Juan Pablo Arroyo Abraham En lo personal no me gusta mucho el género de la comedia en el cine y menos cuando está lleno de clichés y obviedades. Aun así, aunque casi siempre le huyo, de vez en cuando caigo en sus redes y termino viéndolo. El resultado es comúnmente frustrante. Y con comedia no me refiero solamente a aquella que se anuncia a sí misma como “ligera” (a esta sí de plano ni aunque me arrastren) sino también a la que satiriza la realidad y la vuelve burda y absurda. Esta última, también llamada comedia negra, normalmente es multigénero y posee una mayor fortaleza en su estructura narrativa y en algunas ocasiones funciona, y funciona muy bien. Películas como El triángulo de la tristeza (Rubén Östlund, 2022), ganadora de Cannes, Relatos salvajes (Damián Szifron, 2014), American Psycho (Mary Harron, 2000), El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013), Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014), entre otras, nos demuestran con creces que cuando un guion está bien escrito se vuelve infalible. Y menciono el guion y no las otras áreas que conforman el universo de una pieza cinematográfica ya que, como es obvio, es ahí donde se construyen las bases que le darán a la historia su dosis de verdad (o no). Y hago énfasis en la palabra “verdad” ya que, si no te identificas o no te crees lo que ahí se cuenta, pues simplemente la obra no funcionará para ti. Ahora bien, como un amigo me comentó alguna vez: “el cine es cuestión de gustos, como la comida”, pero cuando la tortilla está mal hecha o la piña de los tacos al pastor está rancia, o la salsa no pica (para públicos mexicanos), pues no habrá poder humano que salve ese platillo, en este caso, la película. Cuando vi Parásitos (2019) del director coreano Boon Joon-ho me decepcionó mucho. Será que tenía muchas expectativas. Lo que al principio se desarrollaba como un relato lleno de humanidad y conflictos sociales, se tornó en una serie de acontecimientos inverosímiles y superficiales que carecían de un sustento existencial. Es decir, y obviamente digo esto desde mi gusto personal y perspectiva muy particular. Parásitos se perdió en el limbo del “engolosinamiento narrativo”. Como suele suceder con algunas películas, se saturó de elementos visuales que me sacaron de la trama. No es fácil captar mi interés, y no digo esto con orgullo, sino que probablemente tengo déficit de atención y me cuesta trabajo mantenerme conectado a las historias que llenan sus vacíos discursivos con situaciones banales. Lo mismo me sucedió con Todo en todas partes al mismo tiempo (2022), escrita y dirigida por Daniel Kwan y Daniel Scheinert, cuyo ritmo trepidante me expulsó desde su inicio. Y qué decir de Nuevo orden (Michel Franco, 2020), en la cual domina más la necesidad del director por hacerse notar a sí mismo que la labor por contar una historia poderosa. Tanto Parásitos como Nuevo orden, por su tinte social, pudieron haber sido grandes películas, pero intentan “lucirse” tanto que lo que vemos en pantalla es al creador detrás de la obra y no a la obra en sí. Poniendo un ejemplo simplista, es como si cuando te detienes frente a la Gioconda vieras en primera instancia el sello de Leonardo Da Vinci plasmado en ella, y no es así, la Mona Lisa habla por sí sola. Su poder radica en su propia imagen. Sería ingenuo pensar que el creador de esta pintura pensaba en sí mismo cuando la hizo, que estaba en un “lapsus” de vanidad con el objetivo de perpetuarse en la historia del arte. Pero tratando de darle sentido a lo que aquí escribo, mi cuestionamiento se enfoca en qué es más importante: el creador o su obra. Mi respuesta es contundente: la obra. Hace unos días vi una película que tenía en mi “bucket list” que por diversas razones no había podido disfrutar. Me refiero a La única opción (No other choice, 2025) dirigida por el aclamado cineasta coreano Park Chan-wook y ganadora del premio del público en el Festival Internacional de Cine de Toronto. Antes de sentarme a dedicarle más de dos horas de mi vida a este filme de comedia negra y suspenso, no sabía ni de qué trataba ni de qué género era. Yo esperaba una historia más lenta y contemplativa como Drive my car (2021, Ryüsuke Hamaguchi) o Perfect Days (2023, Wim Wenders) que, dicho sea de paso, ambas me gustaron mucho. Pero mi sorpresa con No other choice comenzó desde el primer minuto en que comencé a verla. La primera parte de la trama nos muestra a una familia coreana “acomodada” cuyo padre de familia es un exitoso ejecutivo de una fábrica de papel. Sus más de 25 años en la empresa le han merecido varios reconocimientos y le han permitido gozar de una vida llena de lujos junto a su esposa y sus dos hijos. En la primera media hora se establecen las bases que nos preparan para la tragedia que se avecina. Un día, sin más ni más, la fábrica es vendida a unos estadounidenses y despiden a gran parte del personal, entre ellos a nuestro protagonista. Yo Maan-su, interpretado por el actor veterano Lee Byung-hun, conocido principalmente por su rol de “El líder” en la serie El juego del calamar. De aquí en adelante la desgracia envuelve a esta familia. Se acumulan los pagos pendientes de la hipoteca de su casa, tienen que sacar a sus hijos de las clases de tenis y de música, la esposa debe buscar trabajo e inclusive tienen que deshacerse de sus dos perros, lo cual desata un drama monumental en la vida de los niños. Todo está mal. Hasta aquí suponemos que algo tiene que pasar, alguna solución o salida que los regrese a su zona de confort (o no), pero no sabemos qué. Y esto es precisamente uno de los valores principales de esta historia, que es impredecible y por lo tanto te mantiene atento todo el tiempo. Pero hablando de valores y antes de contarles el desastre al estilo el Chavo del 8 que se aproxima, quisiera hacer una pausa en algo que merece la pena enfatizar. La única opción goza de una perfección en su manufactura que pocas veces había visto. Cada minuto de esta película es un manjar en todos los sentidos, comenzando por su humor negro que desde el guion está perfectamente estructurado. Cada momento te lleva al siguiente en un ritmo armónico magistralmente tejido a mano. Y como ya lo comenté anteriormente, nada es predecible, todo puede ocurrir sin previo aviso. Y sumándole más halagos a los piropos, el manejo de la cámara es como una danza perfectamente articulada, su fotografía es impecable, su edición le da un ritmo vertiginoso cuando es necesario y pausado cuando se requiere un momento de paz y el diseño de producción es fino y sumamente elaborado. Y si a esto le añades unas actuaciones que, a pesar de ser exageradas y caóticas, tienen fuerza y verosimilitud, pues la película en general se convierte en una obra maestra. Sí, lo afirmo sin tapujos, No other choice es el resultado de un arduo trabajo que resulta en un platillo perfecto que a cada bocado nos da una satisfacción basta y llena de sorpresas. Pero volvamos a la trama. Ya cuando las cosas no se podían poner peor, lo hacen. En su búsqueda por recuperar su vida y estatus, Yo Maan-su aplica a varias solicitudes laborales en otras fábricas de papel; él no quiere cambiar de giro ya que lo único en lo que sabe desenvolverse es precisamente en ese mundo, el del papel. Un día descubre que él no es el candidato más apto para este puesto ya que hay otros aspirantes con mayores capacidades y decide matarlos a todos. Aquí comienza el caos. Sin ser experto en las artes criminales, el angustiado padre de familia traza un plan para lograr su objetivo, y lo logra, no sin antes vivir ocultándole la verdad a su esposa, esquivando los constantes interrogatorios de la policía y buscando dónde enterrar los cadáveres de sus víctimas. Finalmente lo contratan. Ahondemos un poco en el final. Vale la pena dedicarle unas líneas. Se los describo. Cuando Yo Maan-su llega a su primer día en su nuevo trabajo, se abre una gran compuerta de la fábrica; él, diminuto, entra sigilosamente, asombrado por la majestuosidad del lugar. En su interior no ve personas, solo máquinas. La era moderna de la automatización robótica y la inteligencia artificial ahora hacen las veces de los trabajadores. Probablemente de forma exagerada (o tristemente no), se nos muestra un nuevo orden, el de los robots en el que solo se requiere de un supervisor para vigilar que todo funcione, y ese supervisor es precisamente nuestro otrora atormentado líder de una familia que estaba en vías de extinción. Es decir, Yo Maan-su no solo mató a sus contrincantes de trabajo, sino que, usando este final como una analogía acerca del control de los autómatas sobre la raza humana, nos mató a todos. En resumen, lo que al principio se develaba como una historia común, sobre una familia común, en un entorno común, con un problema común, y un reto común por resolver (recuperar su trabajo), termina dándonos una sacudida sobre los valores, la ambición desmedida, nuestras limitaciones y alcances, nuestras obsesiones, el poder y el estatus, el amor a la familia, la traición, y como si fuera poco, la sustitución de la mano de obra humana por las máquinas en tiempos modernos. Es decir, No other choice es una película llena de aristas, llena de sustancia y en donde el director no se conforma con decirnos de manera lineal un solo mensaje. Él es la antítesis de la mentada frase “ya todo está dicho”. Su obra no solamente cuenta con una paleta multicolor de géneros, sino que la trama por sí sola es una búsqueda permanente llena de decisiones por tomar, y en donde cada una de esas decisiones le dará un nuevo rumbo a su vida. Pero poniéndonos en los zapatos del protagonista, para él no hay ninguna otra opción, solo la de recuperar su vida a como dé lugar, pero para nosotros los espectadores siempre hay otras salidas, y si pudiéramos gritarle a ese hombre desesperado “¡no lo hagas!, ¡hay otras opciones!”, lo haríamos, pero pues no es el caso ya que el cine en su diálogo es unilateral aunque en su discurso sí es bilateral (tan es así que hoy estoy escribiendo sobre eso), y simplemente nos quedamos sentados en la butaca como simples testigos de este viaje personal, marcado por la maniaca obsesión de Yo Maan-su. ¿Y cuál es la relación de Parásitos, Nuevo Orden y Todo en todas partes al mismo tiempo con No other choice? Pues que en todas estas historias se pretende exacerbar la normalidad y llevarla al punto de lo absurdo, pero y repito que esto es solo mi opinión personal, ninguna lo logra excepto la realizada por Park Chan-wook, ya que se nota a leguas que él, al escribir y dirigir esta obra, no estaba pensando en ungirse como un gran director (que ya lo es) sino en regalarnos una pieza perfecta cuyo objetivo se cumple cabalmente: sorprendernos, emocionarnos, trasladarnos durante 139 minutos por un laberinto lleno de verdad y un estilo único e inimitable. Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C.IG. Espaciosolaris FB. Espacio Solaris