Marco Antonio Camposy los territorios de la poesía 1/3

El ensayista Rafael Calderón analiza la trayectoria, viajes y claves poéticas de Marco Antonio Campos, el gran gestor del Encuentro de Poetas.

Retrato del escritor y poeta mexicano Marco Antonio Campos
Marco Antonio Campos, poeta, traductor y gestor cultural fundamental de las letras hispanoamericanas.

Rafael Calderón

Firmaron su acta de nacimiento con tres nombres, pero escribe con uno solo: forastero. Y es que Marco Antonio Campos (Ciudad de México, 1949) es más lo segundo que lo primero. Para saber de él, la única urgencia es ir al encuentro de su poesía; los demás géneros literarios son caminos que siempre vuelven a ella. Desde 1999, Campos ha convocado al Encuentro de Poetas del Mundo Latino, el más importante en su género en México. En Morelia tuvo su época de oro. Ahí convirtió la ciudad en casa del idioma de la poesía durante diez años. No solo rindió homenaje a los mayores: Alí Chumacero, Eduardo Lizalde, José Emilio Pacheco, Hugo Gutiérrez Vega y Tomás Segovia. También abrió la puerta a los que llegaban: tendió puentes con Juan Gelman y Luis García Montero, se celebró a Elsa Cross y cerró el ciclo con el reconocimiento a Sergio Mondragón. Gestor, sí. Pero su modo de gestionar fue otro poema: coral, políglota, en movimiento.

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Como traductor de poesía, Campos se inscribe en esa larga tradición mexicana de poetas que cruzan lenguas para interrogar su propia sombra: la estirpe de Reyes, Paz, Pacheco o Guillermo Fernández. No traduce por oficio, sino por destino. Por eso elige a los desterrados, a quienes escribieron lejos de casa: Baudelaire, Rimbaud, Trakl, Ungaretti o Nelligan. Traducir, en él, es otra forma de irse. Otra forma de volver.

Pero la brújula de todo está en su poesía. Publica desde 1970 y ahí aparece ya su directriz: una respiración densa y profunda que no ha perdido novedad lírica en cincuenta años. Su obra se ordena en dos grandes cortes. El primero lo fija Poesía reunida (1997), bella edición que fue, para muchos, carta de presentación definitiva. Recoge cuatro libros publicados y el inédito Los adioses del forastero. El segundo lo consagra El forastero en la tierra, compilación que abre también con poemas de 1970 y cierra en 2004, cuando el poeta cumple cincuenta y cinco años. Entre uno y otro corte se dibuja su biografía secreta: viajes, ciudades entrevistas o vividas, dedicatorias a amigos, homenajes a lugares. Su voz es una poética del ir y venir, constante y en movimiento.

Los títulos individuales trazan ese viaje: Muertos y disfraces, Una seña en la sepultura, La ceniza en la frente, Los adioses del forastero, Viernes en Jerusalén, Monólogos, Dime dónde, en qué país y De lo poco de vida. Por eso la publicación de Poesía reunida en 1997 no fue solo antología: fue declaración. Y El forastero en la tierra no fue recapitulación: fue destino. Ahí el ejercicio de la poesía se revela como esencia de su vida, decantada por el tiempo. No es casual que en 2017 la editorial Visor Libros México inaugurara su colección de poesía con Dime dónde, en qué país, junto a los volúmenes de Wislawa Szymborska y Tomas Tranströmer. Campos ya está ahí, entre premios Nobel, por derecho propio.

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Estudió leyes en la UNAM, leyó poesía en Salzburgo y Viena, fue profesor invitado en Buenos Aires y La Plata, e impartió la cátedra Rosario Castellanos en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Recibió la Medalla Presidencial Centenario Pablo Neruda en 2004. Es miembro de la Academia Mallarmé desde 2005 y del Seminario de Cultura Mexicana desde 1999. Pero todos esos cargos son apostillas. La obra es el texto.

Víctor Manuel Mendiola, su editor y poeta, lo situó con exactitud: “Después de la inflexión verbal de la poesía de medio siglo, surge una nueva generación en los años sesenta y setenta que se debate entre el universo autosuficiente de las palabras y la fuerza del sentido y de la realidad. En ese contexto, la poesía de Marco Antonio Campos se fue decantando rigurosamente. Desde el deslumbramiento del sol griego hasta una cavilación densa, sus poemas se despojaron y nos han entregado una visión esencial y dura pero, en su desencanto, serena y solidaria”.

Ubicado generacionalmente, queda por fortuna su presencia para ir a los poemas. Abrir Poesía reunida, esa que terminó de imprimirse el 2 de mayo de 1997, y confirmar lo que ya intuíamos: que Campos no habita la poesía. La transita. Que no escribe sobre la tierra. Escribe desde fuera, como forastero, y por eso la nombra mejor que nadie. Con Viernes en Jerusalén lo entendimos todo: el viaje no era huida. Era la única forma que encontró para quedarse.

Sin dejar de lado al ensayista, al cronista, al narrador —presencias respetadas en el medio literario mexicano—, lo que nos convoca aquí es el poeta. Verlo a través de sus versos. Asistir a su revelación del idioma.

En la nota que abre su primera Poesía reunida, Campos escribe: “El caso de este libro es curioso: es un conjunto de poemas que se ha estado haciendo por más de veinte años desde que publiqué el primero en Muertos y disfraces”. La nota remite a 1974. Ya han pasado más de veintitrés años cuando la firma. Si volvemos a Muertos y disfraces, descubrimos que la pasión lírica fue dedicada a Alí Chumacero. Y que el libro entero se abre con un epígrafe de Neruda, leído en Estocolmo en 1971: “Cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo”. Desde el inicio, Campos declara su linaje: la poesía no como adorno, sino como herramienta. Y lo confirma sin rodeos: “Igual al joven que fui, sigo intentando escribir una poesía hecha con el corazón y la sangre, libre lo más posible de decoración o galas y anhelando con humildad que el lector pueda sentirse conmovedido con algún poema o verso”. Para rematar con una certeza que desarma: “La poesía no hace nada. / Y yo escribo estas páginas sabiéndolo”.

Ese es su desafío. Su declaración de inicio. Por eso anota un ideal que lo persigue: “Escribir una poesía que se correspondiera mínimamente con las lápidas verticales que brillan bajo el sol de Grecia, donde con una concesión de dibujo se resume la historia de una persona”. ¿Qué tiene que ver Grecia con un poeta de la Ciudad de México? Todo. Si pensamos en Alfonso Reyes, entendemos que esa luz mediterránea no es fuga: es herencia. Es Homero y Elytis respirando en la modernidad. Es la confirmación de que Campos es, ante todo, un poeta viajero. “Yo he querido —continúa— equilibrar, sobre todo en los últimos tiempos, las luces y sombras de la casa del mundo con las luces y las sombras de la casa del alma. ¿Acaso, sin yo quererlo mucho, se desplacen más las sombras?”. La pregunta lo nombra. Y sus versos responden con mejor precisión: “Para transmigrar / hurto infiernos a la imaginación / vedados a los otros…”. El poema se llama “Creación del poeta o malinterpretación de Blake” y está dedicado a José Emilio Pacheco. Ahí empieza el diálogo entre ambos. Ahí aparecen Blake y Borges como sombras tutelares. Campos se atreve a ir lejos porque su vocación de traductor lo autoriza: sabe que toda poesía es también versión de otra. Sin embargo, su poética, que parece extensísima, es breve en realidad: “He querido que haya más nombres propios para que el lector imagine o reconozca esos sitios que quizá le digan algo. Después de todo, de nombres propios está la Biblia, la poesía lírica griega o, en la poesía moderna, la obra de Georg Trakl, de Ezra Pound, de Ramón López Velarde y de Pablo Neruda. Cuando uno los lee, siente que los sitios mencionados son prodigiosamente otros sitios”.

Esa es su condición más personal: hacerse visible a través de la esencia del idioma. Por su voz, por el ritmo de las palabras, por su aspiración lírica, confirma una y otra vez la vigencia de la poesía. La primera etapa —natural y directa, coloquial y conversacional— la determinan Muertos y disfraces y Una seña en la sepultura. Ahí queda inscrito el testimonio: diálogo, evocación, rigor poético que inscribe su nombre en la tradición mexicana.

El poema, con tono coloquial, deja sentir el lenguaje en carne viva: “En el año veintisiete de mi edad, cavando en la ruina y la desdicha, y con el aire de soñar que yo entre ustedes sería el mejor de todos; en este año de sombras a la sombra, escribo enfermo —¡en el fuego!— este legado: Dejo mis ojos, el mar y la ternura a todas las mujeres que yo he amado; dejo mis libros, el Arno y dos mil pájaros a Gabriela, mi hermana, que escuchaba en mis cartas las alas y las velas; dejo mi Diario (que no he escrito), las páginas de sangre y el Egeo…”.

Por eso hay que seguir de cerca esa poética instituida para nombrar su propia condición. Porque Campos escribe para anotar la permanencia de su evolución: “Quizá los motivos de viaje y las huellas del paso del tiempo sean más visibles en los poemas de la etapa final. Es explicable: en los últimos años he visto en ciudades numerosas los pañuelos de los adioses y sentido que ya toca a la puerta la mitad de medio siglo”. En sus versos se registran ecos de viajes: cartas a amigos, desafíos, alegrías de la vida, revelación del idioma. Esa suerte de testamento le permite declarar la huella de lecturas previas: la Ilíada, la Odisea. Sabe que los poemas se los lleva el aire, pero él navega con los recuerdos de la memoria. Por eso se sitúa en el mar (Mediterráneo) para sentenciar, con un estilo reconocible: “¡Me voy hacia la muerte, y no hay un vaso! Pero antes, un momento, por favor. ¿Ya pueden escucharme? Es la seña que el viento grabó en mi sepultura: No quiero regresar por este infierno”. Y añade: “Los poetas, quizá más que los otros, están hechos de las figuras de las sombras y de las velas del barco”.

Lo más auténtico de sí —escribe en la nota a su Poesía reunida— está ahí, porque “la poesía es a la vez ventana por la que se mira al mundo y ventana por la que se mira al corazón y al alma”. Esa dinámica de la poesía moderna surge como reflejo de una sentencia antigua que vuelve novedad: “La verdadera biografía de un poeta, o al menos la más honda, está en sus versos”. Esa órbita llamada poesía brilla en títulos que son un salto: Monólogos (1985); La ceniza en la frente (1979). Y Los adioses del forastero, inédito aún en 1997, registra ya la madurez. Para ese año, el poeta habita otra realidad. Conocerlo es leerlo ahí.

El poema “Inscripciones en el ataúd” es declaración de fe y de duda: “Yo nací en febrero a mitad de siglo y uno menos, y Dios me dibujó la cruz para vivírsela y las hadas me donaron cándidamente el sol negro de la melancolía. No fui un Propercio, un Góngora, un Vallejo, ¿y para qué escribir si uno no es un grande?”. No es falsa modestia: es resonancia. Un misterio que hilvana identidad con palabras: muertos y disfraces, vida diaria, señales en la sepultura, recuerdos de una amistad. Todo encamina al encuentro de su personalidad literaria.

En esta etapa decanta un verso de implicaciones casi religiosas, como la imagen de la ceniza en la frente. No es, sin embargo, un poeta religioso. La celebración del miércoles de ceniza no define su lugar. Ni su infancia lo ancla en la poesía devota. Pero esos ecos están. Son hallazgo de una influencia que bebe de los libros poéticos por excelencia: la Biblia. Y esa lectura le da claridad, no dogma.

Rafael Calderón (Morelia, Mich, 1976). Ha publicado poesía y ensayo. Es autor en ensayo de Pablo Neruda en Morelia (2024) y en poesía Recuento de Estos días (2024) y tiene en proceso de edición El turno y la presencia. 200 años de poesía en Michoacán 1825-2025, por Centzontli Pájaro de cuatrocientas voces.