Corea-Japón 2002 fue el primer Mundial que rompió con la tradición de sede única. Después de 16 ediciones ininterrumpidas donde el torneo le pertenecía a un solo país, la FIFA, en su intento por llegar al mercado asiático, abrió la puerta a dos naciones para celebrar juntas una Copa del Mundo. El debate sobre estas sedes compartidas sigue abierto: ¿se pierde esencia o se gana representatividad? En 2002, los partidos se dividieron de forma proporcional. Los grupos A, B, C y D se jugaron en Corea del Sur; los cuatro restantes, en Japón. La inauguración, que enfrentó a Senegal y Francia, se disputó el 31 de mayo en el Estadio Mundialista de Seúl, y la final se jugó el 30 de junio en el Estadio Internacional de Yokohama. En términos prácticos, fue un reparto muy equitativo: 32 partidos por país, con la inauguración y la final repartidas entre ambos. El Mundial de México, Estados Unidos y Canadá tendrá una división completamente distinta. Tras la ampliación de 32 a 48 equipos, el torneo pasó de 64 a 104 partidos, y la mayor parte recaerá sobre Estados Unidos: 78 encuentros, incluida la final. México y Canadá, con 13 partidos cada uno y sin un solo juego a partir de cuartos de final, serán anfitriones en un sentido muy acotado. Da la impresión de que el Mundial es de Estados Unidos, y México y Canadá son acompañantes. Quienes defienden el modelo argumentan que es un experimento de multilateralismo en tiempos de profunda división, y que distribuir el torneo entre más países democratiza el acceso a la fiesta. A eso se suma lo lucrativo del certamen: más partidos, más sedes, más ingresos. Este será el Mundial más caro de la historia. Sin embargo, también puede ser un experimento fallido. Es un certamen que se siente ajeno, y la razón no es menor: salvo la inauguración en el Estadio Banorte, los partidos que importan se jugarán en el vecino del norte. Podrán llamarme nostálgico, pero no creo que mantener una sede única sea imponerle algo a alguien. El Mundial de sede única tiene una dimensión cultural difícil de replicar: durante un mes, el principal tema de conversación es un país que antes quizás era difícil de ubicar en el mapa. Sudáfrica 2010 es quizás el ejemplo más claro: un país que nunca había sido el centro del mundo deportivo y que durante 31 días lo fue completamente, con su música, sus estadios, sus vuvuzelas y su historia. Esa identidad puede perderse, y ese Mundial hospitalario de una sola sede puede quedar sustituido por una competencia entre países por ver quién es el mejor anfitrión. A su vez, es impráctico para el aficionado: no es lo mismo viajar a un país pequeño y bien conectado que desplazarse por una región enorme con filtros al viajero. Y en el fondo, el modelo revela algo más amplio: hace mucho que la FIFA dejó de responder a valores que supuestamente estaban alineados con el deporte —la generosidad, el compañerismo— para atender las demandas del mercado. Si el experimento resulta positivo, será la antesala de un Mundial con cada vez más anfitriones. Ya se ha anunciado que el de 2030 se jugará en tres continentes y seis países: España, Portugal y Marruecos, además de Argentina, Paraguay y Uruguay. Me temo que llegue el día en que se busque hacer un Mundial en todo el mundo, y que la fiesta del fútbol, en su intento de ser global, termine siendo intrascendente. Emiliano Medina Emiliano Medina, aspirante a maestro en Ciencia Política por el CIDE, frustrado director técnico de fútbol. emilianomedina19@outlook.es