Time stand still

Gustavo Ogarrio Siempre me llamó la atención esa simbología triangular: tres bolas sombreadas en el rojo apagado de la portada de un disco memorable; tres huellas digitales de colores en cierto álbum recopilatorio; el show en vivo de las manos intrépidas una larga noche de octubre de 2002 en México. Rush y su tiempo para …

Gustavo Ogarrio

Siempre me llamó la atención esa simbología triangular: tres bolas sombreadas en el rojo apagado de la portada de un disco memorable; tres huellas digitales de colores en cierto álbum recopilatorio; el show en vivo de las manos intrépidas una larga noche de octubre de 2002 en México. Rush y su tiempo para siempre detenido con la muerte de Neil Peart.

Rush: el acoplamiento entre la voz (al comienzo aguda de Geddy Lee, pero después ya templada por el tiempo y por la arquitectura de un estilo), la guitarra de Alex Lifeson (“hijo de la vida” y de ese viaje tan suyo que va del blues al hard rock…dicen que crudo y limpio al mismo tiempo) y la batería de Neil Peart (ese milagro de constancia y precisión jazzística que da vuelcos de claridad hacia los cambios de compás… que también son locura de pies y manos que avanzan atados en su independencia motriz).

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Quizás fue la ternura de “Closer to the Heart”: filósofos y labradores en marcha hacia la utopía de un mundo simplemente más cerca del corazón. También pudo ser esa columna de acordes básicos en “Working Man” y que escalaban hacia la mano araña en la guitarra para volverse la apoteosis de un trabajador del capitalismo metropolitano que no tiene tiempo para vivir, tan sólo para beber una cerveza y preguntarse por qué no sucede nada. O la guitarra inicial de “Fly by Night”, que es casi una leyenda emocional, una invocación giratoria de la partida: vuela de noche y lejos de aquí.

Pero para nosotros fue esa oración pop del tiempo congelado, el aprendizaje de la vida que se detiene en los platillos: “Times Stand Still”; cerrar los ojos mientras la inocencia se fuga entre los coros de Aimee Mann, entre la letra del mismo Neil Peart y esa dulzura pop para hablarnos del tiempo indetenible y que, al adaptarse a las descargas solares de 1987, nos dejaba incomprendidos y breves, hermosamente fugaces en el río de estas canciones.

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