Mariana Campos, colaboradora La Voz de Michoacán La primera vez que tuve en mis manos un ejemplar de A flor de piel pensé en dos cosas: una, que el blurb de la contraportada no podía ser literal (supuse que era una de esas descripciones muy simbólicas para un texto igual de metafórico); la segunda, que nunca he sentido que la literatura sobre maternidades sea mi tema. Me alegra decir que esta primera novela de Nora Muñiz me demostró que estaba equivocada en ambas ideas. La descripción de la contraportada se cumple de una manera increíblemente literal en cada página. Madre e hija, unidas en un argumento body horror, por completo verosímil y sostenido durante toda la historia. La niña se rasca compulsivamente desde que nació, conforme crece, va encontrando nuevos sentidos a arrancarse la piel, todo esto frente a una madre que intenta ejecutar todo plan posible para crear un hogar y sostener una crianza sola. Un uso tremendo del léxico, imágenes brutales construidas con él (me estuve rascando muchísimas veces) y un ritmo narrativo que me obligó a leer sin parar durante dos días. Creo que cuando a una le gusta tanto la estética visual del horror, burla el efecto de la repulsión y encuentra en el extrañamiento una oportunidad para ver con otros ojos. Un elemento tan mórbido que irrumpe en el vínculo entre una niña pequeña y su madre (el espacio prototípico de la dulzura materna del imaginario patriarcal) me entregó otra mirada sobre mi madre. La madre de la historia, incapaz de tocar a su hija sin lastimarla, mientras la niña construye cada vez más su identidad a partir de la obsesión, me hizo pensar por primera vez en mi madre como una otra, como una persona por completo independiente de mí. Yo asumía que la literatura sobre maternidades se comunicaba mejor con las mujeres que maternan; pero, tal vez, cuestionar el cómo nos pensamos como hijas siempre ancladas al rol ideal de nuestras madres también puede ser uno de sus enfoques. Ahora pienso mucho en lo difícil que pudo ser —y sigue siendo— para mi madre criar a alguien tan (pero tan) diferente a ella, a alguien que siendo propia a la vez es tan radicalmente ajena. Mi madre vio crecer de su raíz un brote ajeno, una planta distinta que le demandaba cuidados desconocidos y a la vez le exigía espacio. Culturalmente, nos encanta la idea de que las mamás lo sepan todo, de que una como hija guarda una conexión especial con su madre, a la que siempre puede volver. Esta novela deja a la vista la vulnerabilidad de ambas de una manera tan aguda que al leer se comparte el peso de una aterradora desesperación: la de no tener idea de cómo cuidar a alguien a quien ni siquiera puedes descifrar, de que los intentos sean siempre insuficientes, las herramientas limitadas, de estirarse para cumplir un rol hasta romperse, arrancarse la piel y pegársela de nuevo para volver a empezar. Cada que estoy en desacuerdo con mi madre, incluso en cosas muy simples como la organización de la casa, recuerdo la escena final que comparten madre e hija en esta historia. En una tensión de ser dos tan diferentes dentro de un vínculo compartido, en apariencia indivisible, mi madre me corrige cuando uso su máquina de coser y yo le digo que no sabe qué estoy haciendo, cada una queriendo hacer las cosas a su modo pero juntas. Madre e hija no es un binomio inseparable ni un cuento rosa. En A flor de piel esta relación no se fractura por completo, solo se tiñe diferente: con el rojo intenso de la sangre. Es ahí donde yo pude ver a esa otra, que también es mi madre. Mariana Campos. Moreliana, nacida en 1997, pasante de Lengua y Literaturas Hispánicas, los libros, los talleres de escritura, las ideas en construcción, las perspectivas femeninas, la escucha de la anormalidad, la escritura sin aspiraciones, conforman sólo una parte y época de su vida.