Erandi Avalos, colaboradora La Voz de Michoacán “Soñé a México y me encuentro en México: el paso de ese primer estado al segundo se operó en esas condiciones, sin el menor choque” André Breton En el marco de esta serie de publicaciones sobre la relación México-París, toca ahora darle la vuelta a la tortilla (se extrañan las tortillas cuando uno anda lejos). Porque si durante el porfiriato y un poco más allá, la cultura francesa fue el modelo a seguir, después de la revolución y especialmente durante la etapa dorada del cardenismo, México comenzó a brillar culturalmente a tal punto que su destello llegó hasta otros rincones del mundo. En el caso de Europa, se atravesaba entonces un momento sombrío. El ascenso del fascismo y la tensión previa a la Segunda Guerra Mundial parecían asfixiar la libertad intelectual. En ese contexto, en 1938, un visitante francés llegó a México con la mirada inquieta de quien busca confirmar una intuición. No era un turista cualquiera. Era el poeta y pensador André Breton, fundador del surrealismo y una de las figuras más influyentes de la vanguardia europea del siglo XX. Acompañado de su esposa, la artista Jaqueline Lamda, venía de París, la ciudad donde el movimiento había nacido entre cafés, manifiestos y discusiones sobre el poder liberador del inconsciente. Su viaje no era fortuito. Lo había buscado años antes y había encontrado la forma de concretarlo cuando el Ministerio de Relaciones Exteriores francés le patrocinó una estancia de cuatro meses en México para que dictara conferencias sobre arte y literatura francesas. Pero él aprovecharía para mucho más que eso (hay diferencias entre un verdadero artista y un privilegiado del sistema que pasea con dinero público sin ningún mérito). Sin embargo, al arribar al puerto de Veracruz, Breton y su esposa Jacqueline encontraron que la embajada francesa había prestado poca atención a su llegada. No había alojamiento ni viáticos, y consideraron regresar al barco de inmediato. Diego Rivera intervino: los trasladó a la Ciudad de México y los alojó en una de las casas que el arquitecto O’Gorman había construido para él y Frida Kahlo. El artista francés dio algunas conferencias, incluida una en la UNAM titulada Las transformaciones modernas en el arte y el surrealismo, pero la burocracia y los acontecimientos políticos impidieron que su itinerario oficial continuara, así que se dedicó a dejarse consentir como solo los mexicanos sabemos hacer con los extranjeros. Sus anfitriones, Diego y Frida, y otro de sus “invitados”, León Trotski, lo llevaron a conocer Toluca, Cuernavaca y localidades de Michoacán. Testimonios y crónicas señalan que alrededor del 10 de julio de 1938 las familias de Breton y Trotski realizaron un paseo a Pátzcuaro, donde compartieron comidas locales (se me hace agua la boca, ya quiero corundas, atole, quesadillas de flor de calabaza). En una entrevista concedida por Breton, en la Ciudad de México, al escritor, periodista y cronista Rafael Heliodoro Valle —otra mente brillante que había llegado de Honduras para hacer de México su segundo hogar— menciona Breton: “he querido precisar las razones profundas que me unían desde lejos a este pais, más que a ningun otro, y que ya sobre el lugar no han hecho más que reforzarse: las lecturas de infancia que le prestan una reverberacion única, la poesía con Rimbaud, la pintura con el aduanero Rousseau, convidan a venir a México, y luego su pasado mitico todavia activo, el maravilloso crisol social que constituye la actitud ejemplar que ha tomado en estos ultimos años en su politica interior y en la exterior, y, aunque esto sea mas confidencial, al sentido único con que, en su expresión, da muestra de un valor sensible que me es caro: el ‘humour negro’”. La frase “México es el país más surrealista” se ha repetido tantas veces que parece haber perdido su fuerza original. Sin embargo, para entender lo que Breton quiso decir hay que recordar qué era el surrealismo. El movimiento no pretendía simplemente producir imágenes extrañas o fantasiosas. Su objetivo era liberar la imaginación humana de las estructuras racionales que, según sus integrantes, habían empobrecido la experiencia moderna. Los surrealistas buscaban el encuentro entre el sueño y la realidad, entre la lógica y el misterio. Y en México, Breton sintió que ese encuentro ya existía. Lo que encontró lo sorprendió profundamente, como a tantos de sus paisanos que antes y después de él visitaron México. “México tiende a ser el lugar surrealista por excelencia. Encuentro el México surrealista en su relieve, en su flora, en el dinamismo que le confiere la mezcla de sus razas, asi como en sus aspiraciones más altas”, dijo también a Heliodoro Valle en su charla. El México de 1938 vivía un momento decisivo de su historia política y cultural. El presidente Lázaro Cárdenas (de pie, damas y caballeros) impulsaba profundas transformaciones derivadas de la Revolución Mexicana; una de las más importantes: la expropiación petrolera. Paralelamente, el país experimentaba una intensa efervescencia cultural. El muralismo —representado por artistas como Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros— convertía los muros públicos en narraciones visuales de la historia y de las luchas sociales de México. Era un periodo en el que arte, economía, política y vida cotidiana parecían entrelazarse de manera inseparable (por lo menos en una parte de la población, recordemos siempre que no hay un México, hay muchos). Mientras tanto, en París y en gran parte de Europa el ambiente era muy distinto. A pregunta expresa de Heliodoro Valle sobre la situación en ese momento: “¡El Diablo quisiera que esa guerra no fuera sino un mito! (…). Parece inevitable”. Aun así, París seguía siendo uno de los centros intelectuales y artísticos más influyentes del mundo, y las vanguardias todavía tenían, y seguirían teniendo, un gran peso cultural y estético. Pero el arte no volvería a centralizarse nunca más en un único continente. La relación con Rivera fue intensa tanto en lo artístico como en lo político. Ambos compartían la idea de que el arte debía defender su libertad frente a cualquier forma de control ideológico. Junto con el revolucionario ruso exiliado en México, León Trotsky, redactaron el Manifiesto por un arte revolucionario independiente, un documento que defendía la autonomía del arte frente a los dogmas políticos de la época (sin embargo, solo lo firmaron Breton y Rivera). Pero si Rivera representaba la monumentalidad del arte público mexicano, Kahlo representaba algo que fascinó profundamente a Breton: una pintura que parecía surgir directamente de la experiencia interior. Breton admiró su obra hasta el punto de considerarla cercana al surrealismo, como mencionó a Heliodoro Valle en la misma charla: “No hay actualmente pintura que, tanto en el tiempo como en el espacio, me parezca mejor situada que la de Frida de Rivera”. Frida, sin embargo, no compartía esa interpretación. Años después diría con ironía que nunca había pintado sueños, sino su propia realidad. Esa respuesta revela una diferencia importante entre la mirada europea y la experiencia mexicana. Para los surrealistas franceses, el arte debía abrir la puerta a lo irracional. Para muchos artistas mexicanos, en cambio, la realidad ya contenía dimensiones simbólicas, mágicas o míticas que no necesitaban ser inventadas. Quizá por eso el viaje de Breton tuvo consecuencias inesperadas. En lugar de imponer una estética europea, el surrealismo terminó encontrando en México un territorio fértil donde sus intuiciones podían dialogar con tradiciones culturales muy antiguas. En las décadas siguientes, varios artistas vinculados al surrealismo terminarían estableciéndose en México. Entre ellos destacan las pintoras Leonora Carrington y Remedios Varo, quienes desarrollaron en el país algunas de las obras más singulares del movimiento. El encuentro entre México y el surrealismo no fue una mera influencia artística. Fue más bien un reconocimiento mutuo. Los europeos descubrieron en México una cultura en la que lo simbólico y lo cotidiano conviven de forma natural. México, por su parte, encontró en el surrealismo un lenguaje que le permitía explorar nuevas formas de imaginación. México no fue simplemente una inspiración exótica para Breton. Fue un espejo en el que el surrealismo creyó ver confirmada su intuición más profunda: que la realidad puede ser más misteriosa y más extraordinaria que cualquier sueño inventado por el arte. Tal vez por eso, la mirada de Breton sobre nuestro país sigue viva. No porque México sea literalmente surrealista, sino porque su complejidad cultural desafía las categorías con las que a veces intentamos explicar el mundo. La visita de Breton no solo reforzó el surrealismo en México, sino que también reveló la capacidad del país para generar arte que dialogaba con la modernidad, sin renunciar a su identidad, su historia ni su imaginación. Breton regresó a París con las maletas llenas de máscaras, cerámica, exvotos y objetos de arte popular que aún figuran en su colección. Y no dudo que entre sus cosas, se haya traído también una jericaya, unos charalitos, tlacoyos, un poco de mezcal y la certeza de que “como México, no hay dos”. Erandi Avalos, historiadora del arte y curadora independiente con un enfoque glocal e inclusivo. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte Sección México y curadora de la iniciativa holandesa-mexicana “La Pureza del Arte”. erandiavalos.curadora@gmail.com