Víctor E. Rodríguez Méndez El artista gráfico Roberto Carrillo regresó a Morelia con una exposición largamente deseada. Después de dos décadas fuera de la ciudad, presentar su trabajo en el Centro Cultural Clavijero significó cerrar una búsqueda personal y, al mismo tiempo, abrir una nueva etapa. Vio crecer ese espacio institucional desde la distancia y siempre imaginó ocuparlo con su obra. Ese anhelo, finalmente, se cumplió. Su más reciente exposición no solo marca un momento clave en su trayectoria, sino también abre una etapa personal y creativa atravesada por la memoria, la reflexión material y una postura crítica frente al presente. Carrillo nació en Puebla, pero llegó a Morelia al año de edad. Se asume michoacano. La ciudad no solo es su lugar de formación, sino también un núcleo afectivo e intelectual. Su abuela María Teresa Martínez Peñaloza (fallecida hace diez años), etnohistoriadora y antropóloga, dedicó su investigación a Morelia, y esa herencia marcó su manera de entender el territorio como memoria viva. Volver a exponer aquí para Roberto no fue solo un gesto profesional: fue un acto de pertenencia. “Para mí, Morelia es un centro neurálgico”, dice en entrevista al día siguiente de la inauguración. “Estar aquí era un deseo muy grande, en este espacio increíble, cuyas instalaciones son muy hermosas”. La inauguración —el pasado 20 de febrero— reunió a maestros, colegas, amistades de juventud y nuevas generaciones. Para él, ese diálogo intergeneracional es esencial. Más que un regreso nostálgico, buscó una conversación abierta con estudiantes y jóvenes artistas interesados en pensar la pintura desde otros lugares e imaginaciones. “Uno de los momentos más hermosos fue que vinieron estudiantes y que me preguntaron cosas y les interesara. Es de lo que se trataba la expo al final de cuentas: no solo regresar con los amigos, sino también con las nuevas generaciones que les interesa la pintura. Fue muy bello”. Su obra conecta con ellos, añade, porque comparte inquietudes contemporáneas: la crisis ecológica, el impacto de la tecnología, las transformaciones materiales del mundo. Considera que su generación vivió el tránsito del mundo análogo al universo digital, un cambio que modificó radicalmente la percepción y la imaginación. “Soy parte de la generación para la que se acabó un mundo análogo, y nos tocó vivir el fenómeno de internet y redes; esto empezó a conectar todo con todo y nos dio una dimensión catastrófica en un sentido matemático, como un punto de crítico de transformación de la materia, lo cual está generando nuevas maneras de ver, pensar e imaginar, y eso obviamente afecta e infecta la pintura. Creo que eso es lo que —no sé si tácitamente— termina por tener una relación con las nuevas generaciones”. Roberto inició su formación en el Centro de Educación Artística (CEDART) de Morelia y posteriormente se mudó a la Ciudad de México, donde cursó la licenciatura en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda” y obtuvo la maestría en Artes y Diseño por la UNAM con la Medalla Alfonso Caso. Actualmente cursa el doctorado en Artes y Diseño en la misma casa de estudios. Con más de noventa exposiciones individuales y colectivas en recintos nacionales e internacionales, Carrillo ha construido una obra que transita con naturalidad entre la pintura de caballete, el grabado, la serigrafía y el dibujo. Su práctica se caracteriza por una obsesión constante con la corporalidad de la materia pictórica y su capacidad para devenir paisaje, cuerpo y pulso. Aunque radica en la CDMX, nunca ha dejado de dialogar con su tierra natal: Michoacán aparece una y otra vez como referente geológico, emocional y simbólico (cascadas de Tzaráracua, bosques, incendios, nieblas lacustres). Su obra no es regionalista, pero sí profundamente arraigada en una sensibilidad michoacana: la de quien entiende la naturaleza no como fondo escénico, sino como entidad pensante y sufriente. El artista explica que la pintura actual no ofrece respuestas cerradas, sino nuevas preguntas. “A mi generación nos ha tocado defender la decisión de seguir pintando, pero desde otros lugares: dialogando con la tradición sin quedarnos atrapados en ella, atentos a lo que ocurre en el mundo sin perder de vista nuestros contextos cercanos”. Se pinta hoy, añade, desde esos cruces, donde “lo global, lo local y nuestras propias micropolíticas se entrelazan para replantear el sentido mismo de la pintura hoy”. Imaginar otros mundos Roberto Carrillo se define como alguien obstinado en imaginar otros mundos. Desde joven rechazó la simple imitación de la realidad. Prefiere explorar posibilidades, tensionar la materia, abrir preguntas. En tiempos marcados por la violencia y la desesperanza, su trabajo insiste en pensar que otra realidad es posible. “Me afectan las guerras y los fascismos. Creo que muchos compartimos el deseo de vivir en un mundo menos violento, queremos otro tipo de realidad que no esté sujeta a tanto odio y tanta desesperación y tanto dolor. Mi pintura nace de esa necesidad de imaginar, como dicen los zapatistas, otro mundo posible”. Y en esa imaginación encuentra su forma de resistencia. Carrillo se interesa por corrientes teóricas como el realismo especulativo y los nuevos materialismos. Desde ahí reflexiona sobre lo no humano sin caer en posturas antihumanas. Le interesa pensar la agencia de la materia: la energía, los objetos, las fuerzas naturales que operan más allá de la voluntad humana. Su apuesta es política, aunque no panfletaria. Busca participar en la conversación contemporánea sobre el arte desde una pintura que dialogue con la tradición sin repetirla, que sea local sin aislarse y global sin perder contexto. Inspirado por el filósofo y artista mexicano Manuel De Landa (radicado en Nueva York), sostiene que la materia no es inerte. Por ello, su obra no impone un mensaje cerrado: propone un encuentro donde cada espectador ejerza su propia agencia. Su trabajo también responde a la crisis ecológica y política del presente. Considera que el cambio climático, la escasez de agua y las desigualdades sociales obligan a imaginar otras formas de relación con el entorno y, por lo tanto, también hay otras humanidades, según dice. “Mi trabajo no plantea consignas, pero sí propone imaginar otras formas de relación con el entorno. Pensar que existen otras maneras de ser humanos, más allá del dominio y la explotación”. Con todo ello, el óleo es su medio de elección. Lleva más de veinte años trabajando con él y lo entiende no solo como un medio o una técnica, sino como un viejo interlocutor. Le interesa su capacidad de transparencia, sus derivas materiales a partir de generar capas, sus tiempos de secado. En su proceso, la pintura no es una superficie que se domina, sino un territorio que se construye y se transforma. “Me gusta que se tarde en secar, porque cambia cuando se seca y entonces es como un diálogo con la obra todo el tiempo. Tengo la idea de pintar paisajes, pero más que imponerlos que surjan de la propia pintura”. En esa construcción aparece el concepto de paisaje. Para Carrillo, toda pintura es un paisaje: un ensamblaje de fuerzas, materiales y velocidades. No se trata de representar un territorio, sino de crear un ecosistema visual. Afirma: “Para mí un paisaje es el ensamblaje de diferentes materialidades con sus diversas fuerzas y sus diversas velocidades. Mi noción de paisaje es pensarlo como una entidad viva”. La influencia de la ciencia ficción fue decisiva en esta visión. La lectura de Stanisław Lem y su novela Solaris lo llevó a imaginar el planeta como una entidad viva, más allá de la mirada antropocéntrica. Esa idea dialoga con planteamientos científicos como la hipótesis Gaia de Lynn Margulis, que concibe la Tierra como un sistema viviente del que formamos parte. Para el artista, no observamos el paisaje: somos paisaje. La literatura ha sido una influencia constante. Se reconoce lector apasionado de novela policiaca y de ciencia ficción, géneros que durante años fueron menospreciados. También encuentra afinidades en autores como Witold Gombrowicz y en la poesía latinoamericana. En el cine, la obra de Andréi Tarkovski marcó su mirada antes incluso de leer a Lem. De él aprendió a pensar la imagen como materia y como pregunta. En la pintura dialoga con la tradición paisajista —de Turner a José María Velasco— y con artistas contemporáneos como Per Kirkeby. Noomateria, un proyecto colectivo En la Sala 2 del majestuoso Palacio Clavijero, Roberto Carrillo presenta Noomateria, una exposición que no solo confirma su madurez pictórica, sino que la lleva a un territorio especulativo de enorme potencia. Se trata de 21 pinturas realizadas entre 2024 y 2025, casi todas en formato vertical, ejecutadas en óleo sobre tela con una densidad matérica que recuerda tanto a la tradición romántica del paisaje como a la corporalidad gestual del expresionismo abstracto. La exposición fue concebida como un proyecto colectivo, señala Roberto. La colaboración con la curadora Paola Jasso y el equipo gestor de la artista Celia Béjar (Deriva Proyecto) no fue un trámite, sino un proceso de diálogo desde el origen de la serie. Nada fue improvisado. “Es una exposición muy planeada, pensada y deseada”, explica. Cada pieza fue pensada para ese espacio y ese momento. “La expectativa es participar de la conversación sobre lo que está sucediendo con el arte, con la pintura y con el pensamiento. Si pensamos en la humanidad con una materia sensible, que tiene su propia agencia, estamos pensando que cada persona tiene sus propias ideas y no es el plan imponerle nada. El interés nuestro con Paola y Celia es establecer un diálogo abierto, que la gente venga y experimente, ofreciéndole una mirada multifocal”. El título es una pequeña obra maestra conceptual: Noo- (del griego noûs, mente) + materia. No se trata de una “materia pensante” en el sentido cartesiano o cibernético, sino de una materia sensible, prereflexiva, que parece producir imágenes por sí misma. Paola Jasso lo expresa con precisión en el texto curatorial: la muestra nos invita a imaginar “la personalidad y los humores de un sistema vivo no-humano”. Al hablar del panorama artístico en Michoacán, Carrillo reconoce una escena vibrante y diversa. Cree que es necesario fortalecer las redes, ampliar los espacios independientes y consolidar un coleccionismo local que apoye a las nuevas generaciones. Sostiene que las instituciones culturales pertenecen a la sociedad y deben ser habitadas críticamente. Hoy, a sus cuarenta años y después de un camino que incluyó trabajos como impresor y colaborador en talleres de otros artistas, se asume en un punto de inflexión. Para Roberto, la muestra, más que cerrar un ciclo, inaugura una nueva etapa en su trayectoria. Su pintura le pide ir más lejos. “Mi obra ahora me exige más profundidad, más riesgo, más reflexión. Estoy atravesando un duelo, pero también un renacimiento creativo. Para mí, honrar a quienes se han ido implica vivir con mayor conciencia”. En medio de este momento profesional, Carrillo enfrentó una pérdida personal profunda: la muerte —a escasos días de la apertura en Morelia— reciente de su padre Salvador, quien fue su primer maestro. Pintor, grabador y diseñador gráfico, su padre acompañó sus primeras búsquedas artísticas y sostuvo su vocación en momentos difíciles. El artista lo piensa ahora como parte del paisaje que tanto ha reflexionado: una presencia que no desaparece, sino que se transforma. “Es un dolor que no sabías que existe hasta que te pasa. Fue pensar en él todo el tiempo, porque nada de esto existiría si no fuera a partir de mi conversación con él sobre arte y pintura. Él tuvo gestos muy hermosos como comprarme pinturas en un momento duro y él era la persona que yo quería que estuviera aquí y estuvo, él está aquí. Pienso que ahora que falleció se volvió paisaje, y ésa es mi manera de decirle: ʻGracias por todoʼ ”. Víctor Rodríguez, comunicólogo, diseñador gráfico y periodista cultural.