Michoacanos llegan hasta Turquía y bailan nuestras tradiciones

Estos jóvenes son integrantes del grupo de danza folklórica Tumbi Uarhari. Todos ellos son originarios del modesto municipio de Taretan, Michoacán.

Foto: Especial. Durante el baile las mujeres giraban como rehiletes mientras los hombres las seguían con un afán de cortejo.

El Universal / La Voz de Michoacán

Ciudad de México. Entre luces amarillas y pantallas que proyectan paisajes, 16 bailarines mexicanos aparecen en un escenario poco habitual para ellos: un teatro en la ciudad de Bursa, Turquía. Las mujeres impresionan con sus vestidos largos de distintos colores y los hombres con sus trajes de charro. Juntos comienzan un coro de zapateado al compás del Son de la negra, una de las piezas de mariachi más representativas de Jalisco.

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Foto: Facebook

Estos jóvenes son integrantes del grupo de danza folklórica Tumbi Uarhari. Todos ellos son originarios del modesto municipio de Taretan, Michoacán. Hasta ese momento solamente se habían presentado en algunas partes de la República Mexicana; ésta fue su primera exhibición en el extranjero.

"Meses de ensayo y arduo trabajo terminan en presentaciones de cinco minutos ante miles de personas y seis jueces. Buscábamos enamorar con nuestra música, baile, vestuario y personalidad, y se logró", dijo en entrevista con El UNIVERSAL Ernesto Mejía Martínez, coreógrafo y director del grupo.

La mirada de los espectadores provenientes de Europa y Asia se concentraba en no perder detalle de las distintas formaciones que los Tumbi mostraban. Algunos chiflaban junto a los bailarines; otros gritaban "¡Eppa!" y marcaban el ritmo con los pies.

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Durante el baile las mujeres giraban como rehiletes mientras los hombres las seguían con un afán de cortejo. Al finalizar los primeros acordes de guitarra, los aplausos se hicieron presentes. Luego de tres presentaciones del 16 al 18 julio con piezas de Jalisco, Chihuahua y Nuevo León, los Tumbi fueron galardonados con mención honorífica al obtener el primer lugar de baile folklórico de entre 23 países más que participaron, como Venezuela, Italia, Argentina y otros en el 33º Festival Internacional de Danza Folklórica en Turquía.

Para los Tumbi la oportunidad fue "cosa del destino" cuando el coreógrafo Iván Rodríguez les ofreció ser los representantes de México en Turquía debido a que su grupo no podía cubrir los gastos. Al aceptar el reto el grupo pasó por muchas dificultades, como la falta de apoyo económico de las autoridades de su municipio para solventar su viaje. Entonces decidieron botear en las calles, un recurso por el que optaron desde hace cuatro años.

La meta era juntar 1 millón 800 mil pesos, 45 mil por cada integrante que haría el viaje a Turquía. El grupo de los Tumbi tiene a 40 miembros (25 hombres y 20 mujeres), todos ellos, incluidos familiares y amigos, se involucraron en la venta de chocolates y se organizaron para alcanzar el objetivo.

Sin embargo, por la escuela, el trabajo u otras cuestiones no todos pudieron asistir y sólo juntaron lo necesario para costear el viaje de 16 bailarines. A partir de ese momento los Tumbi se dedicaron exclusivamente a ensayar sin cesar en el lugar que siempre ha sido su escuela: la plaza municipal del centro de Taretan, hasta que el momento de volar llegó.

"Presentarnos en un escenario al otro lado del mundo, un escenario por el que luchamos, y ver la reacción del público y escuchar sus aplausos hacen que al final las tardes bajo el sol boteando y todo el esfuerzo valga la pena", admite Paola Ibarra, una de las bailarinas que mostró su talento en Europa.
En los tres años que Paola y sus compañeras Yunuén Rodríguez y Erika Valencia han sido integrantes de los Tumbi entendieron que el folklor no se trata sólo de bailes, sino también de la constancia, de cómo ésta desarrolla habilidades, y de que el esfuerzo puede superar cualquier obstáculo.

Por esta razón los Tumbi consideran que su mayor fortaleza es el compañerismo que hay entre ellos, porque eso los enseñó a encontrar formas para dar a conocer su trabajo en entidades como Jalisco, Veracruz, Ciudad de México, San Luis Potosí y Morelos. De este modo, el grupo se ganó el reconocimiento del público y hoy es considerado como uno de los mejores conjuntos de danza folklórica de Michoacán.

"Todos somos amigos. No existe la competencia entre nosotros. Cuando entramos al grupo no sabíamos cómo maquillarnos y las compañeras eran quienes nos arreglaban y ahora hacemos lo mismo con las nuevas", señalaron las bailarinas.

A las tres jóvenes el amor por la danza les llegó por los ojos. Cada tarde, después de la escuela, pasaban largas horas viendo a los Tumbi bailar en la plaza municipal. Al ser muy chicas y debido a que los ensayos terminan en la noche, sus padres no las dejaron participar hasta que cumplieran 15 años.

En sus secundarias, recordaron, no enseñan más allá de "La danza de los viejitos", baile tradicional folklórico de Michoacán. En cambio, ellas se imaginaban como los Tumbi: portando vestidos coloridos, listones en su cabello y tacones en sus pies. "Los veía moverse y mi cuerpo respondía", dijo Yunuén Rodríguez entre risas.

Una vez que tuvieron el permiso de sus papás, tomaron su falda tipo Adelita y se dirigieron con el director Ernesto Mejía, quien les explicó que el único requisito para entrar en el grupo es tener gusto por el baile, ya que la disciplina haría que habilidades como la postura del cuerpo o el manejo de la respiración llegarían a su tiempo. Primero las tres amigas aprendieron bailes como el Jarabe tapatío (Jalisco); luego Jarocho (Veracruz); Jarana (Yucatán), y por último Polcas (estados del norte), entre otros. Ni el cansancio ni sus obligaciones escolares las detuvieron para asistir cuatro veces a la semana a practicar cada coreografía. Así, sin darse cuenta, la danza se convirtió en una parte muy importante de su vida.

Inicia la tradición

Tumbi Uarhari significa, en lengua purépecha, "joven danzante". Comenzó en 2007, cuando seis amigos, entre ellos Ernesto, decidieron reunirse para practicar bailes regionales. El nombre lo eligieron con el fin de transmitir su pasión por la danza, recuperar una lengua tradicional de Michoacán y demostrar sus raíces a donde fueran. En un inicio se reunían en un salón que el Centro de Bachillerato Agropecuario (CBTA 89) les prestaba. Así, durante cuatro horas cada día, practicaban para mejorar y sacar el estrés de sus cuerpos. Sin previo aviso, la escuela dejó de darles acceso al lugar y tuvieron que mudarse a la calle, y la plaza municipal terminó siendo su refugio y su escenario de ensayo, a la vista de todo el pueblo de Taretan.
Una vez instalados allí, junto con una bocina, la luz de los faroles y el sonido de sus pisadas, los Tumbi comenzaron a llamar la atención de los vecinos y pronto el número de integrantes aumentó.

Con los años Ernesto se convirtió en el director y coreógrafo, y opina que a la mayoría de los Tumbi les gustaría desarrollar una carrera profesional y académica en la danza; sin embargo, esta ilusión es lejana, pues en Taretan no hay escuelas especializadas.

Para hacerlo, explicó, los bailarines tendrían que trasladarse casi 42 kilómetros hasta Uruapan, un municipio vecino que "tiene una que otra escuela" o irse a vivir a la Ciudad de México y solventar colegiaturas que van de 30 a 50 mil pesos por año. Otra opción sería conseguir una beca.
En ese sentido agregó que la mayoría de los Tumbi no cuentan con un trabajo fijo, mientras que algunos son estudiantes y sus padres se dedican a la siembra de caña de azúcar, por lo que no tienen un salario seguro con el que puedan apoyarlos.

Datos de Taretan indican que la principal actividad económica a la que se dedica cerca de 16% de los 12 mil habitantes del municipio se relaciona con el cultivo, producción y molienda de este tallo. Gracias a ello, la ciudad se posiciona como el mayor vendedor de azúcar en Michoacán.

"Por lo regular a los campesinos les pagan 5 mil pesos cada medio año. El resto del tiempo deben laborar como obreros o peones en una empresa azucarera", señaló Paola Ibarra, ya que su papá se dedica a este tipo de actividades en el campo.

Integrantes de los Tumbi consideran que su municipio destina más ayuda e instalaciones a los equipos de futbol y basquetbol que a la danza. Asimismo, denuncian que, hace un año, el único centro cultural que hay en Taretan fue despojado de su biblioteca y de un museo que albergaba. El lugar ahora se utiliza para dar pláticas sobre la Biblia.

"Creo que a todos en el grupo les encantaría estudiar una carrera en danza, pues nos encanta. También quisiéramos un salón donde pudiéramos acomodarnos sin temer por la lluvia o el sol", resaltó Paola.

El costo del folklor

Tumbi Uarhari ha ganado más de 10 premios y reconocimientos de diferentes competencias en México. A pesar de las carencias, siempre han buscado cumplir con todos sus compromisos a lo largo del país. La principal dinámica para financiar sus actividades y mantener activo el grupo es salir a las calles a recaudar dinero bailando en los semáforos o vendiendo dulces y postres afuera de las escuelas.

Con las ganancias que obtienen los Tumbi, acuden a las mercerías, eligen rollos de tela según la temática del baile que presentarán y las llevan con Ernesto, quien confecciona un traje para cada uno en el sótano de su casa, con dos máquinas de coser. Por separado, cada integrante se dedica a elaborar sus accesorios, como aretes, collares anillos, pulseras, tocados u otros objetos indispensables para sus coreografías.

"Siempre hemos solicitado apoyo y se nos niega o no responden, por eso decidimos que lo mejor es adquirir los recursos nosotros mismos. A donde quiera que nos inviten, vamos. Juntos lo hacemos posible", declaró el director del grupo.

En ese sentido, Valeria Aguilar Altamirano, bailarina de la compañía Estampas de México, indicó que un traje de folklor puede llegar a costar 10 mil pesos; el precio varía si está hecho a mano o si lleva pedrería. A esto se le suma el mantenimiento de los vestuarios, como tintorería y bolsas especiales para guardar las prendas, además del costo de los accesorios y el calzado, que llega a valer hasta 2 mil pesos.

En su experiencia, dice, un estudiante de danza gasta un total de 50 mil pesos por año en cuadernos, trajes, clases particulares y demás, sin contar la colegiatura. Si el alumno es foráneo, la cantidad aumenta considerablemente, ya que se debe añadir el pago de renta, servicios, comida, pasajes y otros gastos necesarios.

En un futuro el deseo de los Tumbi es animar a más jóvenes a involucrarse en la danza folklórica, ser un ejemplo de que el compromiso es lo único que se necesita para cumplir un objetivo: ser bailarines profesionales.

"Bailar y ver las expresiones del público siempre nos ha hecho sentir que hacemos algo importante, y eso nos reconforta y nos llena de más ganas de demostrar lo orgullosos que estamos de ser mexicanos", concluyeron los bailarines.