ALICIA. Nunca te faltó nada.

    DOROTEA. Me faltaste tú.

    Pausa. ALICIA mira las flores.

    ALICIA. No vas a reprocharme también que te dejara entrar en mi casa.

    DOROTEA. ¿Dejarme entrar? No lo llames así, mamá. Durante años tuve que visitarte como si fuera una extraña. Tenía que medir las palabras, calcular el tiempo, adivinar cuándo mi presencia empezaba a molestarte. Y si me iba pronto, era porque no te quería; si me quedaba, porque pretendía disponer de tu casa.

    ALICIA. Tú tenías tu vida.

    DOROTEA. Sí. Una vida en la que no había lugar para mí cuando tú estabas sana. Pero un día empezaste a enfermarte. Entonces sí me necesitaste. Entonces me llamaste. Entonces aceptaste que entrara y viviera contigo para cuidarte.

    ALICIA. ¿Y qué querías que hiciera? ¿Que me quedara sola?

    DOROTEA. No. Quería que me lo pidieras antes. Cuando todavía podías levantarte, salir, recibir visitas y cerrar la puerta sin ayuda. Quería que me abrieras porque era tu hija, no porque ya no pudieras arreglártelas sin mí.

    ALICIA. Estabas en mejores condiciones que yo para ayudarme.

    DOROTEA. Siempre encontrabas una manera de convertir mi cariño en una obligación.

    ALICIA. ¿Obligación? Te di un techo.

    DOROTEA. Me diste un cuarto, mamá. No es lo mismo.

    Pausa. ALICIA aparta la mirada. DOROTEA se acerca, pero se detiene antes de tocarla.

    DOROTEA. Cuando llegué para cuidarte, pensé que tal vez, por fin, podríamos vivir juntas sin hacernos daño. Que la enfermedad te volvería menos severa, que necesitarme te permitiría mirarme de otra manera. Me equivoqué. Seguías diciéndome cómo debía preparar la comida, a qué hora tenía que levantarme, qué cosas hacía mal. Yo había regresado a tu casa para cuidarte y terminé cuidándome de ti.

    ALICIA. Estaba enferma. No sabía lo que decía.

    DOROTEA. A veces. Pero otras lo sabías perfectamente.

    ALICIA. No podía hacerlo todo sola.

    DOROTEA. Y yo no podía seguir esperando que me quisieras.

    Silencio.

    ALICIA. Después de todo, estuviste conmigo hasta el final.

    DOROTEA. Sí. Estuve contigo hasta el final. No confundas eso con haber sido feliz a tu lado.

    ALICIA. Entonces, ¿por qué te quedaste?

    DOROTEA. Porque eras mi madre. Porque todavía esperaba que un día me dijeras que no tenía que demostrarte nada. Porque, aun después de todo, una parte de mí seguía esperando que me necesitaras por amor y no por miedo a quedarte sola.

    ALICIA. Nunca te pedí que me tuvieras miedo.

    DOROTEA. No hacía falta que me lo pidieras.

    Pausa larga. DOROTEA mira las flores del sepelio.

    DOROTEA. Y ahora estás muerta, mamá, y yo sigo aquí, en tu casa, tratando de explicarte por qué me dolió tanto quererte.

    ALICIA. No puedes cambiar lo que pasó.

    DOROTEA. No. Pero quizá pueda dejar de vivir como si todavía estuvieras esperando que haga algo mal.

    ALICIA guarda silencio. DOROTEA se levanta y camina hacia la ventana.

    DOROTEA. Hubo días en que me bastaba con que preguntaras cómo estaba. No que me aconsejaras, no que me explicaras lo que había hecho mal. Bastaba una pregunta. «¿Cómo estás, Dorotea?». Cuatro palabras. No tenías que comprar nada, ni perdonarme nada, ni reconocer que te habías equivocado.

    ALICIA. Yo también tuve una vida difícil.

    DOROTEA. Lo sé. Y durante años utilicé eso para disculparte. Cada vez que me lastimabas, me decía que habías sufrido, que nadie te había enseñado a querer de otra manera, que las madres también se equivocan. Me convertí en tu abogada, mamá. Te defendí de todo, incluso de mí misma.

    ALICIA. No sabes lo que dices.

    DOROTEA. Eso me decías cuando sabía demasiado.

    DOROTEA se lleva una mano a la frente. Su respiración se altera.

    DOROTEA. ¿Sabes qué es lo peor? Que a veces todavía te tengo miedo. Estás muerta y sigo esperando que abras esa puerta, que me mires, que encuentres algo que corregir. Entro en una habitación y pienso qué dirías. Compro un vestido y pienso qué dirías. Escribo una página y escucho tu voz antes de escuchar la mía.

    ALICIA. Eso es porque me recuerdas.

    DOROTEA. No. Es porque aprendí a vigilarme con tus ojos.

    Pausa larga. ALICIA se sienta en una silla, como si estuviera cansada.

    ALICIA. ¿Y qué querías que hiciera?

    DOROTEA. Quería que me quisieras.

    ALICIA. Te quería.

    DOROTEA. Tal vez. Pero yo nunca pude vivir tranquila dentro de ese amor.

    Silencio. Se oye un automóvil pasar por la calle.

    ALICIA. Vas a quedarte sola.

    DOROTEA. Ya estuve sola contigo.

    ALICIA. Tu marido no sabe cómo eres.

    DOROTEA. Óscar no sabe muchas cosas. Entre ellas, que cuando tú me herías y yo regresaba a casa, él prefería no preguntar. Creía que el silencio era una manera de no empeorar las cosas. Yo necesitaba que alguien dijera: «Basta». Nunca lo dijo.

    ALICIA. No era asunto suyo.

    DOROTEA. Era mi marido. Era mi vida. ¿Cuándo iba a ser asunto suyo?

    DOROTEA vuelve al sillón. Por un momento parece a punto de llorar, pero se contiene.

    DOROTEA. He pasado años intentando decidir si fui una mala hija o si tú fuiste una mala madre. Como si el dolor necesitara un culpable único. Ya no quiero resolver ese juicio. Estoy cansada de llevarlo a todas partes.

    ALICIA. Entonces olvídame.

    DOROTEA. ¡Eso es lo que nunca entendiste! No puedo olvidarte por orden tuya. Ni siquiera muerta has dejado de darme instrucciones.

    ALICIA se pone de pie. Su figura parece perder consistencia.

    ALICIA. No tienes nada que hacer aquí.

    DOROTEA. Por primera vez, eso lo decido yo.

    ALICIA desaparece. DOROTEA permanece de pie, temblorosa. Se sienta, toma aire y mira hacia el lugar donde estuvo su madre.

    DOROTEA. No sé si me escuchaste. No sé si estuviste aquí. Pero yo sí estaba aquí, mamá. Siempre estuve aquí.

    Se oye la puerta de entrada. DOROTEA se limpia el rostro. La luz cambia.

    TERCERA ESCENA

    Entra ÓSCAR con una carpeta y una libreta. Encuentra a DOROTEA junto a la mesa.

    ÓSCAR. No estaba en el coche. La carpeta estaba en el portafolios. ¿Te pasa algo?

    DOROTEA. He hablado con mi madre.

    ÓSCAR. ¿Cómo?

    DOROTEA. Como lo oyes.

    ÓSCAR la observa, preocupado, pero no insiste.

    ÓSCAR. De acuerdo. Será mejor que descanses.

    DOROTEA. Eso me has dicho durante treinta años.

    ÓSCAR. No sé qué otra cosa decirte.

    DOROTEA. Podrías preguntarme qué me dijo.

    ÓSCAR. ¿Qué te dijo?

    DOROTEA. Que no tenía nada que hacer aquí.

    ÓSCAR. Tu madre solía decir eso.

    DOROTEA. Sí. Pero esta vez le contesté que yo decidía.

    ÓSCAR asiente, sin saber qué hacer con la respuesta. Abre la carpeta.

    ÓSCAR. Mira, encontré estos papeles entre los documentos que recogimos la semana pasada. Hay escrituras, recibos, pólizas. No sé si están completos. ¿Sabes dónde guardaba tu madre lo importante?

    DOROTEA. En el armario del cuarto. Y tenía una caja fuerte en el estudio.

    ÓSCAR. ¿Una caja fuerte?

    DOROTEA. Detrás de los libros. No quería que nadie tocara nada.

    Van al estudio. ÓSCAR aparta varios libros hasta descubrir la caja.

    ÓSCAR. No hay llave. ¿Tienes la combinación?

    DOROTEA. No. Pero conozco sus fechas favoritas.

    ÓSCAR. ¿Sus fechas favoritas?

    DOROTEA. Las que nos obligaba a recordar. Las que servían para demostrarnos que le debíamos algo.

    DOROTEA prueba una combinación. No funciona. Prueba otra. La cerradura hace un ruido seco.

    ÓSCAR. ¿Qué fue eso?

    DOROTEA. Creo que está abierta.

    Gira la manija. La puerta cede. Dentro hay carpetas, sobres bancarios y documentos cuidadosamente ordenados. ÓSCAR toma una escritura y lee.

    ÓSCAR. Una propiedad en Morelia.

    Abre otra carpeta.

    ÓSCAR. Otra. Y ésta es de Pátzcuaro.

    DOROTEA. ¿Qué dices?

    ÓSCAR. Aquí hay una propiedad en Ixtapa. Espera.

    Extiende varios documentos sobre el escritorio. DOROTEA se acerca. ÓSCAR revisa los estados de cuenta.

    ÓSCAR. No puede ser.

    DOROTEA. ¿Qué ocurre?

    ÓSCAR. Hay más cuentas. Inversiones. Depósitos. Mira estos saldos.

    DOROTEA. ¿Cuánto?

    ÓSCAR. No lo sé todavía. Tendría que sumar todo y comprobar las fechas.

    DOROTEA. Óscar.

    ÓSCAR. ¿Qué?

    DOROTEA. ¿Cuánto?

    ÓSCAR le muestra el estado de cuenta. Ella lo lee. Se lo devuelve y toma otro.

    DOROTEA. ¿Todo esto era suyo?

    ÓSCAR. Los documentos llevan su nombre.

    DOROTEA. Y nosotros contando las monedas para pagar las tarjetas.

    ÓSCAR. No entiendo por qué nunca nos dijo nada.

    DOROTEA. Yo sí entiendo que nunca nos lo dijera. Lo que no entiendo es cómo pudo hacerlo durante tantos años.

    DOROTEA toma una escritura. Lee en silencio. Después mira hacia el lugar donde había aparecido ALICIA.

    DOROTEA. Tenías casas. Tenías dinero. Tenías suficiente para ayudarnos cuando te dije que no llegábamos a fin de mes. Y me respondiste que aprendiera a vivir con lo que tenía.

    ÓSCAR. No sabemos por qué lo hizo.

    DOROTEA. No. Pero sabemos que podía ayudarnos y no quiso.

    ÓSCAR. Hay que hablar con un notario. Revisar la sucesión, las cuentas, los impuestos. No podemos disponer de nada hasta saber qué nos corresponde.

    DOROTEA. Siempre hay algo que hacer antes de poder vivir.

    ÓSCAR. No podemos gastar un dinero que todavía no es nuestro.

    DOROTEA. No he dicho que vayamos a gastarlo hoy.

    ÓSCAR. Tenemos que ser prudentes.

    DOROTEA. Hemos sido prudentes toda la vida. Hemos aplazado viajes conocer el Mediterráneo, compras, reparaciones. Hemos esperado a tener dinero, tiempo, tranquilidad. Siempre había una razón para esperar. Y mientras tanto, ella tenía todo esto guardado.

    ÓSCAR vuelve a mirar los documentos. Se sienta. Por primera vez parece incapaz de ordenar lo que tiene delante.

    ÓSCAR. No sé qué decir.

    DOROTEA. No digas nada.

    Pausa. DOROTEA se sienta frente a él. Ambos miran las escrituras y los estados de cuenta. Después se miran mutuamente.

    ÓSCAR. Maletas.

    DOROTEA. ¿Qué?

    ÓSCAR. Maletas. Tenemos que llenar las maletas.

    DOROTEA lo mira con sorpresa. Después sonríe.

    DOROTEA. Maletas.

    ÓSCAR. Grandes. De las que caben en la cajuela.

    DOROTEA. No pienso pasarme la vida haciendo cuentas para decidir si puedo quedarme una semana más en la playa.

    ÓSCAR. Podríamos ir a Miami y tomar un crucero por el Caribe.

    DOROTEA. Podríamos ir a Madrid, a Buenos Aires. Podríamos tomar un tren sin tener que calcular cuánto cuesta el regreso.

    ÓSCAR. Primero habrá que resolver los trámites.

    DOROTEA. Claro. Los trámites. Pero esta vez no van a ser una excusa para no salir.

    ÓSCAR se dirige al clóset. Lo abre. Saca una maleta, luego otra.

    DOROTEA lo ayuda. Entre los dos extraen cuatro maletas y las colocan en el centro de la habitación. Las observan como si no acabaran de creer que están allí.

    ÓSCAR. Cuatro.

    DOROTEA. ¿Te parecen demasiadas?

    ÓSCAR. Para empezar, no.

    DOROTEA. Has cambiado.

    ÓSCAR. No. Es posible que haya sido siempre así y que no me hubiera dado cuenta.

    DOROTEA. ¿De qué?

    ÓSCAR. De que también estaba esperando.

    DOROTEA lo mira. ÓSCAR toma dos maletas.

    ÓSCAR. Voy adelantándome. No tardes.

    DOROTEA. ¿Adónde vas a ir sin mí?

    ÓSCAR. A ninguna parte. Te espero abajo.

    ÓSCAR hace mutis con las dos maletas. DOROTEA queda sola en escena. Las otras dos maletas permanecen a su lado. Se escucha, fuera de escena, el ruido de las ruedas al bajar los escalones.

    ÓSCAR, fuera de escena. ¡Dorotea! ¡Apúrate! ¡Te estoy esperando!

    DOROTEA no responde. Mira las maletas. Después vuelve lentamente la cabeza hacia el lugar donde, durante la aparición, estuvo ALICIA. Las luces se atenúan.

    DOROTEA. Adiós, mamá.

    Pausa.

    DOROTEA. Voy a darle la vuelta al mundo. ¿Me oyes? Al mundo entero. Voy a conocer ciudades cuyos nombres nunca pronuncié en esta casa, a dormir en hoteles sin preguntarme si puedo pagarlos, a quedarme donde quiera quedarme y a marcharme cuando me dé la gana.

    Se acerca un poco al lugar vacío.

    DOROTEA. Con tu dinero, mamá. Sí, con tu dinero. No voy a fingir que no me importa de dónde viene. Tampoco voy a pedirte perdón por gastarlo. Tú tuviste tus razones para guardarlo; yo tengo las mías para usarlo.

    Pausa. DOROTEA baja la voz.

    DOROTEA. Durante años esperé que me dieras algo que no se compra. No lo hiciste. Ahora no voy a esperar más.

    Se hace un silencio. Una luz cenital ilumina el lugar donde apareció ALICIA. El fantasma de ALICIA entra y permanece inmóvil, observando a su hija.

    ALICIA. Siempre has tenido prisa por marcharte.

    DOROTEA. Y tú siempre encontraste una razón para que me quedara.

    ALICIA. Una madre no puede retener a una hija.

    DOROTEA. No. Pero puede hacer que se pase la vida pidiendo permiso para irse.

    ALICIA. Te quedaste porque quisiste.

    DOROTEA. Me quedé porque eras mi madre. Porque creía que algún día íbamos a entendernos. Porque cuando me llamaste para que viniera a cuidarte pensé que, al fin, podríamos estar juntas sin tener que defendernos una de la otra.

    ALICIA. Estabas aquí cuando te necesité.

    DOROTEA. Sí. Y tú estabas aquí cuando yo necesitaba una madre. Pero nunca coincidimos en lo que significaba necesitar a alguien.

    ALICIA mira las maletas.

    ALICIA. ¿Y ahora te vas a llevar todo?

    DOROTEA. No todo. Lo que me corresponde.

    ALICIA. ¿Y crees que eso va a devolverte lo que perdiste?

    DOROTEA. No. Hay cosas que no se devuelven. Pero tampoco tengo que seguir perdiéndolas.

    ALICIA. Vas a acordarte de mí.

    DOROTEA. Claro que voy a acordarme. No te estoy pidiendo permiso para olvidarte.

    ALICIA da un paso hacia ella. DOROTEA no retrocede.

    ALICIA. ¿Y si algún día quieres volver?

    DOROTEA. Volveré si quiero. Pero ya no volveré porque me llames, ni porque te enfermes, ni porque crea que esta vez vas a quererme de otra manera.

    Pausa. ALICIA baja la mirada.

    ALICIA. Yo también tuve miedo, Dorotea.

    DOROTEA. Lo sé, mamá. Pero tu miedo fue siempre una habitación en la que yo tenía que vivir.

    Silencio. Se escucha de nuevo la voz de ÓSCAR, ahora más lejana.

    ÓSCAR, fuera de escena. ¡Dorotea! ¡Se nos hace tarde!

    DOROTEA mira hacia la puerta. Después vuelve los ojos hacia ALICIA.

    DOROTEA. Tengo que irme.

    ALICIA. Ya lo sé.

    DOROTEA. No. Esta vez no lo sabes. Esta vez me voy porque yo lo decido.

    DOROTEA toma una de las maletas. Se dirige a la salida y se detiene un instante, sin volverse.

    DOROTEA. Adiós, mamá.

    DOROTEA hace mutis con la maleta.

    ALICIA permanece sola. Mira la última maleta que queda en escena. Se acerca, la toma por el alto mango y la desplaza. Durante un instante parece escuchar algo que viene de la calle.

    Después, sin mirar atrás, sigue los pasos de su hija.

    Oscuro.

    FIN

    Jorge Orozco Flores, es autor del libro “La duda ofende” (2017); fue secretario de Difusión Cultural de la UMSNH.

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