París y México: dos mundos unidos por el arte

Francia ya no funcionaría solo como escuela sino como espejo: al confrontarse con lo extranjero, los artistas mexicanos comenzaron a redefinir su identidad.

Erandi Avalos

-La vie en rose (pero rosa mexicano)

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París ha sido, para muchos artistas mexicanos, más que una ciudad admirada o un escenario prestigioso. Ha funcionado como lugar de tránsito, refugio, laboratorio y, en algunos casos, como un espacio necesario para tomar distancia de México y regresar con una mirada más lúcida.

La influencia de La Ciudad de las Luces ha marcado el arte y la cultura en nuestro país en diversos momentos. Curiosamente, el periodo de influencia más institucional ocurre durante el Porfiriato y no en París, sino en el corazón de la Ciudad de México. El afrancesamiento de México bajo Porfirio Díaz no fue un capricho estético ni una imitación superficial (ningún político mexicano da “paso sin huarache”). Respondía a una lógica política clara: a finales del siglo XIX, Francia representaba el ideal de modernidad, orden y progreso. París era la capital cultural del mundo, donde se ensayaban nuevas formas urbanas, artísticas y científicas. Para Díaz, mirar hacia Francia era una estrategia para proyectar a México como un país civilizado, estable y digno de inversión extranjera tras décadas de conflictos.

Figuras como Antonio Rivas Mercado, formado en la Escuela de Bellas Artes de París, resultan clave. Su obra emblemática, el Ángel de la Independencia, sintetiza la aspiración porfiriana: una escultura de inspiración clásica francesa que fundaba simbólicamente una nueva etapa. Sin embargo, el afrancesamiento no se limitó a la capital: teatros, quioscos, jardines y edificios públicos en provincias replicaron —a menor escala— el ideal parisino. La influencia gala también se filtró en la vida cotidiana: moda, gastronomía, educación y artes; ricos y pobres querían estar a la altura de la moda parisina, como Calacas Garbanceras inmortalizadas por José Guadalupe Posada. La Academia de San Carlos adoptó métodos franceses; la música de salón y los valses convivieron con tradiciones locales; el francés se volvió lengua de prestigio. Que el compositor Juventino Rosas haya dedicado el vals Carmen a la esposa de don Porfirio dice mucho de la triada que fomentó el gusto por lo francés: arte, política y sociedad.

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Ese modelo ofrecía algo fundamental: una narrativa de grandeza moderna. Paseos, glorietas y monumentos evocaban el espíritu parisino. El Palacio de Bellas Artes, el Palacio Postal, el Hemiciclo a Juárez y múltiples teatros y estaciones ferroviarias responden a ese deseo de monumentalidad y refinamiento europeo. En Morelia, se notó esta influencia urbanística en el Paseo de San Pedro, actual Bosque Cuauhtémoc de Morelia; que por cierto ha perdido ya casi todas sus construcciones de la época. Pero el afrancesamiento no fue homogéneo ni inocente: convivió con profundas desigualdades sociales y un país mayoritariamente excluido de ese proyecto modernizador. Creó una élite cultural cosmopolita, pero, muy “a la mexicana” y en contra de la famosa consigna: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, también sembró las desigualdades que desataron la Revolución Mexicana.

Una historia agridulce es la que vivió el escritor Amado Nervo, quien viajó en 1900 a París como corresponsal del periódico El Imparcial a la Exposición Universal, sin saber que su vida cambiaría al encontrar ahí al amor de su vida. Amor trágico, amor de poeta que dio pie a una de sus obras más importantes: La amada inmóvil (1920).

Con la Revolución, el intercambio no se detuvo; cambió de sentido. París siguió siendo un centro de atracción, pero también un espacio de exilio y reflexión. Diego Rivera vivió allí entre 1909 y 1921, donde entró en contacto con el cubismo y las vanguardias. Al regresar, transformó esas influencias en un lenguaje monumental y político, dando origen al muralismo.

A la que no le fue tan bien que digamos fue a Frida Kahlo, llegó a París en 1939 invitada por André Breton (a quién se le ocurre confiar en un surrealista de cepa) y todo empezó mal por donde más dolía: sus cuadros, enviados con antelación desde Nueva York, quedaron atrapados en la aduana porque nadie los había recogido. Ese extravío fue el síntoma de lo que vendría después. La galería no estaba informada, no había presupuesto ni plan, y la exposición se fue posponiendo mientras Kahlo acumulaba gastos, frustración y hastío. París, lejos de abrirle un horizonte, se le volvió una ciudad opaca, burocrática, indiferente. Cuando Mexique finalmente se inauguró, no fue para nada lo que ella esperaba; con mínima atención crítica y una sola venta. Más por despecho que por objetividad, París, escribiría Frida después, “no era para tanto”.

Francia ya no funcionaría solo como escuela sino como espejo: al confrontarse con lo extranjero, los artistas mexicanos comenzaron a redefinir su identidad. Carlos Mérida y Rufino Tamayo transitaban por Francia antes y después de la Revolución, confrontando el cubismo, el simbolismo y el fauvismo, y replanteando la relación entre arte moderno y raíces indígenas. Durante el cardenismo, el intercambio cultural adquirió una dimensión ética y política: México se convirtió en refugio de intelectuales europeos y mantuvo su vínculo con Francia como espacio de formación y debate.

A partir de los años cincuenta, París siguió siendo un punto de referencia para la llamada Generación de la Ruptura. Manuel Felguérez, Vicente Rojo, Lilia Carrillo y Fernando García Ponce pasaron temporadas en Europa, cuestionando el nacionalismo estético y explorando abstracción, informalismo y nuevas concepciones del arte. Al regresar, ampliaron el campo artístico mexicano, abriendo diálogos con la modernidad internacional desde una posición crítica. Los artistas mexicanos continuaron viajando a París, no ya para copiar modelos, sino para debatir ideas.

En este largo recorrido, la experiencia de Francisco Toledo ocupa un lugar singular.  Influido por mitos, leyendas, fauna y flora de su entorno rural, se formó primero en México y luego en una estancia en París. Llegó casi sin recursos, pero encontró libertad para experimentar sin etiquetas, acceso a la gráfica contemporánea y contacto con la obra de Paul Klee y el surrealismo. Allí fue mentoreado por Rufino Tamayo y asistió a talleres con el mítico Stanley Hayter. París fue un catalizador, no un destino final. La distancia permitió a Toledo reafirmar su vínculo con Oaxaca, regresar para promover las artes locales y construir un proyecto artístico y social sin precedentes. Su paso por la capital francesa fue breve, pero decisivo: le enseñó que la verdadera fuerza artística reside en lo propio, no en la imitación de un centro ajeno.

No me voy sin mencionar que el artista austriaco-michoacano Gerold Heinz Luft Pávlata, mejor conocido como Enrique Luft, también estuvo becado en París para estudiar con Stanley Hayter en el mítico Atelier 17 studio, a finales de la década de los cincuenta. Es una lástima que no tuviera discípulos michoacanos a quienes enseñar lo aprendido en París. Otro muy distinguido caso es el del cineasta experimental: Teo Hernández, michoacano nacido en Ciudad Hidalgo en 1939 y quien llegó a París en 1968. Aquí desarrolló la totalidad de su obra cinematográfica: más de cien películas realizadas principalmente en formato super 8 entre 1969 y 1992. Su trabajo se mostró en espacios clave como la Cinémathèque Française, el Collectif Jeune Cinéma y festivales especializados en cine de vanguardia. Sus filmes —breves, rítmicos, atravesados por la repetición y el montaje sensorial— dialogaron con corrientes estructuralistas y performativas europeas, sin renunciar a una exploración autobiográfica del cuerpo, el deseo y la memoria. París no fue para él un decorado sino un sistema de circulación: calles, cuartos, encuentros y rituales cotidianos filmados como fragmentos de una vida en tránsito. Murió en la capital francesa en 1992, dejando una obra que hoy es considerada fundamental para entender el cine experimental latinoamericano producido desde el exilio, y que continúa siendo restaurada y programada en archivos y cinematecas europeas. Mucho de su trabajo se puede ver en plataformas gratuitas en internet, por si no lo conocen.

Desde el Porfiriato hasta la contemporaneidad, la influencia francesa en México no ha sido una subordinación, sino una negociación constante. Carlos Pellicer, Juan Soriano, Pedro Coronel, entre decenas de artistas tuvieron el deseo y la oportunidad de pasar por París. Ya no por una necesidad de afrancesamiento, sino de traducción cultural: México tomó lo necesario, rechazó lo superfluo y creó una voz singular.

Mirar este recorrido ampliado permite entender que la relación de artistas mexicanos con París no es un episodio cerrado ni una herencia estática. Es una relación que se ha reconfigurado en cada generación. Ya en la segunda mitad del siglo XX, París dejó de ser un destino obligatorio, pero no dejó de ser significativo. Sigue siendo un espejo: un espacio donde los artistas mexicanos se miden con la tradición ajena para volver a casa con la mirada más clara sobre sí mismos.

A partir de la segunda mitad del siglo pasado, en un mundo en el que las distancias parecen haberse acortado y las comunicaciones inmediatas no tienen descanso, la influencia cultural y artística es distinta: por un lado, más accesible, y por otro, menos profunda. La homogenización acecha en todos los ámbitos y las nacionalidades, las fronteras y las particularidades son cada día más difusas.

Con esta publicación comienza una serie dedicada a los artistas mexicanos que, de una u otra forma, se han vinculado con París para desintegrarse, recrearse y volver al arte con nuevos bríos.

Erandi Avalos, historiadora del arte y curadora independiente con un enfoque glocal e inclusivo. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte Sección México y curadora de la iniciativa holandesa-mexicana “La Pureza del Arte”. erandiavalos.curadora@gmail.com