-Cuando me siento como hoy, instrumento, por leve que sea, de molestia, sufro, pero acepto el dolor. Todavía creo que me purifica. Antonieta R.M en una carta a Manuel R.L Al entrar por primera vez a la majestuosa catedral de Notre Dame, en el corazón de París, no pienso en los vitrales, ni en Víctor Hugo, ni en las decenas de turistas que avanzan a mi lado con el teléfono en alto. Pienso en Antonieta Rivas Mercado. En su corazón detenido en este lugar sagrado. Y lloro. Hay muertes que se vuelven referencia. La de Antonieta quedó inscrita para siempre lejos de su país, lejos de las justas causas que defendió con una entrega casi suicida desde antes de su muerte. María de la Luz Antonieta Rivas y Castellanos nació junto al siglo XX en la Ciudad de México. Creció en una familia que encarnaba el proyecto moderno del país que había impulsado Porfirio Díaz: su padre, el arquitecto Antonio Rivas Mercado, autor del Ángel de la Independencia; su madre, Matilde Castellanos, mujer ilustrada que entendía la cultura como capital simbólico. La pequeña Antonieta viajó a Francia, aprendió francés, tomó clases de danza… recibió la mejor educación para una mujer en esa época. Pero sus padres se divorciaron y eso la marcó. Antonieta quedó bajo la tutela de su padre, con quien mantuvo una relación intelectual profunda; no es casualidad que eligiera nombrarse solo con los apellidos paternos. Con la madre, en cambio, el vínculo fue distante y rígido. Educada entre libros, música, idiomas y viajes, Antonieta no aceptó el papel, casi pasivo, que se reservaba a las mujeres de su clase. Leía con voracidad, pensaba sobre la política y se interesó por el teatro, la literatura y la gestión cultural. En 1924 contrajo matrimonio con el inglés Albert Blair, con quien tuvo un hijo, Donald Antonio. La relación que tuvo con Albert fue tan breve y conflictiva que terminó en un divorcio adverso para ella, en el que él obtuvo la custodia de Donald. Durante la segunda mitad de los años veinte, Antonieta ya se había convertido en una figura central de la vida cultural mexicana. Fue mecenas, promotora y creadora. Impulsó el Teatro Ulises —base del teatro moderno mexicano—, apoyó al grupo de escritores Los Contemporáneos (entre los cuales estaba Gilberto Owen, Andrés Henestrosa y Xavier Villaurrutia), actuó, dirigió, tradujo, escribió. Fue la única mujer de esos grupos, la única que publicó en sus revistas, la que sostuvo proyectos ajenos mientras su propia obra quedaba en segundo plano. Cuidó la creación de otros con una generosidad desmesurada. 1927 fue un año de quiebre, ya que murió su padre. Ese mismo año conoció al pintor Manuel Rodríguez Lozano, de quien se enamoró perdidamente, sin ser correspondida. “Me tiene Ud. en un callejón sin salida, le escribió en una carta. Me tiene Ud. enamorada de un hombre para quien, sensualmente, no registro emoción”.Una extraña o delicada manera de culparse del hecho de que Manuel, quien era homosexual, no sintiera atracción por ella. El encuentro con José Vasconcelos marcó el último giro de su historia. Cuando perdió a su padre, se enganchó a Manuel; al saber que Manuel jamás la amaría como ella deseaba, se volcó en Vasconcelos. Nunca pudo sentir la verdadera libertad; siempre necesitó darse a otros y ser validada por ellos. La relación fue intensa y profundamente desgastante para ella. Antonieta llegó a la campaña presidencial en marzo de 1929 por convicción política, enganchada por la promesa de Vasconcelos de conceder el voto a la mujer. “Las mujeres mexicanas en su relación con los hombres, son esclavas”, escribió Antonieta. “Casi siempre consideradas como cosa y, lo que es peor, aceptando ellas serlo. Sin vida propia, dependiendo del hombre, le siguen en la vida, no como compañeras, sino sujetas a su voluntad y vendidas a su capricho”. Qué ironía: aquel deseo de cambio parecía, en el fondo, desearlo para ella misma. Entró en esa campaña como quien se arroja al fuego para no sentir otra herida: en su diario confesó que fue “un impulso desesperado: el de ahogar en la pasión política mi otra pasión, la personal”. En unos días se celebra San Valentín. Pienso en que el motor del mundo entero son nuestras pasiones personales, y una de las más poderosas es la de las relaciones amorosas. ¿Será necesario revisar constantemente nuestro interior para saber cómo estamos al respecto y qué implicaciones tiene nuestra salud emocional en nuestra vida en general y como sociedad? Reflexiono. Heredera de la vasta fortuna paterna, Antonieta puso su dinero, su tiempo y su talento al servicio de una causa que creyó redentora; viajó con Vasconcelos por el país, hizo campaña y aceptó un vínculo amoroso tan intenso como desigual. La candidatura de Vasconcelos contaba con un fuerte respaldo ciudadano, y se temía que su llamado a levantarse en armas prosperara, por lo cual, al inicio del gobierno impuesto, Pascual Ortiz Rubio, al servicio de Plutarco Elías Calles, se realizó una persecución política: desapariciones, detenciones clandestinas y, finalmente, la matanza de Topilejo, en la que un centenar de vasconcelistas fueron ejecutados, siendo éste el primer caso de desaparición forzada en México. Para Antonieta, ese clima de represión no fue una abstracción histórica: fue la constatación brutal de que el país al que había entregado su energía, su dinero y su fe no tenía ya un lugar para ella y, por el contrario, era un lugar peligroso para quienes intentaran un cambio positivo real. México, al fin y al cabo. Así que cuando el fraude fue un hecho, quedó sola, expuesta y sin refugio. En octubre de 1929 abandonó la campaña y partió a Nueva York, donde fue atendida por una fuerte depresión. Todo parecía estar en su contra. Antonieta regresó a México y salió de su país con su hijo sin autorización del padre. Así llegó a París, donde los pocos meses que le quedaron de vida los pasó con gran inestabilidad emocional y precariedad. Escribió cartas a Manuel atravesadas por el cansancio y el desarraigo, y comenzó el Diario de Burdeos en noviembre de 1930. El plan del suicidio ya rondaba su mente: “Por lo pronto, al saber lo que he hecho, [Vasconcelos] se enfurecerá. Solo más tarde, mucho más tarde, comprenderá que es mejor para mi hijo y para él mismo. Entonces se enternecerá y no podrá olvidarme jamás. Me llevará incrustada en su corazón hasta la hora de su muerte”. Aun así, como si buscara en las letras aferrarse a la posibilidad de una nueva vida, bosquejó su novela, El que huía, que dedicó “A la amistad preciosa y permanente de Manuel Rodríguez Lozano”. Pero el cuerpo y el alma ya se estaban separando. El 7 de febrero, su anfitriona en Burdeos escribió a su familia para alertar sobre su situación económica y emocional. Dejando a su hijo en la casa donde estaba hospedada, se reunió en París con Vasconcelos y, junto a su amigo Carlos Deambrosis, planearon lanzar la revista La Antorcha. Lo ocurrido en esos días quedó retratado por el propio Vasconcelos, quien en 1939 publicó El proconsulado como parte de sus memorias, en las que menciona el sentimiento de amargura con el que Antonieta veía a México después de lo vivido con Vasconcelos en su campaña, reflejado en la conversación que tuvo con dos artistas mexicanos en el consulado: “Acudieron a saludarme y les dije: ‘Imaginen mi desgracia, tengo que regresar a México’. Y exclamaron acordes: ‘Pero ¡cómo!, ¡si debía usted estar contenta de volver a nuestra tierra, tan chula!’. ‘Sí —clamé—, la tierra de los asesinos y los ladrones entronizados… También ustedes me dan asco. Y los dejé atónitos.’” En el relato de Vasconcelos, que ha sido cuestionado por “apropiarse” de la muerte de Antonieta —a quien llama “Valeria”— comparte conversaciones en las que Antonieta le reveló su frágil condición y lo cuestionó sobre su relación al preguntarle, según añade éste en El proconsulado: “—¡Dime —reclamó de pronto— dime si tú me necesitas, si de verdad me necesitas! Pero como advirtiera en la pregunta la intención de tomarla como base de decisiones inmediatas, repuse: —Te necesito hasta donde un ser puede necesitar a otro; me sentiría abrumado si me faltaras; pero fíjate que, en realidad, nadie necesita de otro, no necesitas tú de nadie; en lo esencial, lo fundamental, sólo de Dios necesitamos”. Esta respuesta la devastó. Podría haberla tomado como un impulso para independizarse, pero su situación era ya tan frágil y había dado tanto al hombre que ahora no sabía, no podía o no quería sostenerla, que se derrumbó. La situación económica de Antonieta era, como nunca en su vida, precaria. No tenía los medios para sostener dignamente ni a su hijo ni a ella. Había pedido prestado dinero a su amigo Deambrosis, quien le prestó todos sus ahorros y, según narra Vasconcelos, le confió: “…el día que recibió mis fondos se fue a una juguetería; era época de Navidad y le compró a su chico juguetes por valor de quinientos francos; a los míos les obsequió en forma que yo nunca he podido igualar. Y a mi esposa se la llevó al restaurante más caro de Burdeos…” Pero el dinero que ella esperaba desde México no llegaba. ¿Acaso por estrategias familiares para que, derrotada, regresara con su hijo? Tal vez. Pero ella no estaba dispuesta a mostrarse así ni ante su familia ni ante todo México. El 11 de febrero de 1931, Antonieta entró a Notre Dame y cumplió lo que había escrito en su diario en días pasados: “Ya tengo apartado el sitio en una banca que mira al altar del crucificado, en Notre Dame. Me sentaré para tener la fuerza para disparar. Pero antes será preciso que disimule. Voy a bañarme porque ya empieza a clarear”. Se disparó en el corazón con la pistola que Vasconcelos había guardado frente a ella días antes, sin imaginar lo que estaba por ocurrir. Ella decidió su muerte en un escenario que trascendía lo individual, como si supiera que su vida sería leída por muchos. Antonieta fue una mujer que se ofreció entera a los demás y, salvo su padre, ningún otro hombre supo cuidarla. Cometió el error —tan común entre mujeres mexicanas— de ser sostén de muchos, pero menos de sí misma. Salgo de Notre Dame, camino por las mismas calles que caminó Antonieta hace casi un siglo y, después de esta larga reflexión, mi tristeza se ha convertido en una fortaleza que deseo compartir con todas las mujeres: “Amen a su prójimo COMO A SÍ MISMAS”. Erandi Avalos, historiadora del arte y curadora independiente con un enfoque glocal e inclusivo. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte Sección México y curadora de la iniciativa holandesa-mexicana “La Pureza del Arte”. erandiavalos.curadora@gmail.com