Historrelatos | Maximiliano I de… ¿De qué?

Maximiliano, emperador de un imperio que nunca existió, fue fusilado el 19 de junio de 1867 en el cerro de las Campanas en Querétaro

Saúl López Bautista

A lo largo de la historia nacional, muchos de los personajes han sido glorificados y satanizados hasta límites inimaginables, pero hay uno en especial, que más que gozar de gloria nacional, ha sido romantizado hasta el punto de aceptar una flagrante violación a la soberanía nacional: Maximiliano de Habsburgo.

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El archiduque austriaco, conocido en algunos sectores como Maximiliano I de México, nació en Viena en julio de 1832, fue el segundo hijo de Francisco Carlos de Austria y Sofía de Baviera y, por azares del destino, a Maximiliano le tocó ser el segundo en la línea de sucesión al trono austriaco, siendo su hermano mayor, Francisco I de Austria, el heredero de la corona.

A pesar de ser el segundón, el archiduque recibió una educación privilegiada, digna de un miembro de la nobleza europea. A lo largo del tiempo el niño se hizo hombre y comenzó a tener responsabilidades propias de su título nobiliario, así que un buen día se enlistó en la marina y formó parte de varias expediciones científicas; posteriormente lo hicieron gobernador de Lombardía, con el fin de acabar con las insurrecciones separatistas en contra de los Habsburgo.

Aunque en el breve periodo en que gobernó la región que conocemos como el norte de Italia, mostró una posición liberal, se sabe que los insurrectos fueron sometidos por la fuerza. Y una vez que, terminó su encomienda, regresó al lujoso castillo en Miramar, el cual tiene una vista envidiable del mar Adriático; lugar en donde pasaba los días fantaseando con gobernar de nuevo a lado de su amada esposa Carlota, con quien contrajo nupcias en 1857.

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En ese mismo año, en México, se promulgaba la constitución que daría motivos para que se organizara un golpe de Estado que derivaría en la Guerra de Reforma, donde se batieron en los campos de batalla liberales y conservadores. Los primeros, no sin dificultades, salieron triunfantes de dicho conflicto y después de las elecciones de 1861, Benito Juárez asumió la presidencia de manera constitucional, ya que durante la guerra civil, había ostentado el cargo de Presidente Interino, sustituyendo en la primera magistratura al presidente Comonfort, quien se adhirió al golpe de Estado conservador.

Mientras las tropas conservadoras eran derrotadas en México, sus representantes, buscaban en Europa ayuda para poder enfrentar a los liberales y ver materializado uno de sus más grandes sueños, que nuestro país se convirtiera en una monarquía. Este grupo de conservadores acudió con Napoleón III, emperador francés, quien tenía la idea de intervenir militarmente en América e instaurar monarquías que fueran protectorados de Francia.

Mientras Napoleón enviaba tropas a México con el fin de preparar el terreno para imponer un monarca, buscaba convencer a Maximiliano de aceptar la corona y el trono de México; ideas que compartían también los conservadores mexicanos. Al aceptar Maximiliano, tuvo que renunciar a sus derechos de sucesión al trono de Austria, así como a su título de archiduque y aventurarse hacia México, descrubiendo muy pronto que, esta aventura no sería un cuento de hadas.

Los “emperadores” llegaron a Veracruz en mayo de 1864, y desde el primer momento, se dieron cuenta que su imperio no existía en realidad; por el contrario, habían llegado a un país dividido, por un lado, algunos luchaban por defender la soberanía de la nación y defenderse del agresor europeo; por el otro, la gran aristocracia mexicana intentaba imponer una monarquía apoyados por las bayonetas francesas, que a pesar de que llevaban dos años en territorio mexicano, no habían podido tener bajo su control ni la mitad del país, ni tampoco capturar al presidente Juárez quien andaba a salto de mata organizando la resistencia republicana.

Maximiliano muy pronto se dio cuenta que aunque quisiera, no podría gobernar desde su visión conservadora pues, el proyecto que abanderaba era impuesto en primera instancia por Napoleón III, quien habría puesto dinero y tropas para sostener su “imperio”. Así también, el clero y la aristocracia mexicana tenían muchos intereses puestos en este proyecto, pues les interesaba recuperar sus bienes así como los privilegios perdidos por medio de las leyes de Reforma, decretadas por Juárez en 1859. Siendo de carácter afable y al parecer un “buen tipo”, no debemos olvidar que Maximiliano de Habsburgo es la imagen de la intervención europea en América, quien no llegó a un territorio desolado y sin gobierno,  sino a una república constituida desde 1824, con muchos defectos pero que, merecía ser respetada.

Fueron miles los mexicanos que murieron por causa del sueño de algunos, quienes querían ver a la nación constituida en una monarquía. Estos compatriotas perdieron la vida defendiendo a la República. Al final, Maximiliano también murió persiguiendo una corona que nunca existió, por un trono hecho de aire y fincado sobre el ejército extranjero que invadió el país.

Maximiliano, emperador de un imperio que nunca existió, fue fusilado el 19 de junio de 1867 en el cerro de las Campanas en Querétaro, junto con Miguel Miramón y Tomás Mejía, los representantes de un proyecto francés inconcluso, que marcó el fin del segundo imperio mexicano. Por eso cuando escucho o leo “Maximiliano I de México” me pregunto ¿Maximiliano I de qué…?

Saúl López Bautista, licenciado en Historia por la UMSNH, coordinador en la organización del coloquio Pueblos Originarios: Raíces de América. Actualmente cursa la maestría en Historia en la Facultad de Historia, de la UMSNH.

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