IMÁGENES NUESTRAS | Plaza de Armas, hoy en día muy visitada, en el siglo XIX fue un cruel escenario

Hace 200 años el mismo espacio albergaba tablones para la vergüenza pública, espacios para instalar la horca, el garrote vil y latigazos de castigo a los rebeldes durante la guerra de insurgencia en 1810

Foto: Sam Herrera Jr.

Arturo Molina /La Voz de Michoacán

Morelia, Michoacán. Con una vista panorámica hacia la Catedral, la Plaza de Armas o Plaza de los Mártires, es el punto en donde diariamente miles de turistas, visitantes y lugareños aprovechan para tomarse fotos, la mayoría sin conocer el cruento y sangriento pasado de castigo, tortura y ejecuciones públicas del que alguna vez fue escenario.

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En pleno 2021 la plaza es conocida por las letras monumentales con el nombre de Morelia, el elegante quiosco, las bancas labradas en la cantera rosa que caracteriza a la ciudad, los jardines floridos y las fuentecillas ornamentales que sirven de asiento para los paseantes; no obstante, hace apenas 200 años el mismo espacio albergaba tablones para la vergüenza pública, espacios para instalar la horca, el garrote vil y latigazos de castigo a los rebeldes durante la guerra de insurgencia en 1810 y años posteriores.

Ubicada sobre la avenida Madero, la Plaza de los Mártires fue originalmente concebida como la Plaza Mayor. Fue diseñada por el constructor local Juan Ponce desde el siglo XVII.

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Con la edificación de la Catedral de Morelia, ambos costados del recinto religioso alcanzaron un grado de mayor relevancia para la vida pública y la creciente vida social, política y económica de la entonces Valladolid de Michoacán.

Con el estallido de la guerra de Independencia, en septiembre de 1810, la situación cambió para siempre en la ciudad más importante de la intendencia. Desde la ocupación de las fuerzas de Miguel Hidalgo y la posterior persecución política a todos los que participaron en el movimiento rebelde, la plaza y sus alrededores se mancharon de sangre en los ejercicios públicos de poder de la Corona.

Los portales aledaños a la Plaza de los Mártires dan cuenta de la gran cantidad de líderes insurrectos de la época que fueron martirizados en dicho espacio como parte del mensaje-advertencia a la sociedad vallisoletana sobre las consecuencias de haber desafiado a la monarquía española.

Entre los nombres de los insurgentes que agonizaron de manera sanguinaria en la plaza se encuentra el del presbítero José Guadalupe Salto, líder militar insurgente que murió a garrote vil ante una muchedumbre de colonos horrorizados por el sangriento espectáculo montado por el entonces gobernador militar de origen peninsular, Torcuato Trujillo Chacón Zafra y Monsalve.

Miguel Gómez, coronel insurgente y párroco de Petatlán, corrió la misma suerte acusado de apoyar la causa independentista iniciada en la guerra de 1810. Con base a lo anterior y a otros políticos sacrificados hasta 1830 la plaza tomó de ahí su evocación como lugar de “mártires”.

Más tarde, en 1843, tras el proceso de independencia y consolidación de México como estado nación independiente, la Plaza de los Mártires se convirtió en mercado y centro comercial. Durante el siglo XX sufrió varias modificaciones en sus espacios arquitectónicos, actualmente se usa como un espacio para celebraciones civiles multitudinarias, religiosas y deportivas.

Su quiosco central, construido en 1887, está diseñado con caminos diagonales, jardineras, pilastras con faroles y bancas de cantera en su alrededor, así como fuentes elaboradas con la piedra rosada en algunos de sus puntos cardinales.

En la actualidad, poco queda del pasado de los mártires. Únicamente algunas placas conmemorativas de cada uno de los ejecutados convergen con los arreglos de temporada en la plaza más visitada de la ciudad de la cantera rosa.