Miércoles de Ceniza: María Félix en Pátzcuaro entre el odio, la fe y la Guerra Cristera

En Miércoles de ceniza María Félix regresa al horizonte michoacano para filmar otra película

Jaime Vázquez, colaborador La Voz de Michoacán

“¿Qué tiene el lago para que lo mires tanto?”, le pregunta Rosa (Andrea Palma) a la joven Victoria (María Félix), al verla absorta contemplar la tranquilidad, la contenida inmensidad del lago de Pátzcuaro. “Tres años más desde la última vez”, responde Victoria: el moño blanco en el pelo oscuro, el rebozo sobre los hombros, la felicidad en el rostro. Es un claro día michoacano, en 1913.

PUBLICIDAD

Frente a la iglesia, Victoria decide no entrar al templo para participar en la misa y el rosario, dejarlo para otra ocasión porque “rosarios hay todas las tardes”. Su deseo es correr hacia el lago, tomar la icharuta, la pequeña embarcación, lanzarse a la plenitud del agua y disfrutar el momento, el día soleado, mientras en la iglesia el sacerdote recibe de los fieles las palmas secas y las flores que arderán en el anafre, un brasero dispuesto en el atrio para obtener la ceniza que estampará la frente de las personas al día siguiente, miércoles de ceniza, punto de inicio del ritual religioso que indica el tiempo de la cuaresma, la puerta hacia la Pascua.

Entre los pescadores, con la música coral de fondo del maestro Antonio Díaz Conde, Victoria navega sola, usa el remo con pericia. De pronto una embarcación golpea a la de Victoria, que cae al agua. El hombre que tripula se lanza al lago para rescatar a la joven. Con ella en brazos sale del lago y al colocar a la muchacha a salvo sobre las ramas secas, el hombre la observa, una chispa de deseo se enciende en él al mirar a Victoria indefensa, al alcance de su pasión despierta.

Al día siguiente, en la iglesia, antes de tomar ceniza, Victoria reconocerá al hombre que la violó: un sacerdote (Rodolfo Landa).

PUBLICIDAD

Otro miércoles de ceniza, pero de 1927, la población vive los estragos de la Guerra Cristera. El pueblo está dividido frente a la violencia. El convento cierra sus puertas y los religiosos abandonan sus lugares. Victoria, dueña de haciendas, creció con el rencor y el odio hacia la religión y sus representantes. “Tengo mis razones”, dice. El público en el cine las sabe, pero los personajes en la ficción las ignoran.

En la estación del ferrocarril, en su viaje de regreso a la Ciudad de México, Victoria conocerá al doctor Federico Lamadrid (Arturo de Córdova). Es un viaje hacia el mismo destino, desde dos lugares opuestos de la realidad que enfrentaba México.  

Era el tercer año del gobierno de Plutarco Elías Calles y el país vivía el segundo año del conflicto religioso, desatado por las medidas gubernamentales para restringir el poder de la iglesia en los asuntos públicos. La “Ley Calles” decretada en 1926 ponía límites a la presencia y actividad religiosa.

Es en este escenario en el que se desarrolla Miércoles de ceniza (1958), de Roberto Gavaldón. Julio Alejando y el propio Gavaldón escribieron el guion de Miércoles de ceniza, originalmente una obra de teatro de Luis G. Basurto, con la que obtuvo en 1956 el Premio “Juan Ruiz de Alarcón”.

El director duranguense había reunido una década antes a María Félix y a Arturo de Córdova en La diosa arrodillada (1947), otro drama de amor imposible, celos, pasión y tragedia, escrito por Gavaldón y José Revueltas. 

Pero Miércoles de ceniza se aleja del conflicto religioso, de los ecos de la violencia para contarnos otro enfrentamiento, el del odio y el amor. En el drama de la pantalla, el sufrimiento es la espina dolorosa y necesaria, una oda de odio encarnado para la redención de una mujer que sufrió una violación y que se transformó en semidiosa despiadada. María Félix en su carácter de “doña”.

El telón de fondo es la defensa de la fe religiosa frente a la ley, a las instituciones. La Guerra Cristera que se extendió por varios años y que dividió al país.

En Miércoles de ceniza María Félix regresa al horizonte michoacano para filmar otra película. Ya no es Maclovia (1948, Emilio Fernández), la inocente hija del jefe purépecha de Janitzio. Ahora es Victoria, dueña de su rencor, que mira con desprecio su entorno, a los sacerdotes en un tiempo de guerra. Las paradojas de la vida le darán una lección disfrazada de moraleja.        

Jaime Vázquez, promotor cultural por más de 40 años. Estudió Filosofía en la UNAM. Fue docente en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Ha publicado cuento, crónica, reportaje, entrevista y crítica. Colaborador del sitio digital zonaoctaviopaz.

@vazquezgjaime