Comencé a seguir los Mundiales de Futbol hacia los siete años. El primer jugador al que veneré, fue si no mal recuerdo Dirceu Guimaraes de Brasil, en Argentina 1978; el último, Luka Modric de Croacia, entre Rusia 2018 y Qatar 2022. En medio de ambos, la lista es harto nutrida. Pero hay una selección de Reyes Magos que se hicieron leyenda durante justas mundialistas previas, a quienes por razones de nacimiento y edad no vi jugar nunca, y cuyos respectivos itinerarios me tocó reconstruir a partir lo mismo de la memoria documental, que de la sustentada devoción mítica, ética y poética. Ellos son los integrantes de esta alineación ideal. 5. OBDULIO VARELA. En la selección mundialista ideal de los magos que nunca vi, la contención en la media cancha sería responsabilidad íntegra de Obdulio Varela. Capitán de la selección uruguaya la tarde de aquel 16 de julio de 1950, cuando Brasil perdió la final del campeonato en las atestadas tribunas del estadio Maracaná. Esa noche, la de su gloria inmortal, Obdulio la pasó brindando en un bar de Río de Janeiro con los vencidos. Pensando que era una verdadera pena haber echado a perder el carnaval preparado. Diciéndose que si el juego de aquella tarde lo volvían a jugar noventa y nueve veces, seguro que Uruguay las perdería todas. Calibrando lo mal que su equipo había jugado a lo largo de la Copa, en contraste con lo lindo que había jugado Brasil (“eso era futbol, para mí el mejor del mundo”). Anticipando las palabras que de vuelta a casa emplearía para explicar el histórico triunfo (ni garra charrúa ni predestinación divina: casualidad, diría, todo fue casualidad). Murmurando entre dientes: “de haber sabido, me marco un gol en contra”. La ciudad estaba de luto. Brasil todo estaba de luto. El rumor popular hablaría durante los siguientes días de centenares de suicidios, consumados en unas pocas horas. Cuentan que, en el bar donde Obdulio había entrado para matar lo que para él debía ser un festejo, acabaron por reconocerlo. Hecho un mar de lágrimas, un hombre camino de la borrachera farfullaba poco más o menos que no habían sido los goles de Ghiggia y Schiaffino, ni siquiera la pifia del portero Barbosa, lo que a final de cuentas los había jodido. Había sido Varela, nadie más que Varela. Y alguien, quiero recordar que el propio cantinero, vino y le confió: “¿ves a ése de allá?, pues es Varela; ni más ni menos”. Un rato antes, con el sol todavía en alto, Obdulio les había indicado a los otros diez celestes que no alzaran los ojos, que por nada del mundo miraran a las gradas para que aquellas más de doscientas mil almas no fueran a hacer que las piernas les temblaran. Luego, con su liderazgo y su impecable marca sobre la estrella Ademir, se encargó de irritar a una multitud habituada a ver ganar a los suyos. Cuando, al arranque del segundo tiempo, la ansiada anotación local llegó por fin; es decir, cuando al parecer todos los vientos soplaban definitivamente en contra, empezó a culminar la obra con una lenta caminata desde su propia portería hasta el centro del campo, con el balón bajo el brazo; desesperando a una multitud habituada a ver a los suyos no sólo ganar, sino golear. Las fotos de aquel día, enfundado en la celeste que el blanco y negro miente tenue gris, lo muestran como un hombre recio, robusto, maduro, antiguo. Un machito de ley, habría dicho mi abuela, con algo entre boxeador y ferroviario. Jules Rimet le entregó la copa casi a escondidas, en medio de la confusión y de la desbandada; hay quien dice que ni siquiera en el estadio, sino en una cantina. Su nombre siguió siendo coreado hasta altas horas por todos los rincones de Montevideo. Al regresar, se escabulló del comité de bienvenida que le aguardaba. No quería estrechar la mano de los directivos; esos que antes de la final les habían hecho llegar el mensaje de que si perdían por cuatro goles estaba bien, mientras no recibieran seis u ocho; esos mismos que a la hora de las condecoraciones se mandaron acuñar una medalla de oro, mientras a los jugadores les entregaban una de plata. Así como en Casablanca pasaba Humprey Bogart por la estación de trenes de París, así pasó Obdulio por el aeropuerto de Montevideo. Con las solapas de la gabardina levantadas, y el ala del sombrero echada sobre los ojos. Ni amargura, ni mala sangre. Algo más sencillo de explicar, aunque más difícil de cumplir. Obdulio fue toda su vida un personaje de Dashiell Hammett metido en una novela de Juan Carlos Onetti. Cumplió a pie juntillas aquella descripción de El Astillero que acaba por ser casi un programa de vida: “como si anduviera siempre pisando calles cuesta abajo y acomodara el cuerpo para descender con dignidad”. Nombre: OBDULIO VARELA (1917-1996) País: URUGUAY Mundiales: BRASIL 1950, SUIZA 1954. 6. RAYMOND KOPA. Principio del formulario En la selección mundialista ideal de los magos que nunca vi, pieza fundamental del medio campo es Raymond Kopa, alma de la selección francesa durante los mundiales de Suiza 1954 y Suecia 1958. Vida y obra de Kopa constituyen en sí mismas toda una declaración de principios, toda una síntesis épica y ética de significativos pedazos de la historia europea. Repasando diversos episodios de su biografía, a uno no puede dejar de venirle a la cabeza otra vez la película Casablanca de Michael Curtis. Sólo que a la hora de semblantear a Kopa en función de los atributos de un personaje, se hace necesario apelar indistintamente al desencantado Rick Blaine interpretado por Humprey Bogart, al heroico Víctor Laszlo interpretado por Paul Henreid y al impredecible Capitán Renault interpretado por Claude Rains. Curtido como Rick, idealista como Laszlo y bajito como Renault, desde cierto ángulo no resultaría exagerado decir: Kopa fue Europa. Hijo de emigrantes polacos que habían sido arrojados hasta el norte de Francia por los remanentes económicos y políticos de entreguerras, Kopa fue un niño minero que a los quince años perdió un dedo en accidente laboral, un chaparrito de apariencia debilucha, sin señas atléticas que permitieran augurarle promisorios futuros en las canchas, un pícaro que le regateó al destino su anticipado script de catástrofe mediante una agilidad mental pocas veces vista, una destreza técnica exquisita, un toque de balón privilegiado. Fue pieza fundamental en Real Madrid que inició la leyenda merengue, al lado de Di Stéfano, Puskas y Gento. Fue un precursor del sufrido movimiento de reivindicación laboral del futbolista frente a los poderosos intereses de federaciones y clubes, en unos años donde la gloria y la fama acaso le hubieran sugerido más bien silencio cómplice y lucrativa cautela. Fue el genio que, en Suecia 1958, proyectó desde la media cancha a Just Fontaine como poseedor del récord (al parecer imbatible) del delantero con más anotaciones en una sola Copa del Mundo: trece en total. Lo apodaban "Napoleón", pero yo estimo que el título resulta demasiado marmóreo, demasiado imperial para la lúcida frescura, la vitalidad chispeante, la inasible magia de su talento. Raymond sugiere más bien a los aviadores del libro Tierra de hombres, publicado por Antoine de Sant-Exupéry cuatro años antes de El Principito; esos tipos curtidos por la Historia y las historias del amor, la esperanza, la amistad y la tragedia, a quienes dicho conocimiento parece avivarles más que apagarles tanto las ganas de vivir como la insaciable curiosidad ante las grandes travesías, ante los grandes misterios, ante las grandes preguntas. Esos hombres cuya estatura, sin metáforas ni retórica, se mide en verdad de la cabeza al cielo, así en el aeroplano monoplaza encarado al silencio de la Cordillera de los Andes, como en la barra de taberna donde los pilotos echan mano de un orgullo sin soberbia para recontar la jornada; así en la evocación nostálgica del último beso, como en la serena maldición contra la próxima guerra; así en la soledad irreductible, como ante la multitud enfebrecida que aplaude tu gambeta, tu pase al hueco, tu gol, y de ese modo —aunque sea por un instante— puede asomarse a la felicidad. Nombre: RAYMOND KOPA (1931-2017) País: FRANCIA Mundiales: SUIZA 1954, SUECIA 1958. Sergio J. Monreal Sergio J. Monreal escribe de futbol desde 1998, cuando formó parte de la alineación original de La Red, suplemento pionero creado por La Voz de Michoacán para abordar la Copa del Mundo desde la literatura y el periodismo cultural. En esa misma línea ha cubierto siete Mundiales.