Este verano cumpliré cincuenta años. J. L. BORGES. “Límites”, en El hacedor (1960) Para el lunes temprano muy clara la mañana, podía encaminar el paso rumbo al cerro más alto; o bien bajar despacio hacia el río profundo y beber de sus corrientes el cristal de los años. El altozano reclama con su voz de paciencia y me disuelve por lo que fui sin descanso; caminar es dejar sin memoria la tierra, oír que las piedras insisten en llamarnos. Cumplir los cincuenta es abrirse a los caminos, seguir ascendiendo aunque pese lo andado, como si cada paso devolviera otro origen y recordara el cuerpo lo que el tiempo ha borrado. Así la infancia vuelve a mí como un ramo lejano, entre sombras antiguas de lo ya acumulado; la luz era más lenta, el día más cercano, y del infinito aprendía sin saber su significado. Fui tierra entre las manos y risa sin orillas, un juego de la casa creciendo entre los patios; la infancia era un cauce sin forma definida, una corriente que inventa sus propios pasos. Dejé atrás la infancia con su alegría leve, crucé la adolescencia como un río sin cauce, sin saber que comenzaba la edad de la prisa; probando en cada orilla el sabor dulce del agua. Fui la voz que aprendía a sostener lo que nombra, el rostro se buscaba en espejos quebrados; la identidad: un pulso aún sin forma fija, un temblor que se escribe mientras va respirando. Hasta los treinta y dos viví dentro de un nombre, en una ciudad de pasos que no sabían detenerse; anduve sus bajadas y también sus alturas, gastando en cada calle la ilusión de sostenerme. La fui haciendo en mis pies a fuerza de insistencia, y la ciudad me fue escribiendo en su rutina; aquellos días largos como hilos sin descanso y la noche ardía como una luz que no termina. Dos ciudades persisten ahora bajo la misma piel: una huele a cantera y a calles encendidas, la otra a polvo lento donde la luz se derrama; entre ambas me perdí sin dejar de ser yo el mismo. Entonces vuelvo al cerro donde empieza el silencio, la pendiente que guarda la memoria del cuerpo; no hay cima definitiva, sólo pasos que insisten en repetir la forma de lo ya recorrido. El río sigue abajo borrando lo que fui, y en su transparencia me reconozco entero; la infancia, la ciudad, los rostros que he perdido se juntan en el agua que no abandona el tiempo. Cumplir los cincuenta es quedarse sin frontera, habitar lo vivido sin buscar explicación; el arrojo no responde, pero sostiene el paso, como una forma antigua donde el tiempo se aquieta. Ahora mis pies firmes se aferran al camino, avanzan hacia el lunes con paso contenido, y dejan en la tierra la huella de lo andado, como si el mismo tiempo pidiera ser pisado. Guardan en su latido una brasa que insiste, una fe sin palabras que arde y que persiste, y cruzo con la noche su lento escalofrío, como un manto invisible que enfría lo que ha sido. La aurora se levanta desnuda, sin promesa, y miro cómo el día gravita y me atraviesa; hay un peso en la luz que madura en los hombros, un temblor que delata la edad de los asombros. Me detengo un instante a trazar lo que he sido, dejo ante mis ojos lo que nunca he entendido: un autorretrato hecho de polvo y aliento, una forma que insiste detrás del movimiento. Como si fuera aire o residuo en la memoria, mi piel suma los años sin ruido, casi historia; medio siglo se posa como un ave callada, y en sus alas sostiene la vida acumulada. Avanzo sin regreso por esta caminata, me hablan estos ojos que el tiempo no retrata; he navegado a solas por mares interiores, y en montes invisibles sembré mis resplandores. Con la edad a cuestas desciende ya la tarde, y a veces en la lluvia mi rostro aún me arde; me reconozco apenas en charcos que me miran, como sombras de un nombre que tiemblan y se estiran. Mi piel nombra lo mismo con voces diferentes, es un cuerpo que insiste cruzando las corrientes, y en la piel permanece un idioma profundo que traduce en latidos su manera del mundo. No sé cómo decir este pulso que me llama, ni el racimo de luz que en mis adentros derrama; hay un sol que me piensa detrás de lo visible, como un pulso encendido, constante y tangible. Sé —con una alegría callada— que el sol me nombra desde lejos con su fuego antiguo, y yo soy esa sombra que aprende a ser testigo. Conmigo es una sombra la caída de la tarde, una sombra que crece, se inclina y se reparte entre todos los cuerpos que rozan mi destino, como ecos que se cruzan a mitad del camino. Nos saludamos lentos cuando la noche es alta, cuando el tiempo se vuelve una materia en falta, y regreso a mi casa por sendas ya sabidas, como quien reconoce la forma de sus vidas. Pernocto donde el tiempo por fin se aquieta, y duermo con el mundo suspendido en la grieta, con el silencio abierto temblando entre las manos, como un agua que fluye sin bordes ni veranos. ¿El sol sabe del sueño cuando cierro los ojos? ¿O arde en otra orilla sin tiempo ni despojos? ¿Se apaga o se transforma detrás de lo invisible? ¿O es llama que persiste, constante y apacible? No tengo en mis palabras respuesta suficiente, solo un temblor antiguo que camina en la mente, apenas esta duda que me sigue habitando, como un río secreto por dentro murmurando. Con las manos guardadas en mis viejos bolsillos subo hasta el cerro mudo donde callan los brillos, y la piedra me acoge con su espalda extendida, como un padre sin rostro que me nombra en la vida. Desciendo hacia el cauce donde el agua no miente, y bebo en su corriente como quien se recuerda, y comprendo —sin forma, sin voz y sin nombre— que algo en mí permanece más allá de este hombre. Y entonces, en lo hondo, como agua entre las piedras, un hilo va emergiendo que guardaba su figura: la doncella que en el río sostuvo la hondura, era el manantial latiendo desde siempre. Rafael Calderón B R E V E N O T I C I A Es Cincuentena un poema que escribo para nombrar el tránsito hacia los cincuenta años como interrogación más que como una celebración. No busco fijar mi biografía literaria ni ordenar mis memorias, mucho menos nombrar el poema mi testamento, sino seguir el movimiento de una experiencia que tiene que ver con la escritura que se reconoce en sus desplazamientos: la infancia, la ciudad, el cuerpo y el tiempo. El poema avanza como una deriva ante la fecha inminente, donde los lugares no son escenarios fijos, sino formas de conciencia. La ciudad donde he vivido, el recuerdo de los cerros y el sueño imaginario de lo que fue una laguna inmensa de mi infancia —sin ríos, pero cuya marea crecía cada año con las lluvias— operan como núcleo simbólico de una misma sustancia vital del tiempo vivido. La memoria aparece aquí como registro lineal, como exploración de etapas: es una transformación continua de lo vivido. En ese sentido, escribir se vuelve un modo de acompañar esa inestabilidad sin pretender fijarla: venir de las zonas rurales es duro, llegar a la ciudad se vuelve un desafío de infinitas adversidades y considero que la batalla se puede ganar con la escritura y esto es la diferencia. Este poema se sitúa como ejemplo del verso extenso, de respiración amplia, y cercano al alejandrino en su impulso rítmico, aunque sin someterse a la regularidad métrica estricta que en mi caso en realidad no podría; así, este resultado del ritmo es interno y me encanta. Su musicalidad busca sostener esa deriva más que ordenarla: Cincuentena es, en última instancia, un intento por pensar la edad como tránsito: es un punto donde la experiencia deja de organizarse de manera lineal, revela respiración, repetición, desplazamiento y transformación. Al día de hoy, este soy yo. RAFAEL CALDERÓN. Morelia, 31 de mayo de 2026