Jaime Vázquez En el número 517 de High Road, en el barrio de Leytonstone en Londres, Inglaterra, la familia Hitchcock Whelan mantenía su negocio de venta de comestibles. El matrimonio de William Hitchcock y Emma Jane Whelan esperaba a su tercer hijo. El 13 de agosto de 1899, en la casa familiar situada en los altos del negocio, nació Alfred Joseph Hitchcock, un niño regordete que pasó su infancia sin mayores sobresaltos. Solitario, bien portado, silencioso. Cuando Alfred recordaba aquellos años de niñez le gustaba relatar un episodio que de muchas maneras lo marcó: tenía cinco años cuando cometió alguna travesura. William, su padre, escribió una carta al comisario de policía. Ordenó a Alfred que la llevara personalmente. El niño caminó con la carta en la mano, la entregó al comisario, quien lo encarceló por diez minutos. Al cabo de ese tiempo el pequeño regresó a casa, “eso les pasa a los niños mal portados”, le había dicho el oficial. “No estoy en contra de la policía, solamente les tengo miedo”, sentenciaba Hitchcock muchos años después. La policía fue, a lo largo del trabajo cinematográfico, personaje permanente para el director. Antes de su ingreso al mundo del cine, Alfred se dedicó a realizar trabajos diversos. Descubrió la literatura de Edgar Allan Poe, se interesó por el teatro y el cine. Fue dibujante, escribió cuentos y quiso alistarse en el ejército; no lo aceptaron porque “no les gustó mi aspecto”, afirmaba con una sonrisa. En 1919 comenzó a ilustrar los títulos de películas y a colaborar en la producción como asistente. Dirige y produce por primera vez en 1922: Número trece, en los Estudios Islington, cinta que no se estrenó y no se conservó. Sobre esta película nacida de una idea de Elsie Codd, quien había trabajado para Chaplin, Alfred comentó: “Nunca se acabó, tenía dos rollos… realmente no era buena. En esa época se consideraba que cualquiera que hubiese trabajado con Chaplin era genial”. Un año más tarde fue asistente de dirección, decorador y guionista en De mujer a mujer (Graham Cutts), y conoció a la que sería su esposa, una chica que se encargaba del montaje: Alma Reville. “Yo tenía 23 años, no había salido nunca con una chica. No había bebido nunca una sola copa”, recordó. Su segunda aventura en la dirección fue El jardín de la alegría (1925), producción inglesa-alemana: “Mi futura esposa, Alma, tenía que ser mi ayudante. Todavía no estábamos casados, pero no vivíamos en pecado: éramos todavía muy puros”. Considerada la primera película al “estilo Hitchcock”, El enemigo de las rubias (1927), está basada en la novela de Belloc Lowndes The Lodger, historia que nos recuerda al personaje siniestro: “Jack el destripador”. De esos pioneros años veinte a 1976, cuando dirige La trama, Alfred Hitchcock le entregó al cine medio siglo de obras fundamentales, películas imprescindibles. “Algunas películas son trozos de vida. Las mías son trozos de pastel”, afirmaba el “maestro del suspenso”, creador de un género que elevó a gran altura. En una nota para la revista Rolling Stone, André Didyme-Dome escribe: “Hitchcock admiraba a Walt Disney y quería filmar The Blind Man, en Disneylandia (…). Disney le negó filmar allí después de haber visto Psycho y sentirse disgustado por él. Hitchcock terminó eliminando el proyecto junto con su amistad. Pero al igual que Disney, Hitchcock entendió rápidamente que la televisión y el cine no podían verse como medios y lenguajes separados y eso lo llevó a la conformación de Alfred Hitchcock Presents (1955-1962) una serie antológica de suspenso que tuvo 10 temporadas y más de 300 episodios, de los cuales dirigió 17”. Ambos creadores compartían un principio fundamental: tanto mejor es el villano, mejor es la película. Autor de clásicos como El hombre que sabía demasiado, Psicosis, Los pájaros, Con M de muerte, Rebecca, La soga, La ventana indiscreta o Vértigo, Alfred Hitchcock sigue sorprendiendo. Su cine está vivo. En el prólogo de su libro El cine según Hitchcock, François Truffaut afirma que la obra de Hitchcock, “desafiando el paso del tiempo, (sigue) comprobando la imagen de Jean Cocteau cuando habla de Proust: su obra continuaba viviendo como los relojes de pulsera de los soldados muertos”. Nos dejó una definición de su creatividad: “Imagínese a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba a punto de estallar. Él lo ignora, pero el público lo sabe. Esto es el suspenso”. Jaime Vázquez, promotor cultural por más de 40 años. Estudió Filosofía en la UNAM. Fue docente en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Ha publicado cuento, crónica, reportaje, entrevista y crítica. Colaborador del sitio digital zonaoctaviopaz. Autor del libro: “Michoacán en el cine. Episodios en la pantalla”. @vazquezgjaime