José Roberto Morales Ochoa Conocer artistas, abrir horizontes y descubrir nuevas formas de producción artística, es una de las virtudes que encuentras al trabajar en un museo. Descubrir a personas creativas, a través de sus piezas tiene un valor incomparable. Salvador Luna, es un artista que en su persona se muestra siempre amable, es querido por la gente. Su carisma y su sonrisa siempre le acompañan; hoy este encuentro periodístico se hace desde un interés genuino en conocer a un creador nato y con una propuesta madura en su producción. El primer encuentro con Salvador Luna lo tuve a través de su obra Círculo de identidades (2008, 360 cms. diámetro, 24 piezas de diferentes técnicas artesanales p´urhepecha). Obra integrada dentro de la exposición “Ecléctica” de la Colección Fundación Marín en el Centro Cultural de la Fábrica de San Pedro en 2025. Y gracias a esta labor periodística de divulgación de exposiciones, es que pudimos hacer una conexión profesional con el artista, a quien conocí, finalmente, presentando su proyecto individual en la ciudad de Morelia, en el Centro Cultural Clavijero, donde hoy se exhibe su trabajo. ¿Quién es Salvador Luna? Originario de Uruapan, Michoacán, Salvador Luna Contreras es arquitecto de formación y artista visual por vocación. Su camino comenzó en Guadalajara, en el taller del maestro Ramiro Torreblanca, donde aprendió a soltar la composición y el equilibrio que la arquitectura le había enseñado. Expuso por primera vez en 1991. Un año después concluyó la carrera y se trasladó a San Miguel de Allende, donde estudió litografía, escultura y pintura. Su trayectoria lo llevó a la Ciudad de México, donde fue miembro de ARTAC, y después a Barcelona, donde durante seis años participó en el festival de arte, explorando los horizontes de la producción contemporánea: la instalación, el video y la fotografía. Con Círculo de identidades, una de sus obras que más le distinguen, llegó también al Festival de las Artes de Marruecos, y al Ateneo de Yucatán. Tras su regreso a Michoacán en 2006, dedicó una década a la huerta familiar de aguacate orgánico, sin abandonar del todo la obra. Hoy, con Micelio del Vacío, retoma con rigor su práctica. El génesis de una vocación Nos sentamos frente al mural de gran formato, en una de las salas del Clavijero, recinto público de exposiciones en el centro de la capital michoacana. Salvador Luna sonríe antes de responder. Le pido que vuelva al principio que me cuente sobre aquel mágico descubrimiento de su vocación, y como muchos artistas, se rememora hasta la infancia, viaja hasta sus cuadernos de primaria. Mi madre me los guardó y yo ni sabía. Un día abrí una caja y ahí estaban. Como el 40% eran dibujos: dragones, volcanes, gente y mucha tragedia. Me gustaba la tragedia. Siempre fui dibujante. Le pregunto por su formación, y aquí el relato da un giro que él mismo cuenta entre risas. De joven quería estudiar en la escuela de artes de San Carlos, en la Ciudad de México; finalmente se decantó por Arquitectura, nos comparte cómo la decisión no fue suya. Mi padre cuando le conté qué quería estudiar, no se mostró muy conforme, me llevó con un psicólogo, como diciendo ‘ay, madre mía’, a ver si de verdad era eso. Entre los dos se pusieron de acuerdo y me convencieron de que mejor estudiara arquitectura. Se encoge de hombros, sin rencor. No me arrepiento, porque todo son herramientas. Reconoce que no fue un camino recto: le tomó un año más de lo normal. Fue en Guadalajara, en pleno tramo de arquitectura, donde apareció quien cambiaría su rumbo. Le pido que me hable de Ramiro Torreblanca (Acapulco, Gro. 1920. Guadalajara, Jal. 1991) su mentor, y su tono se vuelve más pausado. Conocí al artista Ramiro Torreblanca en Guadalajara. Le pedí durante mucho tiempo que me enseñara, que me dejara trabajar en su estudio y él se negaba. Creo que lo enfadé lo suficiente, porque un día me dijo: ‘Va, vienes’. Yo tendría 18 o 19 años. El maestro le pidió materiales sencillos: papel, vinílica, pegamento blanco. Y le dio una instrucción que hoy suena a enigma. Vas a jugar con los materiales. Mancha, pega los papeles como quieras, haz gamas de color. Pero no quiero ninguna figura. Añadió una condición: si veía un cuadrado o cualquier otra forma simétrica, le pediría que agarrara sus cosas y se fuera. Luna manchó durante tres o cuatro sesiones, hasta juntar un altero enorme de trabajos. Se los llevé y me dijo: ‘A ver, ve sacando uno por uno. ¿Qué ves en este?’. Una mano. ‘El que sigue’. Una cara. ‘El que sigue’. Un barco. Hace una pausa, como si aún estuviera en aquel estudio. Cuando terminé, me dijo: ‘Ahora sí, quiero ver eso que viste, sin verlo. No me trabajes la mano, ni el barco: hazme ver la cara’. Ahí comenzó a trabajar siluetas, tonalidades y transparencias, cuestión que ahora es su raíz más profunda. Años después, ya siendo amigos, se atrevió a preguntar el porqué de aquella prohibición a su mentor Torresblanca. La respuesta lo desarma todavía. Me dijo: ‘Estudias arquitectura, estás muy programado al equilibrio, al balance, a la composición. Tienes que romper eso’. Mientras habla, a nuestras espaldas se extiende el mural de Micelio del Vacío (2026, Mixtas sobre MDF, 400x800 cm). Es imposible no notarlo: el artista que ahora hace visible lo invisible es el mismo joven que aprendió a ver sin dibujar. Con esta exposición siento que regresé a esa raíz, concluye. A hacer algo sin verlo. A aprender otra vez. Micelio del Vacío. Un letargo de diez años y un renacer Hay silencios en una trayectoria que no son pausas necesariamente, sino un resurgimiento. En esta parte de la entrevista, cuestiono a Salvador sobre su trayectoria y cómo es que llega hasta el presente. Su camino, hasta aquí, ha sido en pequeños y medianos saltos geográficos: Guadalajara, San Miguel de Allende, la Ciudad de México, Barcelona. Luego, en 2006, el regreso a Michoacán. Aquí empieza el letargo, un año sabático que se volvió una década. Su familia tenía una huerta de aguacate en Uruapan, Mich. y, en el pequeño hotel que él y su esposa administraban, empezaron a llegar especialistas en agricultura orgánica. Les dije a mis hermanos: ¿por qué no hacemos la huerta orgánica?. Me dijeron: ‘si lo haces tú, va’. Aceptó, con una ingenua estrategia: Dije, bueno, un año sabático de arte, me relajo, me concentro en la huerta. Sonríe con ironía. Nada más que ese año se convirtió en diez. No dejó de pintar del todo. Trabajaba con la Galería Mónica Saucedo y de Colima le llamaban para exponer. Pero no con rigor. Estaba muy clavado en el campo. El artista michoacano reflexiona sobre aquel periodo en que se distanció: No perdí. Me gané, porque tuve una conexión con la tierra muy especial. Me reencontré. Esa conexión se coló en la obra de manera orgánica, sin que se diera cuenta. Hizo en ese periodo cromatografías con arenas del volcán Paricutín. Empezó a mezclar tierras en sus piezas casi por instinto: Ah, mira, esta tierra está roja. Al revisar hace poco las obras de aquella época, descubrió algo más: el vacío ya estaba ahí, insinuándose. Entonces la vida dio un vuelco. Su esposa enfermó, y él dejó la huerta para acompañarla. Ella falleció. En esa parte de la entrevista los dos bajamos la voz un poco. Ahí me empecé como a querer agarrar otra vez aire en mi producción, pues entender la vida, porque me quedé como flotando en el limbo y el arte fue mi refugio después de ese vacío y fue como el catalizador que me ayudó a volver a aprender el fuego interior. De ese duelo nació el proyecto donde hoy estamos. Hace cinco o seis años retomó su obra con disciplina, y con ella el concepto que hoy llena la sala. Estaba en una catarsis, saliendo del duelo. Y honestamente empecé a ver a mi esposa en ese espacio, en ese vacío que había quedado en mi vida. De ahí el nombre. Un micelio es la red invisible que crece bajo la tierra y conecta lo que en la superficie parece separado. Salvador Luna hace algo parecido en el mural: une los espacios vacíos entre las figuras hasta formar una estructura orgánica y deja otros sin intervenir para que el espectador complete el resto. Usa tierra de los lugares donde está, como evocando a una conexión con lo más puro, para esta intervención usó tierra de la presa de Coíntzio y carbón de la meseta p'urhépecha, el elemento más violento, pero el que da fertilidad a la tierra. Una producción así de compleja no se hace en soledad ni de repente. Entre quienes lo acompañaron en este proceso, está el curador Gabriel Santamarina. Nos conocemos desde hace tiempo. Coincidimos en Madrid, en algunos lugares. Y él siempre ha tenido el ojo puesto en mi trayectoria desde Barcelona. Fue Santamarina quien lo invitó a una colectiva en el Centro Cultural de México en Madrid. Luna admira su manera de escribir, y su mirada, describe, es muy holística, muy espiritual, contemporánea. Antes de que el proyecto llegara a Morelia, ya se enviaban imágenes. Yo soy pintor, tú eres escritor, le decía. Así empezó un diálogo que sostuvo la curaduría. Sin esa palabra que acompaña a la imagen, el vacío de Luna habría sido, quizá, solo silencio. Para cerrar, le pregunto por sus influencias. Salvador Luna sonríe y esquiva la lista por un momento. Prefiere una anécdota: un día se cruzó con Leonora Carrington en Insurgentes sin saber quién era. A la mitad me empecé a poner nervioso, porque descubrí que era ella. De ella toma la respuesta que dio alguna vez a un reportero: los artistas son ventanas. Me hacen ver el mundo de diferentes maneras, dice. Las primeras ventanas para Salvador se abrieron en Guadalajara, con Ramiro Torreblanca y los artistas que veía en los museos: José Fors, Javier Arévalo, Enrique Oroz. Luego San Miguel de Allende, con Antonio López, Lothar Damm y Margarita Orozco. Después, la Ciudad de México, en una Condesa llena de artistas. Ahí conoció a Arturo Rivera, quien vio pintar a Luna en vivo en un restaurante y le dio su opinión; volvieron a coincidir en Morelia. De Rivera le queda el detalle, ese cuidado minucioso que reconoce también en Julio Galán. Al nombrarlo, baja la voz. Fue ante una retrospectiva de sus primeros trabajos, frente a un autorretrato con un sarape tricolor y un diamante bajo el ojo. Entré en catarsis y empecé a llorar. Mi esposa me decía: ‘¿qué te pasa?’. No fue el realismo, aclara, sino algo más íntimo que le trastocó: Hagas lo que hagas, hazlo con sinceridad. No pretendas. Métete en tu papel. En su lista también está El Bosco. "Guau" dice, y no hace falta explicar más. Al escucharlo, la línea es clara: un pintor figurativo, formado en el detalle, que hoy hace visible el vacío entre las figuras abstractas y evocando al recurso de la pareidolia para el disfrute de su obra. Hay muchísimos artistas que me encantan, cierra, y se queda mirando su mural, como quien revisa una última ventana. Aún es posible conocer el trabajo de Salvador Luna, visítalo en Morelia, en el Centro Cultural Clavijero en la sala 7, en sus horarios acostumbrados y de manera gratuita. José Roberto Morales Ochoa, mexicano, agente cultural, con especialidad en museografía, museos y centros culturales. Instagram: @jrobertomorales Email: imrobertomorales@gmail.com Créditos de fotografías: Alan Emmanuel Reyes Vigil