12 Reyes magos que no vi

Sergio J. Monreal nos presenta su alineación ideal basada en la devoción mítica y poética. Un viaje al pasado tras los hilos de Lev Yashin y José Nasazzi.

Comencé a seguir los Mundiales de Futbol hacia los siete años. El primer jugador al que veneré, fue si no mal recuerdo Dirceu Guimaraes de Brasil, en Argentina 1978; el último, Luka Modric de Croacia, entre Rusia 2018 y Qatar 2022. En medio de ambos, la lista es harto nutrida. Pero hay una selección de Reyes Magos que se hicieron leyenda durante justas mundialistas previas, a quienes por razones de nacimiento y edad no vi jugar nunca, y cuyos respectivos itinerarios me tocó reconstruir a partir lo mismo de la memoria documental, que de la sustentada devoción mítica, ética y poética. Ellos son los integrantes de esta alineación ideal.

1. LEV YASHIN.

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En la selección mundialista ideal de los magos que nunca vi, la portería está cubierta por Lev Yashin. Durante cosa de veinte años fue indisputable guardián de la puerta en el seleccionado soviético, lo cual no deja de tener su metafórica sugerencia, su ácida jiribilla histórica, su juguetón aguijón de amargura. Si algún símbolo pareciera sintetizar en el imaginario colectivo la memoria de la URSS, es precisamente el de las puertas infranqueables y los celosos guardianes. Nuevamente, como tantas otras veces, es el minúsculo guiño del absurdo lo que viene a rescatarnos del aplastante peso de la Historia. Este guardián en sólido y estatuario blanco y negro, no se asumió ni fue asumido por la sabia memoria y la juiciosa leyenda como perro guardián o bulldozer, sino como algo enteramente distinto. Le llamaban "La Araña Negra". Y una araña parece, así en los trozos de película como en las fotografías. Un bicho al que la agilidad y la prestancia figuran otorgar, como por arte de magia, todas las virtudes de lo minúsculo. Sus manos multiplicadas tejían una finísima tela en la que el balón no se estrellaba, sino antes bien iba dócil y amoroso a adherirse, mosca felizmente resignada al abrazo de su cazador. Bien en el centro del marco, tendido en pos de la base de un poste o lanzado en vuelo hacia la esquina del larguero, Yashin se muestra siempre como una araña jubilosamente enseñoreada de los dominios de su red. Nada de neuróticas usuras, nada de paranoicos delirios; nada de camisas de fuerza, ni de picadoras de almas y de carne facturadas a la cuenta de la luminosa utopía.

Bien podríamos celebrarlo en versión de jardín de niños: “Lev Yashin araña / subió a su telaraña, / vino la lluvia y se lo llevó”. O pedirle perdón a don Gabilondo Soler, antes de parafrasear una de sus obras maestras: “Lev Yashin araña, / baila con maña, / hay que contar / tres pasitos / arrastraditos pa adelante y para atrás”.

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Se equivocó Efraín Huerta. En lugar de esos elogios al siniestro padrecito de los pueblos en sus poemas de amor a Moscú y Stalingrado, tendría que haberle cantado a Lev Yashin. Acaso eran ese tipo de contradicciones —un gigante con espíritu y júbilos de araña— las únicas capaces de contraponerle al realismo socialista un horizonte de sueños más allá de la claustrofóbica pesadilla.

Al final, el imperio en que Lev Yashin nació y se hizo grande, es decir, pequeño hasta lo arácnido, desapareció. Pero Yashin, que mientras jugó fue juzgado por unanimidad el más grande portero de todos los tiempos, sigue ahí, colgado de su telaraña, cual Penélope. Tejiendo y destejiendo las prendas de la épica con los únicos hilos —sutiles e irrompibles— capaces de volverla perdurable: los de la libre dignidad, los de la generosa y despierta Fantasía.

Nombre: LEV YASHIN (1929-1990)

País: URSS

Mundiales: SUECIA 1958, CHILE 1962, INGLATERRA 1966, MÉXICO 1970.

2. JOSÉ NASAZZI.

En la selección mundialista ideal de los magos que nunca vi, la línea defensiva está encabezada por José Nasazzi. Apodado "El Mariscal", Nasazzi fue indiscutido capitán de la selección uruguaya durante cosa de diez años, a lo largo de los cuales la llevó a la obtención de una copa mundial, dos oros olímpicos y cuatro títulos sudamericanos.

Más que otra época, aquella parece otra dimensión. Las fotografías y las silentes secuencias cinematográficas oscurecen más que aclarar, a la hora de preguntarnos cómo se jugaba al futbol, cuál era la factura material de la epopeya, con qué pulso, aliento, ritmo y color teñía la tribuna el asombro presente, para borronearlo leyenda futura.

A Nasazzi le tocó debutar todavía durante los tiempos del amateurismo. Donde el jugador se asumía vegetalmente enraizado a un barrio y a una camiseta. Y le tocó también el tránsito al profesionalismo, el trago amarguidulce de abandonar su terruño sentimental —en este caso el club Bella Vista— para ir a multiplicar plata y gloria bajo los colores del Nacional de Montevideo.

Él y sus compañeros de selección, que junto a sus eternos rivales argentinos convirtieron al futbol rioplatense en la primera potencia mundial de la historia, durante aquellos años obtuvieron sus títulos como trabajadores mal pagados de cualquier modesto oficio, para quienes la pelota no representaba remuneración alguna.
Nasazzi trabajaba en una marmolería. Será por coincidencia o por ósmosis milagrosa; el caso es que el Mariscal parece haber absorbido la identidad de la piedra, haberse vuelto él mismo mármol para hacer del arte defensivo un derroche de solidez, sobriedad y estatuaria blancura. Impasable, recio, preciso, Nasazzi bien podría considerarse inventor —o al menos primera privilegiada síntesis— de cuantos atributos terminarían por asumirse como indispensables para todo defensa central. Pero Nasazzi también podría considerarse inventor —o al menos primera privilegiada síntesis— de cuantos atributos terminarían por asumirse como indispensables para todo capitán de un equipo de futbol.

Nasazzi inventó el puesto de capitán. Los directores técnicos contaban más bien poco en aquellos días. Narra la leyenda que él fue el verdadero diseñador de la selección charrúa encargada de deslumbrar a Europa en Ámsterdam 1924 y en París 1928. para coronarse en tierra propia como primera campeona del mundo dos años más tarde. Y el diseño se hacía sobre la marcha, en medio de la batalla, picando piedra a los gritos, puliendo acabados con aliento para la pifia y ejemplos de serenidad o arrojo, según fuera el caso.

El testimonio de quienes jugaron con él es unánime no sólo a la hora de reconocer su liderazgo, entereza y reciedumbre, sino sobre todo a la hora de tipificarlo como un tipo al cual se acudía en busca de consejo dentro y fuera de la cancha. Un tipo duro al que no se podía dejar de querer.

A ritmo de tango, podríamos quizá fijarlo en términos semejantes a estos: “La elegancia es pendencia, / la pendencia elegancia. / El pelo engominado / centra perfil de estatua / la altivez relajada / y el gesto sobrador / del mariscal celeste. / Se parece a Gardel / y también a Paul Muni / cuando hacía de Scarface”.

Nombre: JOSÉ NASAZZI (1901-1968)

País: URUGUAY

Sergio J. Monreal

Mundiales: (PARÍS 1924), (AMSTERDAM 1928), URUGUAY 1930.

Sergio J. Monreal es narrador, poeta, ensayista y dramaturgo. Fue docente en escuelas de bachillerato y coordinador de talleres literarios; teatrista independiente; varias obras de su autoría se han puesto en escena en diversos estados de la República.