Víctor E. Rodríguez Méndez Catherine Rose Ettinger McEnulty, arquitecta y académica nacida en 1959 en Fullerton, California (EE.UU.) y radicada en México desde hace más de cuatro décadas, recibió recientemente el Doctorado Honoris Causa por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH) —su máxima distinción—, organismo donde estudió, trabajó durante 40 años y formó generaciones de arquitectos. El reconocimiento, entregado en noviembre de 2025 junto a otras figuras destacadas como Annie Pardo Cemo y Gerardo Sánchez Díaz, marcó un emotivo cierre a su trayectoria activa en la casa de estudios, en pleno proceso prejubilatorio, en reconocimiento a su excepcional trayectoria académica, investigativa y contribuciones a la preservación del patrimonio cultural mexicano. “Lo sentí como una caricia”, señala Ettinger en entrevista, visiblemente conmovida. “Mi institución me despidió de la manera más bonita que se podía imaginar”. Para ella, este honor —tradicionalmente otorgado a figuras externas o ex rectores— resultó especialmente significativo al incluir a docentes en activo de la propia universidad, un gesto que interpreta como un reconocimiento colectivo al esfuerzo diario en las aulas y la investigación. “Fue muy especial. Siempre he pensado que soy una persona suertuda”. Ettinger inició sus estudios en antropología en su país natal, pero al llegar a Morelia —tras casarse con un moreliano— decidió inscribirse en la carrera de Arquitectura en la UMSNH. “Llegué en junio, no sabía qué hacer y necesitaba aprender español e involucrarme”, según recuerda. Lo que comenzó como una solución temporal se convirtió en una pasión vital: la arquitectura la enamoró y Morelia se transformó en su hogar por más de 45 años, donde crió a sus tres hijos y desarrolló una prolífica carrera. Sus líneas de investigación giran en torno a la historia de la arquitectura mexicana, la conservación de centros históricos y arquitectura del siglo XX, las intersecciones entre tradición vernácula y modernidad, así como la circulación de ideas arquitectónicas entre México y Estados Unidos. Autora de libros clave como La transformación de la arquitectura vernácula en Michoacán. Materialidad, espacio y representación (2010) y La arquitectura mexicana desde afuera (2017), ha realizado estancias de investigación en instituciones como la Universidad de Texas en Austin, Columbia University (Nueva York) y el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, así como ha coordinado volúmenes colectivos sobre modernidades arquitectónicas en México y participado en proyectos financiados por CONACYT, enfocados en la gestión de la conservación patrimonial en ciudades como Morelia. Formada en la Universidad nicolaita, donde obtuvo la licenciatura en Arquitectura y maestría en Restauración de Sitios y Monumentos, y doctora en Arquitectura por la UNAM (2001, mención honorífica), profesora e investigadora titular en la Facultad de Arquitectura, integrante emérita del Sistema Nacional de Investigadores (SNII) y ha dirigido numerosas tesis en posgrado, nunca ocupó cargos administrativos de alto nivel —solo fue jefa de la División de Estudios de Posgrado en su facultad—, pero su legado se ha forjado en el aula y en la investigación colectiva. “Lo que más me llevo es el cariño por los estudiantes”, afirma. Le apasiona impartir clases en licenciatura, donde reconoce sentir “muy bonito” despertar en los jóvenes el interés y el amor por la carrera. Muchas de sus publicaciones más queridas surgieron de trabajos colaborativos con alumnos y colegas sobre la capital michoacana, involucrando a decenas de estudiantes de servicio social. Ejemplos emblemáticos incluyen el libro sobre la arquitectura moderna en Morelia (coordinado por ella y publicado en varias ediciones), el dedicado al Bosque Cuauhtémoc —un espacio que ama profundamente— y artículos sobre figuras como el pintor y ex rector José Jara. En sus últimos años, la arquitecta y académica se concentró en el periodo del cardenismo, estudiando obras en Apatzingán y Pátzcuaro, como la Quinta Eréndira, y un libro sobre Jiquilpan (con publicaciones digitales y libros colectivos). “Hemos trabajado mucho la ilustración y cómo lograr que se entienda la arquitectura a través de los planos”, asegura. Casas, casitas y casonas Su obra más reciente y ambiciosa es Casas, casitas y casonas de Morelia-Valladolid. Un estudio tipológico (publicada en 2025 por la UMSNH), un volumen ricamente ilustrado que analiza patrones en la arquitectura doméstica moreliana a través de 200 plantas dibujadas a mano, clasificaciones de fachadas (virreinales, del siglo XIX, porfirianas) y detalles constructivos como zaguanes, patios, marcos de puertas, ventilas, herrería, mascarones, guirnaldas, guardamalletas, pináculos, copones, cornisas, canceles zoclos y ventanas ajimezadas. El libro realiza un análisis tipológico detallado de las viviendas tradicionales de la ciudad, diferenciando entre casas (de escala intermedia), casitas (de menor tamaño, más modestas) y casonas (las grandes residencias señoriales). Se enfoca especialmente en los espacios interiores, su organización, evolución y elementos constructivos característicos, mostrando cómo estas tipologías reflejan aspectos sociales, económicos y culturales de la vida en Morelia a lo largo del tiempo. Es un texto especializado, pero accesible, con un enfoque académico riguroso que combina investigación histórica, levantamientos arquitectónicos y reflexión sobre el patrimonio edificado. Para Catherine Ettinger, se trata de la obra que más le “quebró la cabeza”, por el objetivo planteado de encontrar los patrones en la arquitectura doméstica moreliana. El libro, que involucró a más de 30 estudiantes y ex alumnos, busca sistematizar lo que muchos saben intuitivamente, pero no se ha escrito: cómo distinguir estilos, la importancia de los detalles en la identidad moreliana, la prevalencia de patios de servicio, corrales y huertos en las casas antiguas, así como patrones urbanos como la ubicación de casas coloniales en las esquinas de las manzanas. “Descubrí que las casas chicas están al centro de la manzana”, revela como un hallazgo que, una vez dicho, parece obvio, pero no estaba documentado. De hecho, Morelia no es una ciudad colonial, propiamente, según nos comenta. “Algo interesante que descubrimos es que las casas coloniales se encuentran casi todas en las esquinas, porque tenían una entrada en la calle principal y, cuando ya no necesitaban el huerto de la parte de atrás, lo quitaban y, entonces, a media cuadra quedaban en su lugar las dos casas más nuevas; es un patrón que se puede ver, por ejemplo, en las calles Galeana y Rayón, donde se ven dos fachadas largas y luego dos o tres casitas a media cuadra, que son las más nuevas”. Por tanto, agrega, “la ciudad no creció para fuera, sino que creció parcelando y subdividiendo las casas grandes”. También, añade, el equipo de trabajo descubrió la importancia de los comedores en las fachadas. “Al entrar en una casa tradicional en el centro, lo que se ve de remate es el comedor, que es el lugar más importante”. Reitera, entusiasmada: “Mucho está como en los detalles, como los patios y la pintura de los muros”. Señala que muchos libros sólo trabajan casonas y patios principales: “Nosotros tratamos de ver qué pasa atrás y vimos que casi todas las casas originalmente tenían, mínimo, patio principal, patio de servicio y área de animales, al grado que algunas de las casas grandes cruzaban la manzana; lo que pasa es que ahora casi no se conservan esos espacios porque ya han puesto bodegas, departamentos u otras estructuras”. La arquitecta e investigadora nicolaita señala que el libro surgió al comprobar que no existe una bibliografía sobre las casas del centro de Morelia en particular, como sí existen muchos libros sobre los grandes monumentos. Reflexiona al respecto: “Nos interesamos también por las casitas porque entendemos que ahí siempre vivió gente de todas las clases sociales, no es un espacio sólo de casonas. Hay muchas casitas y actualmente no se están cuidando, las dejan tirar porque se tiene la idea de que son de adobe y no valen nada. Pero, en realidad, nos están contando que allí vivían obreros y cuál era su forma de vivir. Hay poca valoración de las casas más pequeñas, por eso el título también incluye a las casas y casitas, para entender al centro en todas esas escalas”. La belleza, una necesidad humana Catherine Ettinger defiende que Morelia no es solo “colonial”: es una ciudad señorial, horizontal (aunque las azoteas intervenidas lo alteren), con equilibrio entre espacios abiertos y cerrados, patios arbolados y una riqueza en detalles que la distingue de Oaxaca o Querétaro; y no era una ciudad de cantera rosa aparente, porque se sabe que sí había recubrimientos. Critica la pérdida de ese equilibrio por techados excesivos, que afectan temperatura, flora y fauna. Su visión de la arquitectura es amplia e inclusiva: abarca desde lo vernáculo hasta lo mesoamericano, rechazando definiciones elitistas que la limitan al “arte”. Influida por su origen binacional, valora lo espontáneo y lo histórico ausente en su país natal. Admira a Luis Barragán y la escuela mexicana, a Aldo Rossi y la arquitectura social. Cree firmemente que “la belleza es una necesidad humana” y que todos tienen derecho a ella; es algo más intuitivo e, incluso, con materiales sencillos, como las casas pintadas de colores vibrantes en comunidades rurales. Hoy día, dice, “se ha perdido mucho hablar de la belleza y, en cambio, se ha sobreestimado la importancia de la función”. En el contexto actual, advierte sobre algunos desafíos: la construcción como industria contaminante, la demolición innecesaria de edificios del siglo XX que no están protegidos (como las nueve casas estilo californiano en la avenida Acueducto, el Sanatorio Guadalupano en la calzada Fray Antonio de San Miguel o la casa de Adrian Giombini en el sur del bosque Cuauhtémoc), la gentrificación (que distingue del cambio de uso de suelo actual), y la degradación de viviendas en el Centro Histórico (recientemente conmemorado en su 34 aniversario como Patrimonio Cultural de la Humanidad), donde monumentos grandes se conservan bien, pero la vivienda privada sufre por herencias, costos y falta de incentivos. La especialista critica restauraciones que borran la vida cotidiana (como patios convertidos en salones impersonales, caso especial el del restaurante Sanborns) y aboga por modernizaciones respetuosas que mantengan la memoria. Si se trata del turismo, dice, “al final el turista siempre va a preferir lo auténtico, como es el caso de Pátzcuaro”. Incluso, “falta información detallada sobre el Centro Histórico”. Sobre la tensión entre la tradición y lo moderno en términos de arquitectura, Ettinger se manifiesta enemiga de la conservación a ultranza. Cree que hay mucha creatividad de incorporar elementos contemporáneos en edificios históricos. “Si no tenemos la manera de meter una cocina o baños modernos a un edificio histórico, lo estamos condenando a morir. Creo que los edificios pueden modernizarse, pero siempre mantener esa capacidad de delación y de recordarnos el pasado”. Finalmente, opina sobre la inteligencia artificial, en la que ve un reto mayor en las aulas: formar pensadoras y pensadores críticos, no solo transmisores de datos. Aunque prejubilada, Ettinger no planea detenerse. Prevé guías de divulgación sobre Jiquilpan, el arquitecto Alberto Le Duc Montaño (colaborador de Lázaro Cárdenas) y, posiblemente, un proyecto colectivo sobre arquitectura hotelera mexicana a partir de tarjetas postales históricas. “Estoy muy agradecida con la universidad y con esta ciudad hermosa, con gente tan hermosa”, señala, y concluye: “La vida ha sido muy buena conmigo y espero seguir aportando”. Víctor Rodríguez, comunicólogo, diseñador gráfico y periodista cultural.