2020

Sobrevivir, respirar… recordar con ternura a las y los que se fueron…nadie se salva solo, ahora ya lo sabemos.

Gustavo Ogarrio

¿Qué fue este año 2020? ¿Fue un año o una década o una era o un estallido de silencios o un simple detenerse al borde del abismo? ¿Qué se le puede decir a los demás del año que comienza? Sobrevivir, respirar…recordar con ternura a las y los que se fueron…nadie se salva solo, ahora ya lo sabemos: lo individual es también colectivo. Todo esto lo digo con este romanticismo arcaico y mi caminar de perico triste. El año de la pandemia. El siglo de la espera. El silencio de los tapabocas. La era del envejecimiento prematuro en las manos.

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Escribe la poeta Olga Orozco, en un poema que podemos evocar para comprender indirectamente este tiempo del envejecer de las manos: “¡Qué sola estará hoy, detrás de las inútiles paredes, / tu morada de hierros y de flores! / Abandonada, su juventud que tiene la forma de tu cuerpo, / extrañará ahora tus silencios demasiado obstinados, / tu piel, tan desolada como un país al que sólo visitaran cenicientos pétalos / después de haber mirado pasar, ¡tanto tiempo!, / la paciencia inacabable de la hormiga entre sus solitarias ruinas. / Espera, espera, corazón mío: / no es el semblante frío de la temida nieve ni el del sueño reciente. / Otra vez, otra vez, corazón mío: / el roce inconfundible de la arena en la verja, / el grito de la abuela, / la misma soledad, la no mentida, / y este largo destino de mirarse las manos hasta envejecer”.

¿Qué momentos nos explican a nosotros mismos? Los árboles y seres que extrañamos…los momentos como epifanías que se alojan en la memoria. Escribe Antonio Lobo Antunes: “¿Qué música sería aquélla, casi sin nexo, transida entre las copas de los árboles, explicándome a mí mismo? O no música: más bien un hilillo de sonido. Aún debe de estar, cerca de Dortmund, siempre que un tren se queda por allí a la espera, en invierno, y la lluvia aumenta la sombra de los abetos”.

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