Sergio J. Monreal, colaborador La Voz de Michoacán La aparición de la imprenta moderna trajo consigo una genealogía de soportes a la postre casi tan importantes para la producción literaria como los libros. Privada de ellos, nuestra noción de Literatura sería sin duda muy distinta. Dentro de dicha genealogía cabe incluir desde las primeras hojas volantes hasta numerosos soportes virtuales consagrados a asuntos de Literatura, pero su principal parámetro referencial se halla todavía sin duda en las revistas y suplementos literarios. Correspondió al siglo XIX convertir este tipo de publicaciones en componente imprescindible para las llamadas bellas letras, y nuestro país no constituyó en ese sentido ninguna excepción. El México independiente, lo mismo durante las convulsas y dilatadas décadas de definición de un proyecto nacional, que bajo el engañoso sosiego de la paz porfiriana, verá desfilar una larga, abigarrada, desigual pero imprescindible galería de impresos con vocación exclusiva o mayoritariamente literaria. Dejemos constancia de esa profusión y esa huella a partir de sólo un puñado de títulos ilustres: El Iris, El Zurriago, El Recreo de las Familias, Panorama de las Señoritas, El Renacimiento, Azul, Revista Moderna. Si fuéramos a centrarnos en el plazo que va del Romanticismo al Modernismo, y quisiéramos limitarnos en exclusiva a impresos de carácter literario con voluntad periódica, dispondríamos de una materia prima no copiosa pero sí suficiente para concretar el empeño. Orientándonos antes bien hacia aquellos antecedentes que durante tres siglos de virreinato sentaron las bases necesarias para lo que vino después, las cosas se complican. El período novohispano exige dar grandes rodeos, ampliar los criterios selectivos, focalizar como tierra propia patrias por completo extranjeras si las miramos desde otra perspectiva, como el periodismo, la historiografía o la divulgación científica. Muchas cosas estaban entonces apenas nombrándose, conformándose, definiéndose. Sus fronteras no eran las nuestras. Ni en términos geográficos, ni en términos culturales, ni en términos mentales. Su educación sentimental puede resultarnos a estas alturas no tanto correspondiente a otra época como a otro planeta, otra dimensión, otra especie. Al internarnos en las diversas fuentes e información disponibles, el factor literario a menudo parece residir menos en el contenido de los textos y las publicaciones que en el perfil novelesco de varios de sus artífices, en las rocambolescas peripecias de este protagonista, en los librescos equívocos que rodean aquel episodio, en los tintes tragicómicos de tal consumada producción o tal malograda iniciativa. Para muestra, un botón. Desde el siglo XIX hasta nuestros días, el llamado Pliego suelto del terremoto de Guatemala ha venido siendo presentado por numerosísimas fuentes como la primera pieza periodística y la primera hoja volante aparecida en la Nueva España. Lírica, narrativa y dramáticamente hablando, ningún perfil más tentador que el suyo para confiarle el acta de nacimiento oficial de nuestras publicaciones literaria. Primero, se trataría de un pliego suelto impreso en 1541, es decir apenas a veinte años de la derrota del señorío mexica. Segundo, reproduciría de manera más o menos fiel el informe de primera mano transmitido a España por el conquistador Juan Rodríguez Cabrillo; informe que suele reconocerse como el primer texto periodístico escrito en el Nuevo Mundo. Tercero, habría salido del taller de Juan Pablos, primer mítico impresor en la historia de América. Cuarto: inmortalizaría una truculenta historia relacionada con la suerte final del conquistador Pedro de Alvarado, capitán responsable en ausencia de Cortés de la matanza perpetrada dentro del Templo Mayor de Tenochtitlan en mayo de 1520. ¿No parecen los datos así dispuestos estar perfilando ya por sí solos el material de una apasionante novela? Hernán Cortés sale de la capital mexica rumbo a Veracruz para enfrentar a los españoles enviados contra él por Diego Velázquez, gobernador de Cuba; entre ellos viene precisamente Juan Rodríguez Cabrillo, quien desobedeciendo las órdenes recibidas pasará al bando Cortés, y un año más tarde desempeñará decisivo papel como calafatero de los buques empleados durante la ofensiva final contra las fuerzas de Cuauhtémoc. Integrado al círculo de confianza de Pedro de Alvarado durante el ciclo conquistador en Centroamérica, Rodríguez Cabrillo quedará al frente de sus fuerzas cuando, a punto de iniciar la exploración del Pacífico Norte mexicano por cuenta del virrey Antonio de Mendoza, Alvarado muera en julio de 1541 (según testimonios, aplastado accidentalmente por un caballo); éste último fungía entonces como gobernador de Guatemala. Antes de partir rumbo al norte y convertirse en el descubridor de California, Rodríguez Cabrillo deja constancia escrita del desastre natural que azotó a la capital guatemalteca el día 10 de septiembre; desastre que, de acuerdo con la imaginería popular de la época, habría obedecido a la actitud blasfema de la gobernadora, doña Beatriz de la Cueva, quien al enterarse de la muerte de Pedro de Alvarado enloqueció de dolor, renegó de Dios y mandó pintar de negro las paredes de la casa que ocuparan durante su breve matrimonio. Unas pocas semanas más tarde, el impresor Juan Pablos habría puesto la noticia a disposición de los ávidos ojos lectores de la capital novohispana, como recién salida del horno y con una envidiable oportunidad periodística para la época. Estímulos de sobra sin duda para nuestra ensoñación literaria y hasta cinematográfica. Una novela de Salgari, Riva Palacio, incluso Poe, dependiendo de la predilección de cada quien. Tienta por demás cerrar los ojos y conjeturar a las gentes de aquella Ciudad de México aún en obra negra, leyendo por cuenta propia o escuchando por boca de algún comedido la primera hoja volante de nuestra historia. Pero lo cierto es que ninguna de esas hipotéticas escenas pudo tener lugar, dado que el presunto Pliego suelto del terremoto de Guatemala impreso por Juan Pablos nunca existió. No podía existir. Ninguna condición había para posibilitar que se imprimiera en lo que hace al amplio marco de la situación sociocultural de Nueva España y el imperio español hacia 1541; pero tampoco en lo que hace a las específicas circunstancias de las personas que habrían debido involucrarse en semejante proyecto. Y, sin embargo, las referencias que dan como un hecho su existencia son, desde el siglo XIX hasta la actualidad, abundantísimas; comenzando con el Diccionario Universal de Historia y Geografía publicado en nuestro país en 1854, y terminando con las vigentes entradas que ahora mismo puede consultar cualquiera ingresando a Wikipedia. Continúan difundiéndose con profusión las fotografías del impreso, cuyo colofón luce con todas sus letras la leyenda: “Imprimióse en la gran ciudad de México. Año de mil y quinientos y cuarenta y uno en casa de Juan Cromberger”. En su estudio La imprenta en México en el siglo XVI (2018), Guadalupe Rodríguez Domínguez, investigadora de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, se ha encargado de demostrar que la versión del Pliego suelto de Guatemala difundida como mexicana es reelaboración de dos hojas volantes impresas en España en fecha sin determinar; y que no pudo salir del taller a cargo de Juan Pablos, dado que ni la tipografía, ni las orlas, ni los grabados utilizados corresponden a aquellos de los que dispuso el impresor italiano afincado en México. Materiales estos últimos que, por su parte, se hallan plenamente identificados a partir de aquellas obras que Juan Pablos efectivamente imprimió. Tras la comprobación técnica, quedaba empero en pie la cuestión de la procedencia de aquel impreso espurio. A Rodríguez Domínguez le llamó la atención que durante cerca de tres siglos no hubiera habido referencia alguna sobre esa hoja volante. Y que tanto la primera noticia a propósito de ella, así como las ulteriores ratificaciones que procedieron a acreditarla, procedieran todas de un selecto y ceñido núcleo de bibliógrafos, encabezados por el célebre humanista decimonónico Joaquín García Icazbalceta. En su obra de ficción La novela de mi vida, del año 2002, el escritor Leonardo Padura polemiza a propósito de Espejo de paciencia, poema con que el escritor canario Silvestre de Balboa habría fundado la literatura cubana hacia 1620. Padura postula de manera abierta que tanto el poema como el escritor nunca existieron, y que fueron obra de un puñado de escritores del Romanticismo, decididos a otorgarle a la isla un antecedente ilustre del cual carecía, equiparable a la mexicana Crónica de Bernal, a la chilena Araucana de Ercilla y a los peruanos Comentarios Reales del Inca Garcilaso. De manera análoga, la Doctora Ramírez Domínguez plantea que el pliego suelto del terremoto de Guatemala, atribuido a Juan Pablos, fue creación de García Icazbalceta y su círculo de allegados. Quién sabe si como broma erudita, como venganza personal contra otros especialistas, o como jactancia de su capacidad para incorporarle a la realidad un fruto de la pura fantasía, de la pura ficción. Acaso nos hemos equivocado y nuestra historia no es una novela. Sino un cuento. De Jorge Luis Borges. Sergio J. Monreal, escritor galardonado con diversos premios nacionales e internacionales, ha publicado quince volúmenes individuales, en los géneros novela, poesía, cuento, dramaturgia y ensayo.