Sergio J. Monreal Los borradores de Amor de ciudad grande están fechados por José Martí en Nueva York, durante el año 1882. Se trata de un poema donde la experiencia amorosa, en tanto ejercicio de una libertad y una honestidad irredentas y a contracorriente, queda planteada como algo todavía por vivirse, como un camino todavía por recorrer. Amor de ciudad grande constituye menos el recuento de una experiencia que el testimonio de una inminencia: una elección acatada en simultáneo como sino fatal y como encomienda por acometer frente al horizonte futuro. Lo cual otorga a sus versos una franca intensidad adolescente. El poema admite contemplarse como la declaración de principios de un niño en trance de hacerse hombre. Y no resulta menor ni casual que semejante toma de protesta, semejante profesión de fe, sea pronunciada por un emblemático referente de la América hispánica durante la recta final del siglo XIX; es decir, perteneciente al último rincón de Iberoamérica por independizarse de la corona española, de cara ya a los albores de la vigésima centuria. “Me espanta la ciudad” confiesa el poeta, enfrentado a los crueles, equívocos pero a la vez irresistibles encantos de la urbe decimonónica, transparentada para entonces en todos sus novísimos claroscuros por Poe, Baudelaire y compañía; y ya distinguible también como obligado patrimonio global para cuantos pueblos, afanosos, se empecinaran en remitir a sus propios parámetros de referencia los ideales burgueses de libertad, igualdad y fraternidad, con todas las implicaciones que ello llevaba de por medio. El sujeto lírico de Amor de ciudad grande no llega a singularizarse en momento alguno, aun cuando durante significativo trecho del poema se apele a la primera persona, y nosotros podamos entender cuánto de personal confesionalismo lleva de por medio cada verso, aludiendo a la decisiva y dilatada experiencia neoyorquina de su artífice. El tono dominante corresponde a una impersonalidad que intercambia y confunde discreción y desmesura, como temprano anticipo de la “épica sordina” que luego servirá a Ramón López Velarde para rematar, al menos en el caso mexicano, la aventura modernista. Amor de ciudad grande no puntualiza entonces ningún anecdotario biográfico, no consigna ni geografías específicas ni nombres propios. La datación histórica del principio del poema juega incluso con cierta indeterminación primigenia, propia del Libro del Génesis: De gorja son y rapidez los tiempos: / corre cual luz la voz; en alta aguja / cual nave despeñada en sirte horrenda / húndese el rayo… No estamos más allá del tiempo, estamos en el tiempo histórico, Y el empleo del plural (“los tiempos”) permite puntualizar dicha condición. Pero esclarecido ya ese indispensable punto de partida, el vértigo de dicho tiempo singular y la vorágine en curso de la época permiten sugerir abiertos tintes de caos primordial. Es en medio de ellos, con la conmovedora fragilidad heroica tan habitual en el corpus martiano, con esa indómita dignidad resguardada siempre en lo más sencillo y más ligero, que hace su irrupción la presencia humana: Cual nave despeñada en sirte horrenda / húndese el rayo, y en ligera barca /el hombre, como alado, el aire hiende. Cuán enorme en su pequeñez, cuán diminuto en su grandeza, el ser humano dibujado así, como tripulante de una pequeña embarcación marítima, emergiendo superviviente y victorioso, tal si estuviera dotado de alas, ahí donde los navíos enormes y pesados sólo admiten despeñarse y hundirse. Luego viene el ardoroso, atemorizado y adolescente deseo del poeta que escruta con vértigo el paisaje de la gran ciudad, susceptible de representarse como infinito horizonte de copas rebosantes o vacías: ¡Me espanta la ciudad! ¡Toda está llena / de copas por vaciar o huecas copas! La metáfora de la copa, del vino por beber o ya bebido, resulta recurrente en el universo poético de José Martí, y central en el caso de esta pieza específica. El poeta quiere y debe beber. No se contempla aquí, ni siquiera como vana y transitoria hipótesis, ningún “aparta de mí este cáliz”. No obstante, el poeta quiere estar seguro de beber su vino y nada más que su vino. La idea de trasegar veneno equivaldrá en este caso a sumarse dócil a la turbulenta avidez de cuantos apuran una copa tras otra sin parar. El bebedor de amores como cazador consagrado a acumular presas que una vez cobradas nada significan, y que empujan a proseguir con ciego apetito en pos de la siguiente. Romeo antes de tropezarse con Julieta, convencido de que se halla a punto de desfallecer de pasión por una Rosalina a la que pocas horas más tarde habrá olvidado. Don Juan acumulando, en estéril catálogo, nombres de mujer y hazañas amatorias carentes de valor en sí mismos, cuya razón de ser reside íntegra en su propia acumulación ostentosa. Y además situándonos en Nueva York, ciudad que ya para entonces se anticipa capital universal de una existencia humana entendida como sinónimo de voraz consumismo, interesada compraventa y programada obsolescencia. Amor de ciudad grande no puntualiza entonces ningún anecdotario biográfico, no consigna ni geografías específicas ni nombres propios. Razones biográficas y contextuales nos informan sin margen para equívocos cuál es la ciudad inmediata y material que Martí contempla. No obstante, como ya quedó advertido, no llega jamás a consignarla con nombre propio, y el poder alusivo de semejante omisión se proyecta con democrática equivalencia a todas las capitales iberoamericanas; consagradas durante el último cuarto del siglo XIX, de lleno y sin camino de vuelta, al sueño cosmopolita. Se trata de una de las señas claves de nuestro Modernismo. El dominante amor de ciudad grande que Martí contempla en Nueva York, ante el cual busca establecer distancia, por cuya turbulencia teme verse arrastrado, es fatuo: frívolo, engolado, convencional. El poeta pretende oponerle la muy distinta y apenas intuida cifra de su propio amor: un amor gemelo del constante más allá de la muerte que clamara Francisco de Quevedo, capaz de pintar rojas las rosas al benigno calor de su propia hoguera: Y aquel mirar, de nuestro amor al fuego, / irse tiñendo de color las rosas. Martí contrapone “el amor” a “los amores”, sugiriendo que el deterioro y la perversión del estatus sagrado para la experiencia amorosa sobreviene al dejarnos arrastrar por el devorador vértigo de ir de un cuerpo a otro, de un rostro a otro, de un nombre a otro. Para él, el más claustrofóbico extravío consiste en hacer del amor una copa que se apura o se derrama con avidez indiferente. Así mira que tiende a amarse en los tiempos de gorja y rapidez que le ha corrido en suerte transitar. Los más propicios símiles para semejante malestar social e histórico le parecen por un lado el del cazador que va de una a otra presa, reuniendo trofeos que no interesan sino en razón de su propio cúmulo, y por otro el del catador que arroja al suelo una interminable sucesión de copas a medio beber. De cara a las vísperas del siglo XX, clama pues Martí con acentos de prólogo desde la novísima tierra americana, consagrada a reinventarse a través de sus harto problemáticos procesos de independencia y autodeterminación. La inminencia a la vez esperanzada y temerosa que canta por su boca es la de todo el continente. AMOR DE CIUDAD GRANDEJosé MartíDe gorja son y rapidez los tiempos.Corre cual luz la voz; en alta aguja,cual nave despeñada en sirte horrenda,húndese el rayo, y en ligera barcael hombre, como alado, el aire hiende.¡Así el amor, sin pompa ni misteriomuere, apenas nacido, de saciado!¡Jaula es la villa de palomas muertasy ávidos cazadores! Si los pechosse rompen de los hombres, y las carnesrotas por tierra ruedan, ¡no han de versedentro más que frutillas estrujadas!Se ama de pie, en las calles, entre el polvode los salones y las plazas; muerela flor el día en que nace. Aquella virgentrémula que antes a la muerte dabala mano pura que a ignorado mozo;el goce de temer; aquel salirsedel pecho el corazón; el inefableplacer de merecer; el grato sustode caminar de prisa en derechuradel hogar de la amada, y a sus puertascomo un niño feliz romper en llanto;y aquel mirar, de nuestro amor al fuego,irse tiñendo de color las rosas.¡Ea, que son patrañas! Pues ¿quién tienetiempo de ser hidalgo? ¡Bien que sienta,cual áureo vaso o lienzo suntuoso,dama gentil en casa de magnate!O si se tiene sed, se alarga el brazo¡y a la copa que pasa se la apura!Luego, la copa turbia al polvo rueda,¡Y el hábil catador —manchado el pechode una sangre invisible— sigue alegre,coronado de mirtos, su camino!¡No son los cuerpos ya sino desechos,y fosas, y jirones! Y las almasno son como en el árbol fruta ricaen cuya blanda piel la almíbar dulceen su sazón de madurez rebosa,¡sino fruta de plaza que a brutalesgolpes el rudo labrador madura!¡La edad es ésta de los labios secos!¡De las noches sin sueño! ¡De la vidaestrujada en agraz! ¿Qué es lo que faltaque la ventura falta? Como liebreazorada, el espíritu se esconde,trémulo huyendo al cazador que ríe,cual en soto selvoso, en nuestro pecho;y el deseo, de brazo de la fiebre,cual rico cazador recorre el soto.¡Me espanta la ciudad! ¡Toda está llenade copas por vaciar, o huecas copas!¡Tengo miedo ¡ay de mí! de que este vinotósigo sea, y en mis venas luegocual duende vengador los dientes clave!¡Tengo sed, mas de un vino que en la tierrano se sabe beber! ¡No he padecidobastante aún, para romper el muroque me aparta ¡oh dolor! de mi viñedo!¡Tomad vosotros, catadores ruinesde vinillos humanos, esos vasosdonde el jugo de lirio a grandes sorbossin compasión y sin temor se bebe!¡Tomad! ¡Yo soy honrado, y tengo miedo! Sergio J. Monreal, Escritor, galardonado con diversos premios nacionales e internacionales. Fue articulista cultural de base en La Voz de Michoacán durante quince años, a través de las columnas “Cable a tierra” y “El vuelo de Apolodoro”.