Londres

Gustavo Ogarrio Londres: un pedazo de crepúsculo insular, una ciudad cuyo orgullo se transforma en una interrogación permanente para los “forasteros”; el choque de mundos en nuestras conciencias; la sombra de las ciudades imperiales y globales está en nosotros mismos como extrañeza, como aquello que nunca terminaremos de comprender, como frustración ante la imposibilidad de …

Gustavo Ogarrio

Londres: un pedazo de crepúsculo insular, una ciudad cuyo orgullo se transforma en una interrogación permanente para los “forasteros”; el choque de mundos en nuestras conciencias; la sombra de las ciudades imperiales y globales está en nosotros mismos como extrañeza, como aquello que nunca terminaremos de comprender, como frustración ante la imposibilidad de narrar lo “majestuoso” de esas calles en las que se anuda trágicamente nuestra confusión.

¿Qué es Londres…la misma Inglaterra… o Europa para un “forastero” que viene del otro lado de ese capitalismo deslumbrante? Quizás un museo de riquezas imperiales que vienen del poder y de las falacias de la astucia en la larga duración monárquica. Pero también Londres ha sido esas lámparas de gas que resplandecen en la noche; el humo negro de grandes fábricas sin un ápice de ese optimismo modernizador y apologético propio de mediados del siglo XIX. Londres es una ciudad magnífica y abrumadora que expande la imagen deslumbrante de un mundo metropolitano que también es dolor y opresión a distancia; poder de vida, poder de muerte, esclavitud y modernidad de barcos mercantes y de vías férreas cuya “supremacía” explota en lo que no se debe mirar: el sesgo colonial; comprender y nombrar la distancia entre la opulencia monárquica que se naturaliza con el deslumbramiento y el vacío in situ de los mundos de ultramar.

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¿Cómo escribirla? Quizás desde una escritura transatlántica y oblicua, que ponga el acento en la contradicción que fue la Inglaterra del siglo XIX, en tensión arterial con la del siglo XXI: tiendas heladas donde se amasan grandes fortunas por minuto; una aristocracia rancia y altanera; la vieja clase londinense que sobrevivió al gran incendio que ocurrió bajo el reinado de Carlos II; suburbios y arrabales de obreros como imagen de la pobreza moderna.

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