Alejandro Sosa, colaborador La Voz de Michoacán El cine mexicano, esa entidad que respira entre la precariedad y el genio, siempre ha tenido algo de claustrofóbico, algo de estar atrapado en un callejón sin salida donde solo un milagro (un premio en Cannes, una distribución milagrosa, un incentivo de último minuto) parece salvarlo de la asfixia. Hoy, mientras el gremio (ese concepto difuso que a veces parece más un club privado de apellidos reiterados que una industria colectiva) discute las nuevas reglas del juego fiscal, es imposible no volver la vista a 1995. Fue entonces cuando Jorge Fons, bajo la pluma de Vicente Leñero, trasladó el Cairo de Naguib Mahfuz al corazón de la Ciudad de México, para entregarnos El callejón de los milagros. Esa película no solo fue un hito; fue la radiografía de un país y el espejo de una mujer que, al igual que la industria que la vio nacer, tuvo que prostituir su entorno o huir de él para no morir en la intrascendencia. El espejo roto de Alma: Salma Hayek y el destino de una industria En el filme, Salma Hayek interpreta a Alma, una joven cuya belleza es a la vez su mayor activo y su condena. Alma habita un espacio de sueños fragmentados, donde la esperanza es la única moneda de cambio frente a una realidad económica asfixiante. Su arco narrativo es demoledor: la búsqueda de un amor que la saque de la vecindad, la termina arrojando a los brazos de un explotador que la lleva a un burdel de lujo. Hay una analogía casi cruel entre la vida de Alma y la trayectoria real de Salma Hayek. La actriz, al igual que su personaje, entendió temprano que el "callejón" mexicano de los años 90 (una industria con un marco normativo estancado desde 1992 y una dependencia absoluta de subsidios raquíticos) no le permitiría alcanzar la escala global. No deja de ser digno de una farsa buñueliana, que la elegida para anunciar un salvavidas financiero a la industria nacional sea precisamente la mujer que personifica la contraparte absoluta de la necesidad. Existe una ironía punzante en que Salma Hayek (cuya inmensa fortuna actual no es precisamente el residuo de sus regalías por Frida ni el fruto de una estatuilla de la Academia, sino el resultado de su entrada por la puerta grande a la aristocracia financiera global mediante su matrimonio) sea hoy el rostro de un incentivo fiscal para cineastas que aún cuentan los pesos para el catering. La reina del lujo mundial validando un plan de austeridad y apoyo para un gremio que sigue atrapado en el callejón, mientras ella observa la miseria desde un palco que el cine, por sí solo, jamás le habría podido pagar. Su presencia no es una validación del talento, sino el recordatorio de que, en el cine mexicano, para salir del callejón, a veces no hace falta un milagro, sino una excelente gestión de activos. El anuncio sobre un nuevo plan de apoyo que incluye un incentivo fiscal directo del 30% al Impuesto Sobre la Renta (ISR) para proyectos en territorio nacional, pretende ser ese "pasaporte" que Alma nunca obtuvo por mejor actriz. Sin embargo, la pregunta queda en el aire: ¿estamos construyendo una avenida de clase mundial o simplemente estamos decorando las paredes del callejón para que los mismos de siempre sigan cobrando la renta? La narrativa del callejón: Lo que nos dejó Fons El callejón de los milagros fue el nacimiento del llamado "Nuevo Cine Mexicano". Narrativamente, rompió la estructura lineal para ofrecernos una visión circular de la realidad. Vimos la represión del deseo en Don Rutilio, la avaricia, la fe ciega y, sobre todo, la erosión de la dignidad por falta de oportunidades. Económicamente, la película demostró que el cine de calidad podía ser un negocio, pero también dejó una lección amarga: sin una estructura de protección y fomento, el talento termina siendo una "maquila" de historias para ojos ajenos. El éxito de la película no fue un triunfo del sistema, sino un milagro individual. Lo que logró fue ponernos frente al espejo, pero lo que dejó fue una industria que, por décadas, prefirió el confort del subsidio antes que el riesgo de la competencia. El gremio, ese "club" que hoy cuestiona la transparencia de los nuevos incentivos, es el heredero de esa vecindad. ¿Quién es el gremio? ¿Son los técnicos que viven al día o son los productores que han hecho de la gestión del estímulo fiscal un arte más lucrativo que la propia cinematografía? El laberinto de la competitividad: ¿Podemos copiar el milagro ajeno? Para que este nuevo incentivo del 30% no sea una ilusión pasajera, debemos mirar hacia fuera, donde el cine se entiende como una decisión financiera antes que estética. Colombia, por ejemplo, ha pasado de ser un territorio en conflicto a ser el hub más dinámico de la región. Su secreto no es el talento (que México tiene de sobra), sino la agilidad. El Certificado de Inversión Audiovisual (CINA) colombiano es un crédito fiscal transferible. Esto significa que un productor extranjero, que no paga impuestos en Colombia, puede vender su beneficio a una empresa local que sí los paga, obteniendo liquidez inmediata. España ha hecho algo similar con las Agrupaciones de Interés Económico (AIE), permitiendo que inversores privados inyecten capital a cambio de ahorros fiscales, reduciendo la dependencia de las subvenciones directas. En Estados Unidos, estados como Georgia han eliminado los topes anuales de inversión, logrando que, por cada dólar invertido en incentivos, retornen ocho a la economía local en servicios de hotelería, transporte y construcción. El obstáculo directo en México es la burocracia y la falta de un mercado secundario de créditos fiscales. Si el incentivo del 30% al ISR se queda atrapado en las auditorías lentas del SAT, el beneficio se disolverá en costos financieros. Además, la exigencia del 70% de proveeduría mexicana es un arma de doble filo: es un blindaje contra la "maquilización", sí pero también puede inflar los costos de servicios si no se fomenta la creación de nuevas empresas, dejando fuera a los cineastas más jóvenes que no pueden competir con los precios de las grandes producciones. La propuesta de este análisis es que el cine mexicano debe transitar de la vecindad a la industria. La trayectoria de Salma Hayek es la prueba de que el talento mexicano puede competir en los niveles más altos cuando se le dota de capital. El "callejón" es el “viejo esquema” (nada viejo) donde cada cineasta lucha solo. La nueva ley debe aspirar a crear una "industrialización del milagro". El beneficio no debe ser solo económico, sino moral. El callejón de los milagros nos enseñó que cuando un pueblo no tiene control sobre su propio espacio, es vulnerable al engaño. Durante años, México ha cedido su imagen a la mirada externa. Fortalecer el incentivo fiscal y democratizar el acceso a él (quitándole el candado a ese "club privado" del gremio) es recuperar la soberanía narrativa. Es permitir que las historias de nuestras periferias dejen de ser "exóticas" para volverse centrales. El "milagro" no vendrá del cielo, ni de una firma en un diario oficial. Vendrá de la implementación técnica de una ventanilla única (como lo ha hecho la CFM de Morelia), de la aplicación de créditos y de la formación de un padrón de proveedores que esté a la altura del mundo. Si logramos que la burocracia no asfixie al arte, México dejará de ser el escenario de las historias de otros para convertirse en el narrador de su propio destino global. Como Alma, la industria tiene hoy la oportunidad de cruzar el umbral. Esperemos que esta vez, el final no sea el de un burdel de lujo, sino el de una soberanía cultural robusta y digna para los realizadores locales. Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C. IG. Espaciosolaris FB. Espacio Solaris