Erandi Avalos Hay artistas cuya vida parece escrita para el cine: un niño nace en 1949 en un pequeño pueblo serrano de Chihuahua, México, y pasa allí sus primeros años. Su familia es numerosa y sus padres están decididos a sacar a sus hijos adelante, incluso a costa de sus propios sueños. No hay electricidad. No hay televisión. Hay noches colmadas de estrellas o de una luna brillante, y lámparas de petróleo para leer; porque hay libros —entre ellos La náusea, de Jean-Paul Sartre— que pasan de mano en mano por toda la familia, incluida la entrañable nana Lupita. Hay afecto, que invita, de vez en cuando, a contemplar juntos el atardecer, y también hay disciplina. Ese niño, llamado Carlos Torres, llegará a ser Chevalier dans l’Ordre des Arts et des Lettres (Caballero de las Artes y de las Letras), una distinción honorífica otorgada por el Ministerio de Cultura de Francia. En la adolescencia asiste a una escuela mormona y vive con una familia estadounidense. Ahí aprende inglés y fotografía y refuerza un sentido de la disciplina y la organización que marcarán su formación. Su primer contacto con el cine ocurre a través de su padre, quien le contaba con detalle las películas que veía en la capital; de ahí nace una imaginación alimentada por relatos. Más tarde, cuando puede ir al cine por sí mismo, lo recuerda como una revelación. Sueña con ser cineasta, pero finalmente, con el apoyo de su familia, se traslada a la Ciudad de México para estudiar en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado "La Esmeralda". Sin embargo, quiere más. Quiere todo lo que la vida pueda ofrecerle. En el verano de 1974 llega a París con lo esencial: su talento y sus ganas de vivir. Aquí aparece una figura clave en su formación y su destino: el artista de origen venezolano Carlos Cruz-Diez, quien migró a París y desde ahí construyó una importante carrera, destacando por su experimentación e investigación sobre el color. Con él, la vida le da la oportunidad de demostrar que su talento y la disciplina que ha cultivado están listos para florecer. Así, alla maniera de los talleres de los antiguos, se refina como aprendiz de Cruz-Diez y lo que era un trabajo de unas semanas se convirtió en una colaboración de diez años. A pesar de crecer cobijado por un artista ya consagrado, Carlos Torres cuidó su individualidad artística y encontró su propia voz. A la par de su trabajo con Cruz-Diez, se nutre de todo lo que París puede ofrecer y también trabaja en su propia obra, participando en exposiciones colectivas e individuales en América, Asia y Europa. En el 2019, el Instituto Cultural de México en Francia presentó una retrospectiva en el marco de su 40º aniversario. Disfruta de ir a México, pero tiene la certeza absoluta de que este es su lugar. “No soy de los migrantes que corren a buscar tortillas al otro lado de París”, dice entre risas. Desde hace más de dos décadas, vive y trabaja en el quinto piso del cosmopolita y vibrante barrio de Belleville. Su taller es amplio (amplísimo para los estándares parisinos), luminoso y pulcro, pero listo para la acción: denota una personalidad rigurosa y libre a la vez. Sus series son extensas y abarcan decenas de piezas que comparten una singularidad: no tienen título. “Para mí, el arte visual es como la literatura: la obra existe cuando el espectador la completa con la lectura. Por eso yo nunca pongo títulos a mis obras, porque quiero que el espectador sea también activo, creativo y consciente del acto de mirar”. Carlos Torres se permite experimentar libremente, aunque delimita con precisión sus soportes: tela, papel, madera y, en ocasiones, aluminio para intervenciones arquitectónicas. Sobre esa base trabaja con libertad, incorporando elementos poco convencionales, como el fuego o el humo, para generar efectos plásticos inesperados. “Surgen cosas que no estaban previstas”, comenta. Esta técnica tradicional japonesa de tratamiento de la madera, llamada yakisugi (también conocida como shou sugi ban), consiste en carbonizar la superficie mediante un fuego controlado. Su origen es más bien de protección, ya que al quemar la capa exterior, la madera se vuelve más resistente, pero Carlos la utiliza en su serie de paneles de madera para lograr una textura y un color negro profundo muy característicos, que, combinados con partes pintadas e intervenidas con papel, crean una tensión entre dos espacios que se oponen y complementan al mismo tiempo. “La frontera entre la parte quemada y la que no lo está me interesa mucho”. Atento a las sutilezas, habla de esta frontera como si fuera la delgada línea que divide la conciencia de lo inconsciente, la vigilia del sueño o la vida de la muerte. “El humo de la serie Incendios aporta una ligereza que contrasta con la solidez de las figuras geométricas”, dice mientras me muestra varias piezas. Imagino entonces al Carlos-niño fascinado por la llama y las figuras que el humo de aquellas lejanas lámparas de petróleo producía en Peña Blanca, su pueblo. En su obra persiste la dualidad como principio estructural que adopta distintas formas. En las piezas de Inmersiones, esa tensión se lleva al extremo: una pintura sobre tela, ya enmarcada, queda parcialmente sumergida y atrapada en un bloque de cemento. La mitad de la obra permanece visible, mientras la otra mitad queda oculta, sellada dentro de la masa gris. ¿Qué se ve? ¿Qué no se ve? Sabemos que el resto de la pieza existe, pero no tenemos acceso a ella. Comenta: “Algo similar ocurre en las pinturas de la serie Caches (Escondites), que trabajé mucho durante los años ochenta: primero pintaba toda la obra para luego cubrirla casi por completo con negro”. Esa acción convierte la pieza en un cuestionamiento abierto. Yo, por ejemplo, pienso que esta condición atraviesa todo: a las personas, las situaciones, a nosotros mismos. Porque siempre hay una parte inaccesible, una zona que intuimos pero que permanece en la oscuridad, en el silencio. Y, sin embargo, aquello que no se manifiesta —lo invisible, lo oculto— puede tener tanto o más poder que lo revelado, porque en él se concentra un universo en potencia. Otra serie es Dípticos, en la que un fragmento del cuadro se integra perfectamente con el otro lado de la pieza, en una especie de Ying-Yang pictórico. También le interesan la luz y la profundidad: capas, veladuras, planos. El quiere mostrar que siempre “hay algo más ahí”. Carlos ha viajado, le gusta cultivarse y disfrutar del arte y la cultura de otros países: “Mi vida se divide en antes y después de mi viaje a la India”, cuenta. “Ante la India, México parece un país apagado. Me identifico con Maa Kali, que en algunas tradiciones es una manifestación de Durga”. Esta semidiosa, en algunas tradiciones hindues, encarna el tiempo y la transformación, donde lo viejo se disuelve para dar paso a nuevas formas que permiten una renovación profunda del ser. Alegre y elegante, Carlos cosecha los frutos de su trabajo. Es un hombre que se ha hecho a sí mismo, pero sin arrogancia: con gratitud hacia quienes le enseñaron y lo apoyaron en el camino. En su interior habita lo mejor de ambos mundos: la sensibilidad y la sencillez de un niño mexicano de provincia y la sofisticación de un creador y pensador que supo cumplir su sueño de ser artista en una gran ciudad. Erandi Avalos, historiadora del arte y curadora independiente con un enfoque glocal e inclusivo. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte Sección México y curadora de la iniciativa holandesa-mexicana “La Pureza del Arte”. erandiavalos.curadora@gmail.com