Era una ciudad

Gustavo Ogarrio Era una ciudad desnuda de gente, como si le hubieran arrancado del abdomen o del vientre o del torso esa vestimenta tejida durante siglos, la de millones de rostros cayendo en el abismo lacustre del absurdo, ese ir y venir que se descompone a su vez en más millones de partículas hambrientas de …

Gustavo Ogarrio

Era una ciudad desnuda de gente, como si le hubieran arrancado del abdomen o del vientre o del torso esa vestimenta tejida durante siglos, la de millones de rostros cayendo en el abismo lacustre del absurdo, ese ir y venir que se descompone a su vez en más millones de partículas hambrientas de sodio, quesadillas y refrescos.

Era una ciudad monstruosamente bella en la tragedia silenciosa de despojarse de sí misma, con su diabetes y su hipertensión en peligro de muerte; con su canto gregoriano del mediodía en sinfonía esperpéntica con los sonidos ahora apagados de los mercados.

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No tengo memoria alguna de un infarto de esta naturaleza: yo corrí por el interior del Mercado de Coyoacán cuando era niño sin que jamás se detuviera el torrente sanguíneo de las máscaras y las piñatas y las carnitas y los atoles a punto de entrar a la era del plástico; en los hospitales todavía alcanzaba para morir en la resignación absurda del “se hizo todo lo posible”.

Ahora me entrometo en la vida íntima de la avenida Circunvalación y veo su triste aletear de pájaro moribundo, con su cambio de velocidad en la venta de flores y sartenes, con su tendido de puestos en el que las risas sin tapabocas no son suficientes para animar la circulación de los pesos, de los billetes devaluados en el anochecer de los tiempos.

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Mis casi cincuenta años me van liberando de ciertos olores, pero también huelo que la muerte se aproxima y se viene haciendo publicidad desde otros países; huelo el miedo en su raíz de tormenta, empezando por el mío, que se refugia en esta inmovilidad sin pedestal que tampoco culminará en la metamorfosis de los lagartos.

He visto lo que vendrá en la sonrisa chimuela del hambre…en esta desolación de cuerpos encerrados que se enfrentan a los cuerpos que, viviendo, sobreviven. Era una ciudad lavada a mano por la pandemia, en su granizada de temores, envuelta en este purgatorio global que todo lo convierte en fantasma.