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    Jueves | 24 Sep, 2026, 10:42

    Morelia a 45 años del Primer Festival Internacional de Poesía

    El festival de poesía que reunió por primera vez a poetas extranjeros en Morelia e impulsó la traducción sus obras al español

    (Segunda de tres partes)

    Rafael Calderón

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    II

    Los poetas del festival

    Este apartado es, en sí mismo, una constelación incandescente y el corazón documental del encuentro. Contar con la nómina precisa de los cuarenta y dos poetas y el orden exacto de su aparición en la antología no es un mero ejercicio de archivo; permite trazar una verdadera revisión crítica de esa fijeza temporal en la que convivieron casi todas las lenguas del mundo. En ese mapa de presencias, nombrar la ausencia física de Breyten Breytenbach se alza como el primer hallazgo de nuestra lectura para fundar una ontología de la resistencia. En el verano de 1981, el autor sudafricano no pudo pisar Morelia por encontrarse confinado en las celdas del régimen del apartheid, castigado por su activismo social y su disidencia política. Su inclusión en las páginas de la antología, por encima de los muros y los cerrojos, transformó estas páginas en un territorio extraterritorial y libre: el poema se volvió entonces el revés exacto del encierro, una hendidura por donde la palabra burlaba la censura de la historia para resonar bajo el cielo de Michoacán y escuchar: “Oye Señor la canción de los condenados… Vasto, y más vasto por el silencio”, en versión del propio Aridjis.

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    Alí Chumacero

    Al proponer este mapa de afinidades, la intención no es someter los nombres al casillero rígido de una geografía estricta o un frío índice de nacionalidades, sino agruparlos por el pulso secreto de su lírica, sus tensiones conceptuales y la materia sensorial que sus versos ponen en juego independientemente del idioma en que originalmente escribieron sus poemas. Lejos de pretender una lectura unívoca o avasalladora que agote los textos, prefiero extender una invitación para cruzar estos umbrales desde su propia contemplación, donde el verso deja de ser un registro de la época y se convierte en pura intemperie.

    Elías Nandino

    El viaje comienza, inevitablemente, en la lectura y el rigor de las voces que bien podríamos llamar fundacionales de la tradición hispanoamericana: el canon de nuestra lengua que ensanchó sus puentes para recibir a los visitantes extranjeros. Son creadores habitados por una madurez estilística impecable, marcados por la fijeza del paisaje natal, el erotismo crepuscular, la memoria del origen o el largo aprendizaje del exilio. Ahí, Borges comparece desde una ceguera metafísica que es pura iluminación interior; su paso por el encuentro, custodiado por el laberinto, el tiempo circular y los mitos clásicos, corona el sentido universal de aquellas jornadas al recordarnos que la historia humana es también un manuscrito hecho de arena, ceniza y espejos. A su lado, Elías Nandino y Alí Chumacero encarnan dos de las vertientes más rigurosas del siglo mexicano: Nandino aportando la fijeza del cuerpo sufriente, el erotismo nocturno y esa muerte blanca que aguarda siempre en la humedad de los labios, mientras Chumacero sostiene un laconismo absoluto, una edificación de la brevedad donde el silencio pesa y resuena tanto como la piedra tallada.

    Por su parte, Ida Vitale y Tomás Segovia abren con lucidez el ala herida del exilio: la uruguaya desde una poesía del pensamiento y la atención flotante, fiel a la precisión exacta del vocablo y al misterio sagrado que anida en las cosas domésticas; Segovia trayendo consigo la luz mediterránea y la nostalgia del mar andado, materias traducidas con maestría al nomadismo y a la intemperie del paisaje mexicano. A su vez, Eugenio de Andrade y Pablo Antonio Cuadra convocan la lírica elemental de la tierra y el agua: el primero, desde una palabra solar, desnuda y profundamente musical que canta al cuerpo como si fuera un territorio de arcilla y deseo; Cuadra con el peso del mito integrador centroamericano y el canto rudo de los jaguares que habitan el origen de la estirpe, mientras Cintio Vitier resguarda el misticismo del lenguaje y la memoria histórica, buscando lo sagrado no en el trueno, sino en la luz que atraviesa las ventanas coloniales.

    Günter Grass
    Tomas Segovia

    Un segundo frente desborda el rigor europeo, una franja tallada por las heridas de la guerra total, el desarraigo y la fijeza del paisaje invernal. Voces marcadas por el escepticismo frente a los grandes relatos de la historia y por la reconstrucción ética de la posguerra, antesala de tres futuros premios Nobel que habrían de marcar el fin de siglo: Seamus Heaney comparece con la memoria húmeda de la tierra irlandesa y la dignidad de lo cotidiano arraigada en la penumbra; Tomas Tranströmer despliega su lírica de silencios escandinavos, abierto al encuentro de sí mismo y a una mística diaria donde el azul del cielo roza los muros helados de la rutina; y Günter Grass carga el peso de la culpa histórica alemana a través de una ironía corrosiva y la áspera materia orgánica de la cocina, el hollín y el barro. En esa misma directriz continental, Tadeusz Różewicz y Vasko Popa escriben la poesía que tuvo que nacer al día siguiente de los campos de concentración: Różewicz desde un verso despojado de adornos retóricos, casi fracturado en su imagen, que busca la palabra elemental tras el colapso de la belleza de Occidente; Popa mediante una mitología surrealista de resistencia donde los objetos comunes y los guijarros adquieren una voz profética frente a la barbarie. Frente a ellos, Marin Sorescu y Katerina Anguelaki-Rooke modulan la experiencia de los márgenes geográficos: Sorescu con una gracia amarga e irreverente que burla el yugo del comunismo rumano; Anguelaki-Rooke mediante una relectura del mito clásico desde la herida femenina, el paso del tiempo y la sabiduría del cuerpo. En este bloque, Michael Hamburger y Lasse Söderberg operan como los grandes traductores de esa modernidad, tendiendo puentes de aire entre la tradición anglosajona, la crudeza nórdica y el resplandor del surrealismo.

    Seamus Heaney

    La tercera vertiente estalla con la ruptura de la contracultura y el bloque oriental, un territorio donde la poesía es entendida como cuerpo de vibración, canto heroico o herético, protesta política y quiebre definitivo del acartonamiento burgués. Aquí se concibe el cruce más potente bajo la piel de Allen Ginsberg y Andréi Voznesenski. Ginsberg desbordado en el mantra budista y el lamento profético, invocando la liberación de la mente a través del aullido, el pulso del armonio y el ritmo respiratorio; Voznesenski con la fuerza percusiva de la palabra rusa hecha para resonar en los estadios, donde sus versos son un relámpago de disenso sutil ante el aparato soviético. A este coro de la provocación se une Kazuko Shiraishi, reflejando desde Japón el ritmo quebrado del jazz, el erotismo libre y el desborde de una vanguardia asiática que danza sobre las ruinas de la tradición; junto a Kofi Awoonor y Mazisi Kunene, quienes recuperan la herencia de la tradición oral africana, el canto de la negritud y los dejos fúnebres de los ancestros frente al yugo colonial. Es aquí donde la figura ausente de Breytenbach cobra su dimensión exacta: el testimonio silenciado físicamente pero vivo en el texto, recordándonos que ninguna muralla puede sepultar el canto de las lenguas.

    Una cuarta visión lírica se define por la fuerza terrenal y social de México, integrada por creadores cuya visión está fuertemente anclada al paisaje, la historia y la disidencia del siglo XX. Es justo dar inicio con Juan Bañuelos, Óscar Oliva y Eraclio Zepeda, tres de las voces fundamentales de La Espiga Amotinada, quienes trasladan a Morelia la selva de Chiapas, el lenguaje conversacional, la épica civil y la rabia ante la injusticia social que brota de la tierra quemada. En contraste, Carlos Montemayor y Jaime Labastida representan el ala intelectual y rigurosa de una política anclada en el pensamiento crítico: Montemayor desde su hondura clásica, el peso de la tradición grecolatina y su arraigo al norte minero, buscando la permanencia en las lenguas indígenas; Labastida a través de una poesía de corte filosófico, dialéctico y riguroso sobre las leyes de la materia. Comparecen Marco Antonio Montes de Oca y Ulalume González de León como los grandes arquitectos de la imaginación y la forma: Montes de Oca en un torrente verbal metafórico inagotable y un barroco que desborda las compuertas de la lógica; Ulalume desde una de las poéticas más inteligentes, lúdicas y conceptuales, que juega con las variaciones del lenguaje bajo una sutil estirpe que refrenda la continuidad de la pasión lírica. El cierre de esta geografía recae en Víctor Sandoval y Jaime Augusto Shelley —el primero con la fijeza de la provincia, la memoria del agua, los patios andados y el desierto, piedra angular para la descentralización cultural del país; el segundo con el verso combatiente, urbano y nocturno—, para confluir en Ramón Xirau, el gran filósofo del poema, que busca la música callada de las ideas traduciendo el misterio del ser en un murmullo transparente.

    Elegir de entre todos ellos una tríada como resumen perfecto —Borges, Ginsberg y Heaney— no es un ejercicio de exclusión, sino una apuesta por condensar la mística total del encuentro: la ceguera que ve el mito, el grito que sacude el templo y el rastro de la tierra que funda la vocación del lector. Se resume así el milagro y la arquitectura del festival de 1981: el canon que se inclina ante la provincia, la periferia que desafía al imperio y el hallazgo de sus poemas como una lectura necesaria décadas después. El Teatro Morelos se volvió un laberinto de espejos con Borges, un espacio de resistencia corporal bajo el armonio y el lamento profético de Ginsberg, y el puente definitivo hacia la memoria del asombro cotidiano con Heaney.

    Es en la música del poeta irlandés donde esta memoria personal encuentra su anclaje exacto. Es el poema “Luz solar” el que revela su simetría perfecta: la claridad limpia y diurna de la infancia que llega para contraponerse al misterio nocturno y carnal de “El zorrillo”. Volver a leer sus poemas hoy no es un mero inventario bibliográfico; es asistir de nuevo a una revelación. La antología permanece como ese territorio descentralizado y necesario, un refugio donde el verso burla las rejas de la historia y de las lenguas, recordándonos que Morelia fue, es y será el centro de gravedad donde la poesía dejó caer su golpe de cincel más duradero en la segunda mitad del siglo XX.

    El resumen más exacto lo ofrece el propio Aridjis en su breve presentación: “Varios de los poetas extranjeros allí reunidos y presentados en estas páginas fueron traducidos por primera vez al español; otros eran conocidos apenas por un pequeño grupo enterado de los movimientos de la poesía de nuestro tiempo. Posteriormente al Festival, muchos de ellos se volvieron nombres familiares en el ámbito de nuestras letras y el conocimiento de su obra se ha ido profundizando a medida que se ha difundido en las publicaciones literarias de nuestro país”. Como balance del encuentro, el poeta michoacano asegura que allí “podemos encontrar esa diversidad de estilos, esa dinámica de la poesía mexicana actual, que hacen de nuestra poesía una de las más interesantes de la literatura en lengua española”. Por lo mismo, estas reflexiones concluyen con las palabras de su propio juicio crítico: “Si bien toda reunión y toda antología es necesariamente parcial y limitada, valga este primer esfuerzo michoacano para dar un panorama vivo de la poesía que se está escribiendo en nuestros días”.

    Rafael Calderón (Morelia, Mich, 1976). Ha publicado poesía y ensayo. Es autor en ensayo de Pablo Neruda en Morelia (2024) y en poesía Recuento de Estos días (2024) y tiene en proceso de edición El turno y la presencia. 200 años de poesía en Michoacán 1825-2025, por Centzontli Pájaro de cuatrocientas voces.

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