Celebra el 151 aniversario del natalicio del poeta mexicano Amado Nervo con cinco de sus poemas

De formación michoacana, este célebre poeta creador de versos profundos e inolvidables vivió una buena parte de su vida en Jacona y Zamora, Michoacán.

Redacción / La Voz de Michoacán

Ciudad de México. Amado Nervo fue uno de los principales representantes del modernismo en México, movimiento que exaltó los profundos sentimientos de hastío, evasión, tristeza, soledad, amor, libre expresión de la sexualidad y erotismo. Su vida en sí fue un tanto trágica, pues las muertes y desapariciones de sus familiares se ve reflejado en la escritura de su obra.  

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Su verdadero nombre era Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo, nació el 27 de agosto de 1870 en Nayarit, y ahí transcurrió su infancia hasta que su padre falleció en 1879,  al poco tiempo se suicida su hermano Luis. Después de esos dolorosos sucesos, se traslada a Jacona, Michoacán para estudiar en el Colegio de San Luis, y posteriormente, seguir sus estudios en el Seminario de Zamora, los cuales tuvo que abandonar por problemas familiares.

Su primera obra fue publicada a finales de 1895 y se llamó El Bachiller, y durante los tres años posteriores, publica sus primeros libros de poemas: Perlas negras y Místicas, aunque algunos de sus poemas ya habían aparecido con anterioridad en periódicos y revistas.

En 1900, trabajó para el periódico El imparcial, y se convierte en su corresponsal en París, lugar donde conoce al escritor Rubén Darío y otros escritores con los que entabla una buena amistad. Además, conoce a al gran amor de su vida, Ana Cecilia Luisa Dailliez, con la que pasa 10 años a su lado hasta que ella muere en 1912.

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Amado Nervo murió la mañana del 24 de mayo de 1919 en Uruguay, lugar donde se ejercía como ministro plenipotenciario, y su cuerpo fue trasladado a México para sepultarlo en la Rotonda de Hombres Ilustres.

Te dejamos una pequeña muestra de la grandeza de Nervo.

¿LLORAR? ¡PARA QUÉ!

Lágrima a lágrima lo formé;
una vez hecho, te juro, por
Cristo, que nunca más lloraré.
¿Llorar? ¡Por qué!

Serán mis rimas como el rielar
de una luz íntima, que dejaré
en cada verso; pero llorar,
¡eso ya nunca! ¿Por quién? ¿Por qué?

Serán un plácido florigelio,
un haz de notas que regaré,
y habrá una risa por cada arpegio…
¿Pero una lágrima? ¡Qué sacrilegio!
Eso ya nunca. ¿Por quién? ¿Por qué?

EL PRIMER BESO

Yo ya me despedía.... y palpitante
cerca mi labio de tus labios rojos,
«Hasta mañana», susurraste;
yo te miré a los ojos un instante
y tú cerraste sin pensar los ojos
y te di el primer beso: alcé la frente
iluminado por mi dicha cierta.

Salí a la calle alborozadamente
mientras tú te asomabas a la puerta
mirándome encendida y sonriente.
Volví la cara en dulce arrobamiento,
y sin dejarte de mirar siquiera,
salté a un tranvía en raudo movimiento;
y me quedé mirándote un momento
y sonriendo con el alma entera,
y aún más te sonreí... Y en el tranvía
a un ansioso, sarcástico y curioso,
que nos miró a los dos con ironía,
le dije poniéndome dichoso:
-Perdóneme, Señor esta alegría.

EN PAZ

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

¡OH CRISTO!

Ya no hay un dolor humano que no sea mi dolor;
ya ningunos ojos lloran, ya ningún alma se angustia
sin que yo me angustie y llore;
ya mi corazón es lámpara fiel de todas las vigilias,
¡oh Cristo!

En vano busco en los hondos escondrijos de mi ser
para encontrar algún odio: nadie puede herirme ya
sino de piedad y amor. Todos son yo, yo soy todos,
¡oh Cristo!

¡Qué importan males o bienes! Para mí todos son bienes.
El rosal no tiene espinas: para mí sólo da rosas.
¿Rosas de Pasión? ¡Qué importa! Rosas de celeste esencia,
purpúreas como la sangre que vertiste por nosotros,
¡oh Cristo!

UNA FLOR EN EL CAMINO

La muerta resucita cuando a tu amor me asomo,
la encuentro en tus miradas inmensas y tranquilas,
y en toda tú... Sois ambas tan parecidas como
tu rostro, que dos veces se copia en mis pupilas.
Es cierto: aquélla amaba la noche radiosa,
y tú siempre en las albas tu ensueño complaciste.
(Por eso era más lirio, por eso eres más rosa.)
Es cierto, aquélla hablaba; tú vives silenciosa,
y aquélla era más pálida; pero tú eres más triste.