VERTEBRAL | El prodigio, o las complejidades de la naturaleza humana

En esta película de época se han cuidado los detalles estéticos y técnicos, logrando complejidad dentro de la sencillez.

Erandi Avalos

Hay historias en las que caben muchas historias, y la película El prodigio (The wonder, 2022), basada en el libro de la escritora irlandesa Emma Donoghue, es una de ellas. Dirigida por Sebastián Lelio, cuyos trabajos anteriores ya habían sido laureados, cuenta con un afortunado reparto encabezado por Florence Pugh.

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En esta película de época se han cuidado los detalles estéticos y técnicos, logrando complejidad dentro de la sencillez. Por una parte, la historia que aporta Donoghue desde su novela y luego colaborando en el guion, es un laberinto de elementos humanos en los que se tocan temas universales de una manera sutil y a la vez brutal. Históricamente, dos elementos dieron inicio a uno de los acontecimientos más trágicos de la humanidad: la Gran hambruna irlandesa, que comenzó en 1845; nación que era entonces parte del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. Uno fue la plaga de tizón que acabó con el cultivo de la papa en Irlanda, y que afectó a toda Europa y la otra las inadecuadas prácticas políticas inglesas sobre la agricultura irlandesa de ese tiempo. En El prodigio, ubicado en la provincia en el año 1862, vemos secuelas de esta época y simbólicamente el hambre y el comer, son los ejes de la trama. El personaje de Anna, encarna los antecedentes de lo que hoy se conoce como trastornos alimenticios, que ya en la época victoriana se manifestaron relacionados con el fanatismo religioso, con las jóvenes conocidas como mujeres ayunadoras.

En el caso de Anna, este ayuno es forzado por su madre, y a la vez aceptado por ella como una penitencia necesaria que salvará a su hermano y a ella misma de un pecado mortal que, a mi juicio, es el tema más oscuro y profundo de la trama: el incesto producto de la violación de su hermano contra ella. Este tema tabú tiene una vigencia innegable y da para reflexiones desde jurídicas hasta religiosas. En la película es el desencadenante de situaciones psicológicamente complejas, en las que cada personaje actúa según su bagaje y creencias, siendo el merecimiento de morir el más drástico. He aquí que Anna, dentro de su ingenuidad e inocencia, confiesa que también amaba a su hermano. En la mitología griega, el incesto y violaciones son recurrentes, por ejemplo, Zeus habría cometido incesto con dos de sus hermanas: Demetra y Hera. En todo caso, los infantes jamás deberían de tener que pasar por situaciones así.

La sexualidad como causa de dolor y de placer es, al igual que la comida, una de las necesidades humanas que, dependiendo de muchos factores, pueden provocar grandes alegrías o fatales desgracias. Otro tema clave es la maternidad y cómo cada mujer la vive desde su propia naturaleza en conjunto con sus circunstancias. Mientras la madre de Anna, interpretada por Elaine Cassidy (que es madre de la actriz adolescente en la vida real) considera que el sacrificio a muerte de sus hijos es lo correcto para su salvación, Lib Wright, sufre por la pérdida de su bebé y urde un plan para salvar a Ann, y convertirla en su propia hija.

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Los conflictos por diferencias religiosas han estado presentes en la humanidad por siglos y aquí se retratan desde un caso muy particular, pero como sabemos han sido el móvil de enfrentamientos y atentados en todo el mundo, lo cual es absurdo y paradójico, ya que se supone que la religión debería de fomentar ser mejores personas en todos los casos y lamentablemente no es así.

La vida y la muerte se manejan de forma y simbólica, resumiendo el cómo una persona puede renacer en esta vida. Si el fuego del infierno purifica, según el catolicismo, en vida el fuego al quemar el pasado permite renacer dejando atrás lo que no funciona, así sea lo que se considera como más querido.

Resulta interesante la incursión de la fotografía en tres momentos clave: con el retrato póstumo del hijo (que seguramente murió forzado por la madre para expiar sus acciones), cuando retratan a Anna sola, y al final con su nueva familia. También lo es el preponderante papel del periodismo, su poder e influencia en los acontecimientos de interés general y su capacidad de atraer o desviar el interés por un suceso.

La iluminación es excelente, logrando un lenguaje místico. Cada toma tiene una composición casi pictórica, en la que cada elemento significa. La colorimetría es sobria, y no es casualidad que los colores azul y verde tengan tanta presencia, ya que Irlanda es conocida también como La Isla Esmeralda, por sus verdes paisajes. Otro simbolismo puede ser la relación con el patrono irlandés, San Patricio. Originalmente en su festividad el azul era utilizado, pasando después a ser el verde y que él usaba para predicar el trébol de tres hojas como alegoría de la Santísima Trinidad.

Los movimientos de cámara son pocos y sutiles, la edición limpia y fluida. El inicio y final retoman lo que en el teatro se conoce como el rompimiento de la cuarta pared; y en el cine se conoce como off heterogéneo, es decir, cuando deliberadamente se da un contacto directo con el público. Esto nos remite a las frágiles fronteras entre historias ficticias y reales y cómo muchas veces se tocan sin que apenas lo notemos.

Las lecturas de este filme pueden variar dependiendo de quién las observa, pero logra conectar con lo profundo de la naturaleza humana y eso la coloca en la categoría del cine de arte que vale la pena ver.

Erandi Avalos, historiadora del arte y curadora independiente con un enfoque glocal e inclusivo. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte Sección México y curadora de la iniciativa holandesa-mexicana “La Pureza del Arte”. erandiavalos.curadora@gmail.com