La palabra “Gracias” es bondad y amor que trasciende a tus seres amados

“Uno piensa que tendrá tiempo de decir las cosas, y cuando se quiere dar cuenta ya es demasiado tarde. Uno piensa que basta con dar muestras de cariño, con hacer gestos, pero no es verdad, hay que decir lo que se siente”. Las gratitudes, Delphine de Vigan

Foto: Especial

Yazmin Espinoza / Colaboradora de La Voz de Michoacán

Ayer el mundo celebró uno de sus días más especiales, San Valentín. Esa fecha que está marcada en el calendario como la perfecta para decirle a tus seres amados lo importantes que son para ti. Flores, peluches y chocolates inundan las tiendas y luego los hogares. Quienes tienen la fortuna de contar con alguien especial a su lado viven la fecha de manera intensa, los que no, también, pero probablemente de una forma diferente. Lo único cierto es que el pensamiento que reina durante todo el 14 de febrero es el amor, y el agradecer al otro por el que nos regala. Pero, más allá de esta fecha, ¿cada cuándo le agradecemos a quienes nos acompañan en esta vida por su permanecer?

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En “Las gratitudes”, de Delphine de Vigan, encontré a inicios de año un precioso texto que tiene el agradecimiento como tema central. Pero no solo hacia aquellos que arriesgan su vida para salvar a otros, sino también a los que comparten con nosotros la vida cotidiana, esas pequeñas cosas que llenan de significado nuestras vidas.

Asimismo, el libro deja en el lector la lección de lo importante que es agradecer todas estas cosas en vida ya que, a veces puede ser demasiado tarde.

"Hoy ha muerto una anciana a la que yo quería. A menudo pensaba: Le debo tanto. O: Sin ella, probablemente ya no estaría aquí. Pensaba: Es tan importante para mí. Importar, deber. ¿Es así como se mide la gratitud? En realidad, ¿fui suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía? ¿Estuve a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante?", reflexiona Marie, una de las narradoras de este libro.

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El otro personaje de esta narración a dos voces es Jérôme, un logopeda que trabaja en un geriátrico ayudando a sus residentes a poner resistencia ante el abandono de las palabras de su mente, a que sus voces sigan resonando y transmitiendo su sentir.

“Soy logopeda. Trabajo con las palabras y con el silencio. Con lo que no se dice. Trabajo con la vergüenza, con los secretos, con los remordimientos. Trabajo con la ausencia, con los recuerdos que ya no están y con los que resurgen tras un nombre, una imagen, un perfume. Trabajo con el dolor de ayer y con el de hoy. Con las confidencias. Y con el miedo a morir. Forma parte de mi oficio”.

A ambos personajes, Marie y Jérôme, los une su relación con Michka Seld, una anciana cuyos últimos meses de vida nos relatan estas dos voces cruzadas. Marie es su vecina: cuando era niña y su madre se ausentaba, Michka cuidaba de ella. Jérôme es el logopeda que intenta que la anciana, recupere aunque sea parcialmente el habla, que va perdiendo por culpa de una afasia.

“¿Todavía os acaricia alguien? ¿Todavía os abraza alguien? ¿Cuánto hace que otra piel no entra en contacto con la vuestra? Cuando me imagino vieja, realmente vieja, cuando intento proyectarme dentro de cuarenta o cincuenta años, lo que me resulta más doloroso, más insoportable, es la idea de que ya nadie me toque. La desaparición progresiva o repentina del contacto físico”.

Así, el libro nos habla de la memoria, el pasado, las palabras, la bondad y la gratitud hacia aquellos que fueron importantes en nuestras vidas. Pero también nos habla de cómo se transita hacia la vejez, y qué se hace cuando se empiezan a perder las palabras, cuando se intenta decir algo que se piensa pero el lenguaje traiciona.

“Sin el lenguaje, ¿qué nos queda?”.

Y, aunque el personaje principal es una persona de la tercera edad, estoy segura de que todo aquel que lo lea, sin importar su edad o género, podrá conectarse con ella ya que nos pone de frente al sentimiento universal que queda tras la pérdida. El libro, puntualmente, habla de lo que sucede cuando una persona entra en el ocaso de su vida y se es consciente de que el final está cerca, por lo que debe aprender a desprenderse y a despedirse.

“Envejecer es aprender a perder. Asumir, todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un nuevo deterioro. Así es como yo lo veo”.

“Las gratitudes” fue mi primer acercamiento a la obra de Delphine de Vigan, una autora que llevaba rato entre mis pendientes y que ahora me arrepiento de no haber conocido antes. Obviamente ya tengo en mi lista de espera otros de sus libros que, si tengo suerte serán, al igual que este, un apapacho al corazón.


Yazmin Espinoza es comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.
Instagram: @historiasparamama