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    Jueves | 8 Oct, 2026, 12:43

    Curiosidades Novohispanas | La Primera Imprenta en México

    Conoce la historia de la llegada e instalación del primer taller tipográfico de la Nueva España: un proyecto impulsado por la Corona, la Iglesia y el virrey Antonio de Mendoza

    Sergio J. Monreal / Colaborador de La Voz de Michoacán
     

    Un libro, como podemos comprobar ahora mismo echando mano de cualquier volumen a nuestro alcance, se confecciona a partir de varios pliegos de papel doblados y encartados. Para mantener unidos y en orden los cuadernillos independientes que resultan de dicho encartamiento, es necesario fijarlos mediante costura o pegado a través de un proceso de encuadernación. Una hoja volante se define como un solo pliego doblado o como varios pliegos encartados que no han sido sometidos a proceso de encuadernación alguno.

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    El rápido auge de la imprenta durante la segunda mitad del siglo XV, que estimuló la aparición de talleres a lo largo y a lo ancho de todo el continente europeo, trajo consigo la necesidad de legislaciones y normas regulatorias emitidas por las autoridades competentes. En 1502, los Reyes Católicos promulgaron un conjunto de leyes para impresores, libreros, imprentas y librerías, que imponían estrictas regulaciones y engorrosos trámites a la producción y venta de libros dentro de sus dominios, mas no así a otro tipo de materiales impresos. Pueden identificarse dichas leyes como el detonante decisivo para la proliferación de hojas volantes y pliegos sueltos, llamados también pliegos de cordel. No obstante, el auge de tales publicaciones no fue inmediato. Tanto la definición de su perfil como su destacado sitio en el favor de un público al que debieron encargarse de formar, irían consolidándose paso por paso a lo largo de muchas décadas.

    La merecidísima aura mítica que rodea a Juan Pablos como primer impresor de América, no debe hacernos olvidar los precarios recursos de que él y su equipo de trabajo dispusieron durante los primeros años, así como las severas restricciones de todo tipo que por contrato debía obedecer. Al llegar a la Ciudad de México en 1539, nada era suyo. Ni los 195 000 maravedíes que portaba para la compra de insumos, útiles, provisiones y gastos; ni su movilidad durante los siguientes diez años, pues quedaba comprometido a no abandonar la capital novohispana en ese lapso; ni los privilegios reales que certificaban el taller a su cargo como la única imprenta autorizada de todo el continente; ni los materiales y herramientas de trabajo que traía consigo; ni el esclavo negro incorporado como batidor; ni la potestad de elegir al tirador de la imprenta, que podía ser removido y sustituido en el momento que se lo ordenaran; mucho menos las potenciales ganancias que el taller consiguiera rendir, mismas que se comprometía a remitir íntegras a España y de las cuales debía corresponderle al cabo la quinta parte, tras los respectivos descuentos por inversión capitalista, por pérdida o estropicio de bienes del taller, por gastos de traslado, y por manutención de él y su esposa, Jerónima Gutiérrez. Ni siquiera eran suyos el nombre Juan Pablos con que pasaría a la historia, ni el reino español desde el cual arribaba, pues se llamaba en realidad Giovanni Pauli y había nacido en Brescia, Italia.

    El verdadero beneficiario de aquella iniciativa era su patrón, Juan Cromberger, cuyo padre, el alemán Jacobo Cromberger, había logrado convertirse durante el primer cuarto del siglo XVI en el más importante impresor de Sevilla (principalísima ciudad para el naciente imperio español ya desde entonces). El patriarca de los Cromberger supo obtener de la corona ventajosos favores que le permitirían no sólo ampliar y diversificar intereses comerciales en Europa, sino incorporarse a lo que en aquella época comenzó a llamarse la “Carrera de Indias”. Por su parte, sin descuidar el negocio que había dado origen a la prosperidad familiar, Juan Cromberger orientó esfuerzos hacia una consolidación mercantil de amplio espectro, que incluía desde el préstamo de dinero hasta el comercio ultramarino, desde la actividad inmobiliaria hasta el tráfico de esclavos. Por lo que hace a su empresa americana, pese al rigor de las leoninas cláusulas impuestas a Juan Pablos, la verdad es que Cromberger manifestó muy poco interés en el monopolio que se le había concedido como única persona autorizada para la impresión e importación de libros en el Nuevo Mundo; su atención y la de sus herederos se consagró casi íntegra a las ricas explotaciones de plata conseguidas en Sultepec y Taxco.

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    La llegada de la imprenta a la Nueva España había tenido su principal promotor en el franciscano Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, quien adquiere su mayor celebridad popular en la memoria mexicana por haber sido el primero en mirar a la Virgen de Guadalupe en el ayate de Juan Diego, según narran la tradición y la leyenda. Como casi siempre que de humanos asuntos se trata, acaso sea menester repartir equitativamente su empeño bibliófilo entre el amor, la necesidad, el interés, las responsabilidades y los compromisos adquiridos. Zumárraga amaba los libros. Zumárraga era consciente de la importancia de una imprenta para las labores evangelizadoras y educativas del incipiente virreinato. Y Zumárraga habría tenido un adeudo monetario por préstamo no saldado con la familia Cromberger.

    No parece descabellado conjeturar una decisiva influencia del obispo de México para beneficiar los negocios del empresario sevillano en Nueva España. Lo más importante aquí es en todo caso establecer que Juan Pablos inició su labor impresora condicionado en un extremo por el despotismo patronal y la desidia editorial de Juan Cromberger, y en otro por los requerimientos e intereses institucionales de Fray Juan de Zumárraga. Apenas instalada la flamante imprenta en la llamada Casa de las Campanas, las funciones que se aguardaban de ella no correspondían prioritariamente a la manufactura de libros.

    La habilitación de un taller tipográfico en la Nueva España obedeció a objetivos bien definidos por parte de la corona, la iglesia y el virrey Antonio de Mendoza. Por una parte, apoyar el proceso de evangelización con la publicación de doctrinas, catecismos, confesionarios, manuales de sacramentos, etc.; por otra, respaldar el proceso de hispanización mediante la elaboración de vocabularios, artes de lengua, cartillas para aprender a leer, etc.; por último, pero no menos importante, facilitar las labores civiles y administrativas sacando a la luz impresos burocráticos como edictos, cédulas, formularios y calendarios, actualmente denominados “literatura gris”.

    Hay consenso en distinguir una notable desproporción cualitativa y cuantitativa entre la producción bibliográfica del taller de Juan Pablos al servicio de Cromberger, y el taller ya con Juan Pablos como propietario y titular. Y en esa desproporción tienen peso innegable la precariedad y las prohibiciones impuestas por la familia Cromberger. Sin embargo, no debe minimizarse como otra causa importante la demanda de materiales religiosos, lingüísticos y administrativos que Juan Pablos y su equipo de trabajo debieron cubrir por sí solos durante aquellos años, sin la colaboración ni la competencia de ningún otro impresor, y padeciendo encima las al parecer atávicas crisis por carencia y carestía de papel.

    Para el año 1548, las quejas de la autoridad virreinal ante la corona debido al incumplimiento de los compromisos asumidos en materia de producción y envío de libros han surtido efecto, y el taller mexicano aparece traspasado ya a Juan Pablos por Brígida Maldonado, viuda de Juan Cromberger. En su momento, Juan Pablos había arribado a la Nueva España con el mínimo personal indispensable para iniciar trabajos: él mismo en calidad de cajista, encargado de la composición tipográfica; Gil Barbero, contratado por Cromberger como tirador, es decir como operario manual de la imprenta; Pedro, el esclavo de raza negra incorporado como batidor para entintar los moldes; y Jerónima Gutiérrez, quien con toda probabilidad colaboró activamente en los trabajos de impresión. Faltaba no obstante uno de los perfiles esenciales para el cabal funcionamiento de un taller tipográfico como aquel: el fundidor y cortador, encargado tanto de reciclar tipos defectuosos como de elaborar caracteres, adornos y viñetas nuevos. Durante más de una década, Juan Pablos debió arreglárselas con tipografía y grabados de segunda mano, ya gastados por su uso previo en España.

    La contratación del fundidor y cortador español Antonio de Espinosa en 1550 junto con otros maestros de imprenta, resultará clave desde varias perspectivas. En primer término, la ampliación y la mejora de sus recursos tipográficos permitirá a Juan Pablos plantearse tareas de cada vez mayor calidad y envergadura. Luego, la favorable respuesta de la corona a la solicitud de Espinosa para que se le retirara a Juan Pablos el monopolio de impresión novohispana, así como la apertura de su propio taller, darán paso a la competencia gremial, diversificarán las posibilidades de la oferta e inaugurarán ahora sí inéditos, aunque todavía incipientes, horizontes de demanda.

    Sergio J. Monreal, escritor galardonado con diversos premios nacionales e internacionales, ha publicado quince volúmenes individuales, en los géneros novela, poesía, cuento, dramaturgia y ensayo.

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