Sergio J. Monreal / Colaborador de La Voz de Michoacán En España, siguiendo una proporción más o menos equitativa, las hojas volantes de corte piadoso coexistieron desde un principio con materiales autorizados a licencias más profanas. Cumplidas las respectivas fórmulas de circunstancias en elogio de este santo, esa virgen o aquella autoridad, podían lectores y escuchas dar rienda suelta a su llana curiosidad, a su lírica avidez, a su descarado morbo. Para Nueva España las cosas fueron muy distintas. La vigilancia y la censura de la iglesia y la corona se mantuvieron siempre quisquillosas y alertas respecto del riesgo que pudieran acarrear determinadas libertades. Una de las más tempranas y férreas proscripciones le correspondió justamente a lo fabuloso y lo profano. Sabemos que, a partir del siglo XVII, en materia de relación de sucesos, se imprimieron romances, milagros, noticias de actualidad y crónicas de desastres. Pero sin hurtarle nunca el sitial de privilegio a la reseña de procesiones, o de festividades tanto civiles como religiosas. Todo indica que, hasta el fin del virreinato, tratándose de pliegos sueltos, el eje dominante hay que enfocarlo primero desde la óptica del proceso de evangelización, y después desde la óptica de las obligaciones que —en tanto súbdito y feligrés— la autoridad aguardaba de un pueblo ya plenamente evangelizado. Para expresarse de manera abierta a través de la página impresa de distribución masiva, el gusto por el chisme escabroso y la peripecia sangrienta tendría que aguardar entre nosotros hasta la llegada de la independencia. Desde su aparición durante el siglo XVI, junto a las funciones comerciales, doctrinales, educativas, literarias, artísticas y recreativas de los pliegos sueltos, hay que colocar en un sitio preponderante la función informativa. Es habitual que se les identifique como los primeros impresos periodísticos del mundo moderno. Lo fueron sin duda. Sin embargo, para cubrir las necesidades informativas que la modernidad en su vertiginosa consolidación iba demandando, llegó un momento donde sus insuficiencias como órganos noticiosos comenzaron a resultar inocultables. Dichas insuficiencias tenían que ver antes que nada con la propia raíz etimológica de la palabra periodismo: la periodicidad. La llamada prensa de cordel fue capaz de poner novedades al alcance del público en general, a través de un soporte escrito portátil popularmente accesible; privilegio exclusivo hasta ahí para las élites políticas, religiosas, económicas y militares. Sin embargo, su propia naturaleza la inhabilitaba para plazos de aparición estables. Los primeros periódicos exhiben ya desde ahí una distancia insalvable respecto de ella. Se trata en este caso de materiales concebidos ya para aparecer con una regularidad fija, que habrá de condicionar de antemano tanto la elección de sus contenidos como su diseño, tanto su esquema de redacción como su manutención comercial. Por supuesto, los límites entre ambos géneros ni se establecieron de golpe ni fueron nunca tajantemente insalvables; sus numerosos cruces transfronterizos resultan patentes incluso en los recursos informativos de la actualidad virtual y digital. Además de su condición periódica, las publicaciones informativas que entre finales del siglo XVII y principios del XVIII comenzaron a aparecer en las principales capitales europeas, trajeron aparejado desde su nacimiento otro rasgo distintivo: el de su presunta autoridad respecto de toda la precedente genealogía de pliegos sueltos. Dicha condición, directamente vinculada a las reglas de juego del emergente espíritu de la Ilustración, derivaba también de puntuales implicaciones políticas. Sometidas de manera férrea a la vigilancia, el control, la censura y los intereses de la autoridad eclesiástica y civil, no hubo hoja volante ni prensa de cordel que llegara a instituirse órgano directo de la oficialidad; esa tarea había quedado hasta ahí depositada en avisos, bandos, proclamas y edictos públicos. Surgidos como privada iniciativa de inversores particulares, los nuevos impresos periodísticos acabaron sin excepción volviéndose portavoces directos de las diversas monarquías, sinceraran o no dicho estatus oficial a través de su correspondiente membrete. Se les llamó gacetas. Y esa presunta autoridad de la que hablamos, derivada de su cercanía con las supremas instancias de poder, no quedó limitada al plano informativo, sino que fue abarcando también al resto de los contenidos que gradualmente se incorporaron a ellas, fueran estos religiosos, filosóficos, científicos o literarios. Las primeras gacetas aparecen en Italia durante el siglo XVI, y definen el perfil informativo y periódico que las caracterizaría en Europa central a comienzos del XVII; pero su verdadero auge arranca en Francia bajo el reinado de Luis XIII. Durante varias décadas la Gaceta de Francia, cuya primera entrega corresponde a 1631, hará coexistir en sus páginas la retórica grandilocuente propia de las relaciones de sucesos, con el tono impersonal y escueto de un mero catálogo de informaciones. Para cuando en la década de 1660 comience a dar sus pasos iniciales lo que al cabo se convertiría en la Gaceta de Madrid, ya su orientación se ha decantado definitivamente en este último sentido; no eliminando en definitiva la relación de sucesos, pero sí volviéndola una excepción genérica específica, en la cual podemos distinguir el antecedente directo de la crónica periodística actual. La Gaceta de Madrid será el modelo referencial para la Gaceta de México, llegando en algún período incluso a reemplazarla. Adquiere su nombre definitivo en 1698, y perdura hasta nuestros días como Boletín Oficial del Estado. Aunque se trata sin duda del ejemplo más representativo de este fenómeno para España y sus colonias durante los siglos XVII y XVIII, antes de ella hubo otros ejemplos significativos, como aquellos que por influencia y proximidad con Francia aparecieron en Barcelona antes de mediar el siglo. De acuerdo con Carmen Espejo Cala, investigadora y catedrática de la Universidad de Sevilla, la década de 1680 representó para el periodismo europeo un período de auge y consolidación, del que esta vez España no quedaría al margen. No sólo Madrid y Barcelona verán multiplicada su oferta periodística, lo mismo con publicaciones independientes en franca competencia, que con publicaciones varias salidas del taller de un mismo impresor; proliferará también la prensa provincial, extendiéndose a prácticamente todos los puntos de la Península y dando a luz impresos castellanos incluso en Ámsterdam y Bruselas. Todos los indicios apuntan a que, comenzando el siglo XVII, la Gaceta de Madrid tendría que haber llegado con aceptable regularidad a la Nueva España, y hasta haber sido reimpresa en más de una oportunidad por alguno de los para entonces ya numerosos talleres tipográficos de la Ciudad de México. Pero hasta el día de hoy resulta difícil rastrear evidencias materiales y referencias directas en dicho sentido. Como quiera que sea, correspondería al Virreinato del Perú el mérito de dar a la luz el primer periódico americano, activo de 1700 a 1711, al calor de las disputas dinásticas por el trono español entre las casas de Austria y de Borbón. De periodicidad aproximadamente bimensual, pese a su constancia y longevidad no ostentaría un nombre fijo. En su correspondiente estudio y edición, los investigadores Paul Firbas y José Antonio Rodríguez Garrido han optado por denominarlo Diario de noticias sobresalientes en Lima. La investigación de Firbas y Rodríguez Garrido otorga merecido reconocimiento al impresor limeño José de Contreras y Alvarado como fundamental pionero del trabajo periodístico americano. Su labor editorial e informativa a lo largo de aquella década, siempre en diligente servicio de la causa borbónica, resulta notable y amplía la perspectiva sobre lospuntos de influencia y referencia que posibilitaron el proyecto de la Gaceta de México. Desde la penúltima década del siglo XVII hasta la primera del XVIII, Contreras obtuvo el privilegio monopólico de la imprenta en la Ciudad de Lima, llegando a ostentarse simultáneamente como impresor real, impresor del Santo Oficio, impresor del Tribunal de la Cruzada e impresor de la Universidad de San Marcos. Existe un grabado de su taller que no sólo constituye una de las escasísimas representaciones directas de una imprenta virreinal americana, sino donde él mismo aparece a cuadro, captado con sorprendente oportunidad documental en sus tareas editoriales por el pintor y grabador dominico Miguel Adame. Contreras era además poeta. Suyos son los versos que acompañaron la citada calcografía, como parte de un libro consagrado a las exequias del rey Carlos II, último Habsburgo en el trono de España. Versos que acaso valiera identificar como invocación propiciatoria para todo el devenir de la prensa escrita hispanoamericana: “¿Qué hará, señor, la imprenta en negros humos? / Mas ¿qué ha de hacer? Que giman hoy sus prensas / para imprimir llorando tanta historia”. Sergio J. Monreal, escritor galardonado con diversos premios nacionales e internacionales, ha publicado quince volúmenes individuales, en los géneros novela, poesía, cuento, dramaturgia y ensayo.