Víctor E. Rodríguez Méndez / Colaborador de La Voz de Michoacán José Mendoza Lara tenía 20 años cuando pisó Morelia por primera vez, lejos de casa. Fue el 21 de septiembre de 1969. Venía de Ciudad Camargo (Chihuahua), su lugar de nacimiento, con la intención de estudiar en la Escuela Popular de Bellas Artes de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH). Un primo suyo le había dicho que en Morelia descubriría que aquello era “otro planeta”. La ciudad lo recibió un domingo de noche y bajo la lluvia. Acostumbrado al clima y al paisaje de Chihuahua, el popular Pepe Mendoza recuerda aquella primera impresión como “una cuestión absolutamente estética, musical y espiritual”. Después caminó por el Centro, cruzó la avenida Madero y llegó hasta el templo de Las Monjas. La intensidad de aquella experiencia lo desbordó: “No soporté la intensidad de la ciudad”, asegura en entrevista, sentado cómodamente en su casa-taller de Morelia. Desde entonces, la capital michoacana se convirtió en el escenario de una vida. Aquí encontró la música, la poesía, la lucha social, la enseñanza y el oficio editorial; aquí encontró a Laura Solís —su pareja—, construyó familia y amistades fructíferas, libros y buena parte de su memoria. Aquí se ha desarrollado como poeta, ensayista, tipógrafo, editor artesanal y profesor universitario, y hoy día —jubilado— es una de las figuras más respetadas y reconocidas de la cultura michoacana. Más de cinco décadas después, al recordar a aquel joven de 20 años, José Mendoza lo resume así: “Nací otra vez a la edad de 20 años en Morelia”. Foto: Samuel Herrera JR Nos dice que desde entonces ha habido muchas Morelias en su vida: la ciudad histórica, la universitaria, la de los movimientos estudiantiles, la de los talleres literarios, la de las luchas sociales, la de los barrios, los impresores, los libreros, los poetas y las revistas; también la ciudad de las intrigas, las contradicciones y las transformaciones urbanas. Pero todas parecen desembocar en una misma certeza: Morelia terminó por convertirse en el territorio donde su existencia adquirió sentido, según dice, como “un vértigo de vivencias, emociones, destellos e iluminaciones”. Afirma: “Mi explicación ontológica, epistemológica, espiritual y biológica está aquí”. No oculta la emoción que le produce mencionar que su geografía personal se concentra en unas cuantas calles: Allende, Corregidora, Javier Mina, Granaditas, el barrio de Santo Niño y San Agustín. En esa zona ocurrieron algunos de los acontecimientos que considera fundamentales en su historia. Allí llegó en 1969, allí comenzó a caminar la ciudad, allí conoció a personas que marcarían su trayectoria y allí, años después, terminaría involucrándose con la imprenta y la edición con amistades entrañables para él. Pero la fascinación inicial no tardó en convertirse en conciencia histórica y social. La Morelia que Mendoza descubrió estaba marcada por la memoria de los movimientos estudiantiles de los años cincuenta y sesenta y por el impacto del 1968. La Universidad Michoacana era para él un espacio de discusión y conflicto, pero también un lugar donde podía encontrarse una tradición intelectual ligada a Miguel Hidalgo, José María Morelos y Vasco de Quiroga. Había llegado buscando música. En Bellas Artes encontró al maestro Alfonso Vega Núñez, organista y profesor de apreciación musical, y conoció una escena que incluía a intérpretes como María Martínez, conocida popularmente como Mariquita. Pero la ciudad terminó llevándolo hacia otros territorios: la poesía, la historia, la docencia, el periodismo cultural, la tipografía y la edición. Foto: Samuel Herrera JR Su formación, además, venía de mucho antes. En Ciudad Camargo había crecido en una casa donde periódicos, revistas, diccionarios y enciclopedias formaban parte de la vida cotidiana junto a sus hermanas y hermanos. Su padre, aunque no tuvo estudios universitarios, era un lector atento y mantenía una relación intensa con la información. “Era un tipo muy requerido de estar informado, un lector absoluto que hacía que en mi casa llegaran dos o tres periódicos diarios, y todas las revistas habidas y por haber”. La radio de onda corta de su papá le abría ventanas a la familia hacia otros lugares del mundo; los libros de Shakespeare, García Lorca, Stendhal y Dostoievski llegaron a sus manos gracias a sus hermanos. Pepe rememora que la lectura apareció no como una obligación escolar, sino como una forma de habitar el mundo. Durante los veranos se iba con dos de sus amigos a una biblioteca de Camargo y leían la Divina Comedia o Fausto mientras se tendían en el suelo bajo el sol. Eran muchachos, pero ya estaba allí el impulso que después recorrería toda su vida: leer, escribir, hacer libros. Recuerda entre risas: “Era una cosa increíble que unos mocosos estuvieran leyendo, muertos de risa por todas las ocurrencias en el calorón del infierno”. En Morelia ese impulso encontró una comunidad. Fue en 1970 cuando comenzó a participar en los primeros talleres literarios y, junto con Gaspar Aguilera y Fernando Ramírez, impulsó el taller de poesía de la UMSNH. Después se incorporaron otros escritores, entre ellos Gustavo Chávez. Para Pepe, aquellos talleres fueron mucho más que espacios de formación literaria: fueron puntos de encuentro desde los cuales Morelia comenzó a relacionarse con una comunidad cultural mucho más amplia en la que salen a relucir nombres como Porfirio Martínez Peñaloza, José Luis Magaña, Alejandro Delgado, Virgilio Calzada, Marco Antonio López y las familias Próspero, Espitia y Molina, entre muchos otros del ámbito local. La figura de Ramón Martínez Ocaranza fue fundamental en ese proceso. También lo fueron las visitas, los encuentros y las discusiones con escritores y escritoras de distintas generaciones. El taller consiguió establecer vínculos con el ambiente literario nacional y traer a Morelia a autores y autoras que entonces representaban algunas de las voces más importantes de la literatura mexicana. José Emilio Pacheco, Fernando Benítez, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis y Octavio Paz aparecen en sus recuerdos como parte de aquella época. También Juan Bañuelos, Jaime Sabines, Marco Antonio Campos y David Huerta. Los espacios eran el Museo Michoacano, Bellas Artes, el Colegio de San Nicolás, las galerías y las aulas universitarias. “Nos convertimos en el principal grupo de interrelación cultural con todo el ámbito editorial y literario de la época”, señala. En ese entramado comenzó también su relación con la imprenta. Una circunstancia laboral en la universidad nicolaita lo llevó a buscar trabajo con Urso Silva López, librero e impresor. Pepe Mendoza no sabía imprimir. “Sé leer y corregir, le dije. Aquí necesito otras manos, me dijo. Y me puso a barrer”. Empezó limpiando la imprenta, trabajo que terminaría siendo una de sus experiencias decisivas. En La Fragua aprendió los rudimentos del oficio, conoció las máquinas y se acercó al mundo material del libro: los tipos, el papel, la composición, la impresión y la encuadernación. “Fue un año muy intenso y de un aprendizaje enorme”, dice. Por eso evita presentarse como un editor convencional; prefiere definirse de otra manera: “Soy aprendiz de tipógrafo”. Y lo dice muy serio, con mucho orgullo. Y es que la frase resume buena parte de su relación con los libros. Antes de Jitanjáfora, antes de las revistas y de los proyectos editoriales, ya existía en él una fascinación infantil por manufacturar libros. A los 15 años hizo una versión artesanal de La vuelta al mundo en 80 días, con hojas de papel de cebolla, colores alternados, portada y encuadernación. Después comenzó a fabricar pequeños libros y bibliotecas en miniatura sobre los nombres de las personas que conocía y con las distancias que había recorrido en su vida. “Es algo genético, es el código ADN editorial. Ya lo traes”, explica. Ese impulso encontró una forma colectiva en las revistas. Primero llegaron Cuerani (del maestro Próspero) y Pireni (del taller de poesía de la UMSNH), después distintas publicaciones independientes y, finalmente, en 1994, Jitanjáfora, como revista. El proyecto editorial no nació como una empresa en el sentido convencional, sino como continuación de una larga tradición de talleres, revistas, impresión artesanal y circulación cultural. Y, luego, alrededor del año 2000, nació Jitanjáfora Morelia Editorial, que se fue construyendo con las manos, según señala. Mendoza aprendió a diagramar, trabajar las pruebas, cortar y pegar materiales, imprimir, coser y encuadernar. Asegura que la producción artesanal no fue solamente una elección estética o económica, sino también una forma de vinculación comunitaria, siguiendo su idea de la extensión universitaria y la vinculación con el medio. Durante algunos proyectos, los libros se cosían colectivamente. Participaban hijos, alumnos, jóvenes, familias y personas de comunidades cercanas. Algunos de quienes se involucraron apenas tenían estudios primarios y terminaron la secundaria, la preparatoria, una carrera universitaria o incluso un posgrado. La editorial produjo libros de poesía, literatura, historia, estudios regionales y proyectos de investigación. También participó en iniciativas internacionales y llegó a enviar libros a Europa. El trabajo editorial, sin embargo, nunca perdió su dimensión artesanal. “Cree Jitanjáfora con las uñas, y gracias a Urso y a Oscar Maisterra”, dice, además del apoyo de Laura Solís. Su idea de circulación también responde a esa lógica. Jitanjáfora funciona, explica, con una suerte de “stock cero”: los libros circulan de mano en mano, llegan directamente a los lectores y se vuelven a producir cuando existe demanda. Más que construir un mercado, Pepe habla de construir una comunidad. “Una especie de Club de la Serpiente, como en la novela Fahrenheit 451, de personas que estamos al pendiente de la obra editada y de salvaguardarla ante la amenaza del totalitarismo y la idiotización cósmica, que es terrible”. En el fondo de esa concepción editorial está una preocupación mayor: la lectura como una práctica social que debe comenzar desde la infancia. Mendoza insiste en que no basta con organizar ferias, campañas o programas de promoción si la educación no consigue formar lectores. Su convicción es tajante: lectura y escritura deben ir juntas. “Todo el mundo tenemos que ser autores, tenemos que ser lectores y autores, tenemos que ser los autores de nosotros mismos”. La frase anterior sintetiza una idea que atraviesa su trayectoria. Para él, editar no consiste solamente en producir objetos impresos; es intervenir en la educación, preservar una memoria, crear vínculos y abrir posibilidades para que una comunidad pueda reconocerse en sus propios escritores. De ahí surgió también uno de sus proyectos más importantes: el Diccionario de Autores Michoacanos. La intención era construir una cartografía de la literatura del estado y hacer visible una tradición que, desde su perspectiva, debía enseñarse desde las primeras etapas educativas. Después de más de medio siglo en Morelia, Mendoza observa la transformación de la ciudad con la distancia que proporciona el tiempo. “Mi percepción de la ciudad es como es la realidad, muy diferenciada, contradictoria y combinada”, dice. Llegó a una ciudad de alrededor de 180 mil habitantes y a una universidad que tenía unos 10 mil estudiantes. Ha visto la expansión urbana, la transformación tecnológica, la popularización de las formas culturales y el cambio en las maneras de producir y distribuir libros. También ha visto desaparecer personas, lugares y formas de hacer cultura. A sus 77 años, sin embargo, no habla de una retirada, pese a su jubilación. Habla de proyectos pendientes. La aparición reciente de Poemas membrillo. 1972-2022 representa algo más que una publicación; es una revisión de su propio recorrido. El título proviene de una fruta característica de Ciudad Camargo (“es tan fuerte que un membrillo puede matar a un burro”, dice entre risas) en el que recupera poemas escritos a lo largo de cincuenta años, junto con textos que, al releerlos ahora, le han sorprendido “por la vigencia de cosas que me espantaban hace 50 años más y que están peor ahora, ¡joder!”. Y es que Pepe Mendoza no se considera un poeta preocupado por construir una obra “pura” o trascendente. Escribe desde la circunstancia, desde el tiempo que le toca vivir y lo que le nace. La publicación le produce una mezcla de satisfacción y autocrítica. Es, señala, gratificante e incómoda al mismo tiempo “porque podemos hacer mucho más”. Pero también representa una integración más profunda con la Morelia que Pepe Mendoza ha escrito mientras la ciudad se transformaba. “Me siento más integrado a ella, me siento más real”, afirma. A los 77 años todavía piensa en volver a estudiar, terminar Historia, hacer una maestría y recuperar materiales que permanecen dispersos. Se ríe de sí mismo, de la edad, de la hipocresía y mojigatería moreliana, de la fatal circunstancia de saber que muchos amigos ya no están. Pero también insiste en que queda trabajo por hacer: escribir lo que todavía pueda rescatarse, publicar, ordenar, dejar constancia. “Todo para que algún bisnieto o bisnieta diga: Híjole, qué cosas escribía y hacía el pinche abuelo, puras cachonderías…”. Víctor Rodríguez, comunicólogo, diseñador gráfico y periodista cultural.