Le rêve cannois: 79 años de glamour y pocas palmas para el cine mexicano

Este sábado 23 de mayo se clausuró la 79ª edición del Festival de Cannes de este 2026

Imaginemos a un niño nacido en la periferia de una lejana ciudad de provincia, uno de esos lugares donde el asfalto llega tarde y los horizontes parecen cerrados con candado.

Un buen día, casi por accidente, ese niño entra a un cineclub de pueblo. En la penumbra, una luz parpadeante proyecta imágenes que no se parecen en nada a su realidad, y sin embargo, lo conmueven profundamente. En ese instante, la realidad se quiebra: su sueño empieza a convertirse en ser cineasta.

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A partir de ahí, el viaje es una travesía digna de una película de terror y drama, un laberinto de puertas cerradas, cámaras prestadas y guiones escritos en los márgenes de libretas escolares. Así transcurre su camino hasta que llega por fin al mundo del cine, representado por la ciudad capital, la institución, el gremio y la industria; todo lo que, desde la distancia, él creía que significaba ese universo. Pero una vez dentro, descubre el gran secreto del templo: el verdadero oasis no es sólo filmar.

El mito tiene un nombre propio, un fetiche geográfico que obsesiona pública o secretamente a todo cineasta. Conoce la existencia de Cannes, ese rincón de la Costa Azul francesa y su mítica Croisette, donde se gesta el famoso le rêve cannois o el sueño cannois: la fantasía de transmutar la invisibilidad por la inmortalidad autoral. Ahí, el anhelo cambia de rumbo. Ya no basta con capturar la realidad en audiovisual; la meta se transforma en la necesidad de ser validado, reconocido e impulsado en templos como el célebre Grand Théâtre Lumière o la Sala Debussy. Convertirse en el director que fue visto y aplaudido en esos recintos es el pasaporte que asegura la entrada definitiva al circuito internacional.

El año pasado, durante la 78ª edición del festival, vimos precisamente a una de estas revelaciones. Hablo de Sirāt (2025), la más reciente obra de Óliver Laxe. Para entender el impacto de esta película, hay que desenterrar los orígenes de su creador.

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Laxe no es el típico hijo de la aristocracia cultural parisina; nació en París de padres inmigrantes gallegos, criándose a caballo entre la diáspora y los paisajes olvidados de los montes de Navia de Suarna, en Galicia. Laxe, un creador que siempre ha filmado desde los márgenes espirituales y geográficos, llegó a la Competencia Oficial persiguiendo su obsesión más íntima: la búsqueda de lo sagrado y el dolor humano a través del viaje físico. Su deseo siempre fue capturar la fina línea que separa la locura de la fe.

Con Sirāt, Laxe propuso una pieza de resistencia formal, un cruce entre el drama y el cine místico coescrito junto a Santiago Fillol. En ella, un padre desgarrado, interpretado por Sergi López, y su hijo se internan en el desierto del sur de Marruecos para buscar a Mar, una joven desaparecida en medio de una fiesta electrónica interminable.

La película decide sumergirse de lleno en el universo del trance y el aislamiento existencial para convertirlos en una experiencia casi bíblica. Cuando la comitiva de furgonetas se adentra en un campo de minas cercano a Mauritania, el largometraje trasciende la anécdota y se transforma en un ensayo descarnado sobre los límites del cuerpo y el alma. El jurado cannois no pudo ignorar su audacia y le otorgó el Premio del Jurado.

Tras este reconocimiento, la vida de Laxe dio el vuelco definitivo. El realizador que antes levantaba sus proyectos de forma casi artesanal en los márgenes de Europa, hoy se encuentra cobijado por la atención internacional: Sirāt no solo conmovió a la crítica de la Croisette, sino que acumuló miles de espectadores en salas europeas y americanas. Laxe pasó de ser el secreto mejor guardado de los festivales a una voz fundamental del cine contemporáneo, demostrando que el sueño se hace realidad.

El caso de Sirāt y Óliver Laxe es el motor que alimenta la leyenda del propio festival, una pasarela que históricamente ha reescrito la biografía de creadores considerados desconocidos o marginales en sus propios contextos. El ejemplo más cercano a nuestra identidad es Los olvidados (1951), de Luis Buñuel, a pesar de ser severamente criticada por la burguesía mexicana, obtuvo en Cannes el Premio a la Mejor Dirección, rescatando al genio aragonés del olvido comercial y relanzando su carrera en el continente europeo.

Jane Campion sacudió las estructuras de la industria cuando El piano (1993) la convirtió en la primera mujer en ganar la Palma de Oro, transformando su estatus de cineasta independiente australiana en un referente global del cine de autor. De igual manera, Quentin Tarantino pasó de ser un cinéfilo militante de videoclub a un ícono cultural absoluto cuando la Sala Lumière estalló con Pulp Fiction (1994).

En años recientes, directores como el sueco Ruben Östlund vieron cambiar su destino radicalmente tras el triunfo de El cuadro (2017), saltando de la sátira de nicho al cine angloparlante de gran presupuesto, mientras que Bong Joon-ho consolidó el estatus de toda una cinematografía cuando Parásitos (2019) se alzó con la primera Palma de Oro un ánime para Corea del Sur, abriendo un camino que culminaría en la noche de los Premios de la Academia.

Incluso el visceral y poético cine de la británica Andrea Arnold cobró una dimensión internacional irreversible gracias al impacto de American Honey (2016), que se consolidó en las pantallas francesas como un retrato generacional indispensable.

Cannes 2026: entre el glamour y la ausencia

Este sábado 23 de mayo se clausuró la 79ª edición del Festival de Cannes de este 2026. Un año donde los grandes nombres del circuito internacional volvieron a disputarse las glorias del Palais: el rumano Cristian Mungiu hizo historia al alzarse con su segunda Palma de Oro gracias a su drama Fjord, bajo la mirada del jurado presidido por Park Chan-wook.

Para quienes analizamos el fenómeno cinematográfico desde México, la Selección Oficial generó debates intensos. Cannes divide su estructura en distintos escaparates: la prestigiosa Competencia Oficial, donde se disputa la Palma de Oro; Un Certain Regard, dedicada a narrativas más jóvenes y experimentales; las secciones paralelas como la Quincena de Cineastas y la Semana de la Crítica; además de las Funciones Especiales, que se presentan fuera de competencia.

En este 2026, la conversación mediática nacional estuvo completamente acaparada por la nueva película dirigida por Diego Luna, una excelente adaptación literaria que se presentó con bombos y platillos en una función especial. La alfombra roja se inundó de cámaras, elegancia y el glamur que tanto seduce a la prensa.

Sin embargo, la gran paradoja de la noche para nuestro país llegó con el premio a la Mejor Actriz, otorgado a la mexicana Marina de Tavira, la intérprete se alzó con el prestigioso galardón por su actuación en una producción enteramente extranjera, demostrando que el talento interpretativo nacional si es capaz de conquistar la cima del Palais.

Pero entre tanto brillo y vestidos de gala, casi pasa desapercibido que en la sección competitiva de largometrajes el casillero mexicano quedó completamente vacío. Ninguna producción nacional de formato largo logró colarse a la disputa por los grandes premios europeos, dejando en evidencia las grandes complejidades actuales de la industria mexicana.

Y cuando parecía que la participación mexicana se diluiría en la anécdota del glamour, el verdadero milagro del festival ocurrió lejos de los focos de los largometrajes, concentrado en la competencia oficial de cortometrajes. La pieza titulada Para los contrincantes, una coproducción internacional entre México, Chile, Francia y el Reino Unido, dirigida por el realizador argentino Federico Luis, logró lo impensable: alzarse de manera unánime con la Palma de Oro al Mejor Cortometraje.

Filmada con la textura de los 16mm, la película nos introduce en las entrañas de Tepito para retratar la cotidianidad de un niño que sueña con ser campeón nacional de boxeo. Lejos de la explotación de la miseria, el cortometraje utiliza el boxeo infantil, a través de un entorno de pequeños de entre 7 y 14 años descubierto por el director tras recorrer los gimnasios del barrio junto al escritor Mario Bellatin, para construir una metáfora dolorosa sobre el crecimiento y la resistencia. Como bien sintetizó la realizadora Carla Simón al entregar el premio: "Crecer también significa aprender a perder, pero seguir avanzando".

En resumen, este trabajo se convirtió en la encarnación viva del sueño de aquel niño de la periferia. Al ver las imágenes de la premiación, es inevitable pensar en la situación de muchos realizadores que, ilusionados, contemplan la luz del proyector y sueñan con romper su propio cerco.

Habrá que platicar con la productora mexicana Elena Fortes, quien estuvo ahí, sosteniendo el galardón junto a Federico Luis, para preguntarle si alguna vez, en sus inicios, ese fue también su sueño. Aunque ella no provenga de la periferia geográfica, conoce de cerca la historia de decenas de realizadores mexicanos que iniciaron su camino en las aulas o en los colectivos independientes, alimentando el anhelo de cruzar el Atlántico, caminar por la Croisette y, quizás después de ganar la Palma de Oro, tomar una copa de champaña en esa costa azul de aguas frías y arenas densas.

Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C.

IG. Espaciosolaris FB. Espacio Solaris

Alejandro Sosa