La lectura como semilla de paz: Crónica del Encuentro Estatal de Clubes, Salas de Lectura y Bibliotecas en Morelia

Las salas de lectura ampliaron el panorama con experiencias de Tacámbaro, Lázaro Cárdenas, Nuevo Parangaricutiro y Cherán

Fotos: Víctor Ramírez

Yazmin Espinoza, colaboradora La Voz de Michoacán

Desde que me llamaron a inicios de año para contarme que se iba a realizar un Encuentro Estatal de Clubes de Lectura, Salas de Lectura y Bibliotecas Públicas en Morelia, sentí algo muy parecido a cuando una abre un libro muy esperado. Esa mezcla de emoción y responsabilidad. Porque cuando una coordina un espacio como Tribu de letras, aprende que leer en comunidad no es solo un pasatiempo bonito, es una forma de estar en el mundo.

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La labor que hago cada mes, sentada en círculo con mujeres que se regalan un par de horas para hablar de historias, me ha dado recompensas personales inmensas. He visto cómo una novela puede abrir conversaciones que no sabíamos que necesitábamos tener. He visto amistades nacer entre páginas subrayadas. He visto silencios llenarse de sentido. Pero también he confirmado algo que me inquieta: el fomento a la lectura todavía necesita más reconocimiento. No como actividad decorativa, sino como semilla de transformación social.

Foto: Víctor Ramírez

Porque en cada reunión algo cambia. Tal vez no el mundo entero, pero sí la forma en que lo miramos. Y cuando muchas miradas cambian, aunque sea un poco, también cambia el tejido que nos sostiene.

El fin de semana pasado, promotoras y promotores de lectura de todo Michoacán nos reunimos en Morelia. Desde que entramos al espacio, supe que no era un evento más. En las paredes había enormes cartulinas que nos invitaban a escribir nuestro libro favorito, el que nos sorprendió, el más raro que habíamos leído o el que siempre recomendamos. Me conmovió ver cómo los muros se iban llenando de títulos, de letras distintas, de entusiasmos compartidos. Era como ver una biblioteca viva creciendo ante nuestros ojos.

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Las conferencias tocaron temas que nos atravesaban a todos. Hablamos de estrategias, de públicos difíciles, de presupuestos insuficientes, de cómo sostener el ánimo cuando la asistencia baja o cuando parece que la cultura no es prioridad. Y, sin embargo, el ambiente nunca fue derrotista. Al contrario. Había una energía muy particular, la de quienes creen profundamente en lo que hacen.

La cena del primer día fue uno de esos momentos que se quedan guardados. Sentada junto a mediadores de municipios que no siempre aparecen en los mapas culturales, escuché historias de clubes que se reúnen en casas prestadas, de bibliotecas que sobreviven gracias a la voluntad de una sola persona, de salas de lectura que han logrado convocar a niñas y niños en contextos complejos. Me emocionó ver cómo quienes no viven en la capital se sentían celebrados, reconocidos, respaldados. Si para una que vive en Morelia a veces es cuesta arriba, no quiero imaginar lo que implica sostener un proyecto lector en lugares donde la cultura suele ser vista como un lujo.

El segundo día estuvo marcado por las experiencias concretas. En el bloque dedicado a los clubes de lectura escuchamos testimonios que venían desde Morelia hasta Tlalpujahua. Coincidíamos en algo fundamental: los clubes se han convertido en espacios seguros. Lugares donde niñas, niños, jóvenes y personas adultas encuentran escucha y compañía. En tiempos donde el ruido es constante, ofrecer un espacio para leer y conversar se vuelve casi un acto de resistencia.

Después, las salas de lectura ampliaron el panorama con experiencias de Tacámbaro, Lázaro Cárdenas, Nuevo Parangaricutiro y Cherán. Cada contexto es distinto, cada comunidad tiene sus propias necesidades, pero la mediación lectora ha sabido adaptarse. Escuchar cómo se fortalecen identidades locales a través de los libros, cómo se acerca el acervo a territorios donde históricamente ha sido limitado, me recordó por qué creo tanto en esto.

Uno de los momentos más importantes fue el conversatorio sobre el fomento a la lectura como política pública. Escuchar a quienes trabajan desde áreas institucionales dialogar con quienes estamos en territorio fue necesario. Se habló de continuidad presupuestal, de ampliar acervos, de reconocer formalmente la labor de las y los mediadores. Porque detrás de cada círculo de lectura hay horas de preparación, gestión y cuidado que pocas veces se ven.

Hubo también actividades de integración donde intercambiamos metodologías y construimos redes entre regiones. Me gusta pensar que, más allá de los acuerdos escritos, lo más valioso que nos llevamos fue esa red invisible que ahora nos conecta. Saber que no estamos solas. Que en otro municipio alguien también está acomodando sillas en círculo, preparando preguntas, esperando a que lleguen sus lectoras.

Por la tarde se presentó la primera etapa de la Ruta de Lectura del Plan Michoacán 2025-2026 por la Paz y la Justicia. Escuchar objetivos concretos para fortalecer la presencia de libros en todo el estado fue esperanzador. Luego, divididos por regiones, trabajamos en mesas para construir rutas específicas, considerando las particularidades culturales y lingüísticas de cada zona. En la plenaria compartimos acuerdos y líneas de acción conjuntas. Fue emocionante ver cómo las ideas dejaban de ser individuales para convertirse en proyecto común.

La jornada cerró con música y danza. Y no fue un detalle menor. Porque la lectura no es un acto aislado ni solemne. Es parte de la cultura viva, del cuerpo, del encuentro. Ver a colegas bailar después de dos días intensos de trabajo me recordó que el gozo también es motor de cambio.

El domingo aterrizamos todo en mapas y agendas participativas. Visualizar la distribución territorial de clubes, salas y bibliotecas permitió identificar zonas prioritarias y pensar en el futuro con mayor claridad. Entre los acuerdos destacaron fortalecer la comunicación interregional, coordinar calendarios, impulsar la formación continua y crear mecanismos para evaluar el impacto de la Ruta de Lectura.

Regresé a casa cansada y profundamente agradecida. Mientras guardaba mis notas pensé en Tribu de letras, en nuestras reuniones mensuales, en las conversaciones que parecen pequeñas pero no lo son. Pensé en las mujeres que se sientan conmigo a hablar de libros mientras afuera el mundo sigue exigiendo cosas. Pensé en cómo cada encuentro es, en realidad, un acto político en el sentido más noble: construir comunidad.

A veces me preguntan para qué sirve leer en grupo. Yo no tengo estadísticas ni grandes discursos. Solo puedo hablar desde la experiencia. Sirve para sentirnos menos solas. Sirve para ampliar el horizonte. Sirve para imaginar otras posibilidades. Sirve para sembrar preguntas que quizá florezcan años después.

Este Encuentro no fue solo un evento en la agenda cultural. Fue la confirmación de que, en distintos rincones del estado, hay personas sosteniendo con amor y terquedad espacios donde las palabras importan. Y eso, en tiempos como los nuestros, es una forma de esperanza.

Yazmin Espinoza, es comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.

Instagram: @historiasparamama