Sobre leer cuando una está cambiando

¿Sientes nostalgia por las horas que pasabas leyendo antes? Una emotiva mirada a cómo cambia nuestra relación con las palabras al ser adultos y mamás.

Libros acumulados en la mesa de noche de una lectora adulta con poco tiempo
Los libros siguen ahí, pero la forma en que los habitamos cambia con las etapas de la vida.

Hace unos días me encontré pensando en algo que me incomodó más de lo que quisiera admitir: ya no leo como antes.

No me refiero a que haya dejado de leer. Los libros siguen ocupando espacios importantes en mi vida. Siguen acompañándome en la mesa de noche, en la bolsa, en los ratos robados entre pendientes. Pero es verdad que ya no leo de la misma manera que hace algunos años.

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Antes podía desaparecer durante horas dentro de una historia. Podía pasar una tarde entera avanzando cientos de páginas sin levantar la vista. Podía llevarme un libro de vacaciones y terminarlo antes de que acabara el viaje. Hoy, en cambio, muchas veces leo unas cuantas páginas antes de quedarme dormida o escucho un audiolibro mientras manejo de una actividad a otra.

Durante mucho tiempo pensé que eso significaba que me estaba alejando de la lectura. Pero últimamente he comenzado a sospechar que quizá no se trata de eso. Quizá simplemente estoy cambiando.

Y mientras trato de entender qué significa ser lectora en esta nueva etapa de mi vida, mi hija mayor acaba de descubrir algo extraordinario: leer.

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Desde que aprendió, se la pasa leyendo todo lo que encuentra a su alrededor. No exagero. Lee los letreros de las calles, la publicidad en los espectaculares, los nombres de las tiendas, las cajas de cereal, los menús de los restaurantes y hasta las botellas de shampoo mientras se baña.

A veces estamos haciendo cualquier cosa y de pronto escucho una voz emocionada descifrando palabras que para mí habían pasado completamente desapercibidas.  Y me da muchísima ternura. Porque estoy siendo testigo de algo que solo sucede una vez en la vida: el momento en que una persona descubre que las palabras están en todas partes.

Mientras la observo, recuerdo que durante años asocié la lectura con los libros. Con las novelas que me marcaron, las historias que me acompañaron y los autores que ayudaron a construir la persona que soy.

Pero verla me ha recordado algo que había olvidado: leer es mucho más grande que los libros. Leer es encontrar significado. Leer es descifrar el mundo. Leer es conectar.

Para una niña que acaba de aprender, no existe diferencia entre una obra clásica y la etiqueta de un envase. Todo es igualmente fascinante porque todo representa una posibilidad nueva de comprender lo que la rodea. Y hay algo profundamente hermoso en eso. Tal vez porque los adultos tendemos a complicarlo todo.

Hablamos de hábitos lectores, de metas de lectura, de listas pendientes, de los libros que deberíamos haber terminado este año. Nos preocupamos por si estamos leyendo suficiente o por si estamos leyendo lo correcto. Mientras tanto, una niña celebra haber descubierto lo que dice una caja de galletas, y en esa alegría hay una lección importante.

Hace poco me sorprendí extrañando a la lectora que fui. La adolescente que podía encerrarse durante horas con un libro y olvidarse del resto del mundo. La que llevaba novelas a todos lados. La que era capaz de pasar una tarde completa leyendo sin sentir culpa por el tiempo invertido. La que se llevó Harry Potter a la playa y prefirió quedarse bajo una sombrilla leyendo en lugar de meterse al mar. La que esperaba con desesperación el siguiente libro de una saga. La que medía el paso del tiempo en historias terminadas. Durante unos momentos sentí nostalgia por ella. No porque quiera volver a ser exactamente esa persona, sino porque tenía algo que hoy parece escaso: tiempo.

Tiempo para perderse. Tiempo para aburrirse. Tiempo para leer sin interrupciones. Pero después pensé en todo lo que ha ocurrido desde entonces. Esa adolescente creció. Se convirtió en periodista. Se convirtió en promotora de lectura. Se convirtió en mamá. Y ahora también está aprendiendo a convertirse en emprendedora. Es natural que sus días ya no se parezcan a los de antes.

Y quizá ahí está el error que cometemos muchas veces: pensar que nuestras pasiones deberían permanecer intactas mientras nuestra vida cambia por completo. Los libros no cambiaron, la que cambió fui yo. Y eso no necesariamente es algo triste.

Porque mientras yo extraño a veces a la lectora que fui, también estoy viendo nacer una nueva lectora frente a mis ojos. Una que todavía se emociona con cada palabra nueva. Una que no distingue entre literatura, publicidad o instrucciones impresas en un envase. Una que está descubriendo que las historias, los mensajes y las ideas habitan en todas partes. Y mientras la observo, entiendo que la lectura nunca fue únicamente una actividad, fue una forma de relacionarme con el mundo.

Esa forma ha cambiado muchas veces a lo largo de mi vida. Cambió cuando acompañaba a mi mamá a su trabajo y me refugiaba entre los libros que encontraba por ahí. Cambió cuando descubrí las sagas juveniles que me hicieron enamorarme de las historias. Cambió cuando empecé a leer para entender mejor el mundo. Y vuelve a cambiar ahora, cuando intento equilibrar el trabajo, la maternidad, los proyectos personales y todo lo demás que cabe dentro de una vida adulta.

Quizá por eso me gusta tanto mirar a mi hija leer. Porque me recuerda que la curiosidad sigue ahí, que el asombro sigue ahí. Que la lectora sigue aquí, aunque ya no tenga las mismas rutinas ni los mismos horarios.

Últimamente leo menos de lo que me gustaría, es verdad. Pero también paso mis días viendo a una niña descubrir el significado de las palabras que encuentra en los letreros, en los empaques y hasta en las botellas de shampoo. Y mientras la observo, recuerdo a la adolescente que llevaba Harry Potter a la playa y prefería quedarse leyendo bajo la sombrilla en lugar de entrar al mar. Son personas distintas, habitan vidas distintas, pero ambas comparten el mismo asombro frente a las palabras. Y quizá eso es lo que realmente importa.

No cuántos libros leemos en cada etapa, sino que nunca dejemos de maravillarnos ante las historias que nos ayudan a entender quiénes somos mientras seguimos cambiando.

Yazmin Espinoza es Comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.

Instagram: @historiasparamama