Adriana Sáenz Valadez I Escribir es un acto de crearse en las palabras. Es atreverse a sumergirnos en lo hondo del sí mismo, nadar en la dirección que cada sonido nos propone. La página en blanco es la pantalla del miedo, del enfrentarnos a nuestros sueños nuestros deseos y a la vez, a la pregunta que nos intriga e inquiere. Desnudarnos para revestirnos nuevxs en la creación, es vivirnos en la simbiosis que el texto nos induce. A mí cada texto me provoca un extraño dolor en el fondo del sueño, un tic tac que me emociona y me induce a pensar sobre qué deseo rasguear. Un placer que me sonríe desde la pantalla, al deslizar los dedos sobre las teclas. Sí, escribo en ordenador. Antes lo hacía en papel; ahora disfruto el tacto de los dedos que provocan un sonido, una melodía personal que me indica que voy flotando, voy surgiendo. Vivo cada uno de los textos con emociones. Algunos, con facilidad; otros, me hacen brincar entre las ideas, entre los momentos, entre las angustias, los recuerdos y los deseos de aquello que aspiro sea parte de mí. En este limbo de situaciones, surgen dos cosas: uno, el texto y otra, la yo, la que se creó en él, la que no era antes de ese rumiar los pensamientos que me llevaron a este amanecer, que debió pasar por la penumbra de la Aurora. II La escritora vasca Karmele Jaio, en la ficción La casa del padre, editado en 2020 por Editorial Planeta, nos lleva a un desplazamiento. Arropadxs por las plumas de los sonidos de las palabras, volamos y nos reflejamos. ¿Cuánto de eso que leemos son los truenos de nuestro pasado? En el revoloteo, el viento-ficción mezcla el conflicto por la página en blanco con los deberes ser de las masculinidades y las feminidades. Esta suerte de manjar, compuesto por palabras, conflictos y emociones nos lleva, platillo a degustación, a pensar nuestros recuerdos, nuestros presentes, nuestras evocaciones. La novela logra mantenernos en vilo. Cada capítulo está construido por diferentes voces. A veces, hay un narrador omnisciente. Ese sabelotodo que puede conocernos, que escupe los pensamientos del protagonista del capítulo, esos secretos que pretendemos guardar apretando bien fuerte los labios, mordiendo los dientes. En otros momentos, aparecen los diálogos. Esa voz, donde el personaje hace uso de la palabra para expresar. Esa, puede, como en toda interacción, mentirnos o ¿mentirse? Como dice el texto: “Las mentiras, cuanto más breves, mejor” (p. 75). Jasone e Ismael, un matrimonio, son los personajes principales. Se conocieron en la facultad cuando deseaban ser escritores. Él, tímido; ella, más intrépida. Con el paso de los años y el cumplimiento de los deberes ser para cada uno, según su género, asumieron labores en la familia y en el ámbito remunerado. Ella trabaja en una biblioteca. Abandonó la escritura creativa porque, a pesar de soñarlo con todos sus neutrófilos, los trabajos de crianza y cuidados le inquirieron muchas horas. Él ya ganó un premio con la publicación de una de sus novelas. En el inicio de la ficción, él se encuentra ante la página en blanco. Sentado todos los días frente al ordenador, siente el peso de haber ganado un premio y el deber-anhelo de escribir algo mejor. Nada. No surge nada. La página en blanco continúa. Así como la carga sobre su espalda, adosada por el peso del miedo, de los pensamientos, del dolor. Su padre ha enfermado y ahora debe cuidarlo. La pesadez la integra el enojo de no atreverse a pensar, aunque sí lo hace, que debería ser su hermana quien lo cuide. ¡Se avergüenza de pensar, de sentir con esa enorme dimensión patriarcal! La voz narrativa nos lo dice: “Una vieja ley que creías superada, de la que creías que te habías desprendido. Una ley que dice que son las hijas las que deben cuidar a sus padres; una ley que resuena en todas partes como el eco en una cueva” (p. 97). Otra piedra más son los recuerdos de su infancia. Criado por un padre patriarcal, que mostraba la masculinidad desde la fuerza, aprendió a aparentar para complacer. Nuevamente, la voz lo inquiere: “Y tú cantando con él, imitando aquella voz noble, aquella voz de hombre. De hombre hombre” (p. 60). Como lo confiesa, esta forma de crianza lo llevó a perderse: de él, del que pudo ser, de las emociones, del contacto, en cierta forma, de la ternura. La narradora nos expresa: “Últimamente, se te ha acrecentado la sospecha de que los hombres de la familia os estáis perdiendo algo” (p. 71). Abierto al diálogo con Jasone, la escucha, la observa. Ella habla sobre sus lecturas feministas. Desde la mirilla izquierda del ojo derecho, se percibe del cambio en ella. Sospecha que ella tiene otra pareja. El miedo de perderla lo atemoriza, así que mejor el silencio. Del padre ha aprendido que callar es la mejor herramienta para apretar las emociones. Incluso cuando ese silencio, lo sabe bien, le provoque dolores de cabeza. Esa ansiedad amordazada por la reserva le aleja, le atormenta, le duele. Recuerda: “No hay nada más potente que el miedo. Es superior al amor” (p. 134). Jasone realiza su trabajo con destreza. Tanta, que incluso le sobra un poco de tiempo. Ha sido la mejor lectora y correctora de los textos de Ismael. Sin su crítica, las ficciones de él no serían lo buenas que son, le dice el editor. Ahora, con las hijas ya crecidas y viviendo fuera de casa, con las palabras de las lecturas subidas en sus pasos, encuentra que desea volver a escribir. ¡Verdaderamente quiere hacerlo! Tiene miedo a la crítica, de haber perdido el talento. Se decide. Escribe en sigilo, no lo comenta, lo piensa. Escribe en las noches, en los desvelos, mientras él ve la televisión, en los momentos en que Ismael no está en casa, en algún café, robándole minutos a los tiempos de la vida cotidiana. El texto surge. Ella se va creando en él. Lo termina. Se encuentra nueva. Él lo siente, sabe que ha cambiado. La mirada, el caminar erguido, la sonrisa, el silencio le dicen que está distinta. Hurga en sus cajones, en el de suéteres, en el de blusas, finalmente en el de ropa interior, lo encuentra. Lee, como niño que sabe es alérgico al chocolate, sabe le hará daño, pero escondido en el clóset no puede dejar de hacerlo. El chocolate recorre el trayecto. Las letras se mueven en sus pupilas. Llega el dulce al estómago y el daño está hecho. Le lastima que ella no le haya contado sobre sus inquietudes, que no le haya participado de sus ideas. Le duele. ¡Es magnífico! Piensa en robarle el texto y entregarlo como suyo. Lo hace. A lo largo del texto sincronizamos nuestros pasos con los de los personajes. Observamos la participación de la educación como formadora de las feminidades y masculinidades en tiempos contemporáneos. La ficción nos presenta el pasado y el presente de Jasone e Ismael. En mucho, son nuestros pasados y nuestros presentes. El baile acompasado mediante el cual, la autora presenta las dificultades de la página en blanco y la producción de las feminidades y masculinidades, nos permite danzar entre la ficción y nuestra propia experiencia formativa. El ritmo del desplazamiento nos sincroniza con el cuestionamiento y nos permite atrevernos. Vislumbramos, entonces, la posibilidad de crearnos en las palabras y, en ello, repensarnos. El final es sorprendente, esperanzador y pleno de ternura. Leerlo es una danza con los recuerdos, el perdón y el (re)encuentro. Adriana Sáenz es doctora en Humanidades, trabaja en la Facultad de Filosofía de la UMSNH y usa toda trinchera para desestabilizar las opresiones: desde la academia, la calle, el pensamiento, el amor, la escritura, la irreverencia.