El silencio del mundo

Gustavo Ogarrio Salí a tirar la basura de noche como a tres calles del departamento donde vivo. De regreso, por primera vez en mi vida, escuché el silencio del mundo. Era un silencio que venía de muy lejos, quizás de todos los lugares y de ninguno. Era un silencio a veces atroz y a veces …

Gustavo Ogarrio Salí a tirar la basura de noche como a tres calles del departamento donde vivo. De regreso, por primera vez en mi vida, escuché el silencio del mundo.

Era un silencio que venía de muy lejos, quizás de todos los lugares y de ninguno. Era un silencio a veces atroz y a veces reconfortante. Un silencio de bocas como cuevas. Un silencio que cabalgaba desde el siglo XVI y que había recalado en la playa de Argeles, en Francia.

Un silencio a veces reumático, recolector de ternuras arcaicas que nos vienen salvando del momento en el que la Tierra es caos y confusión, de esa oscuridad que envuelve el abismo y los volcanes, las aguas y los estacionamientos; un silencio de besos que quedarán pendientes por los siglos de los siglos, de promesas que se deshacen en las manos de la pandemia.

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Un silencio que entona himnos futuros como apologías de la especie humana: valientes las gargantas y las narices y los ojos para hacer que el miedo se adapte mejor a las sombras en las que nos vamos convirtiendo. Estoy hablando de un silencio en forma de paraguas que se abre porque ya comienzan a llegar las lluvias y hay que protegerse no sólo del virus sino también de los aguaceros que irradian esa frescura en la que dejamos de ser débiles enigmas que no saben cómo escapar de este mundo que se clausura en abrazos, besuqueos y palabras.

Quisiera decir que este silencio no es un simple muro de proyecciones casi cinematográficas, un amasijo de nostalgias ineficaces en las que trabajan las ondas idealizadas del pasado y que llegan hasta nosotros en forma de imágenes cristalinas.

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En este silencio no hay prisa: lo que está llegando también vibra en lo más recóndito de la ausencia, tan cierto como las cortinas rojas de la casa en mi infancia y cuya textura era tan rugosa como la basura que he tirado en el camión de los tapabocas negros o como los pasos que voy dando en medio de esta llovizna sin tiempo.