LA CASA DEL JABONERO | Raúl, simbólico

En su columna LA CASA DEL JABONERO, el periodista Jorge A. Amaral analiza el revanchismo político de Donald Trump y el legado musical de Ray Barretto.

Jorge A. Amaral

En tanto que portavoz de la ultraderecha, Donald Trump debe arengar a sus seguidores con discursos populistas y radicales. No es cosa sólo de él, tanto en Europa como en el continente americano vemos a diario a políticos y líderes de opinión culpando de todo al comunismo, al socialismo, a los “zurdos”, al “wokismo”, a los progres. Desde Canadá hasta la Patagonia, desde la Península Ibérica hasta el Cáucaso estos discursos se repiten ad nauseam.

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Es bien chistoso que esos personajes y sus seguidores se la pasen quejándose del socialismo cuando éste en realidad existe en poquísimos países, y el que sobrevive es en la mayoría de los casos muy lejano al socialismo de la Unión Soviética y, por ende, más lejano aún al comunismo al que se aspiraba. En todo caso lo que hemos visto a lo largo de la historia son distintas formas de interpretar y usar el socialismo en beneficio de una élite.

A lo que quiero llegar entre tanto devaneo es a que, como ya lo he escrito en otras entregas de esta celebérrima columna, la Guerra Fría no ha terminado, la ultraderecha se empeña en mantenerla vigente con encono y polarización.

El fanatismo se basa mucho en la nostalgia de un pasado heroico. Hitler buscaba recuperar la grandeza del gran imperio austrohúngaro y por ello buscaba crear otro imperio con capital en Welthauptstadt Germania. En España, Vox evoca el heroísmo de los conquistadores de Mesoamérica al “quitar lo salvaje a los indígenas” y fundar lo que hoy es México, a la vez que recuerdan con añoranza al dictador Francisco Franco. En México tenemos una bandita toda norteada que ama a Porfirio Díaz, y hay los que van más allá al traer a la memoria a “don” Gustavo Díaz Ordaz cuando hay alguna manifestación que se sale de control. Imbéciles.

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Recordemos también que en Estados Unidos el Ku Klux Klan actual salió de las cloacas inspirado por la película “The birth of a nation” (El nacimiento de una nación, 1915), dirigida por D.W. Griffith y basada principalmente en la novela “The Clansman” (1905), con elementos de “The Leopard’s Spots” (1902), ambas de Thomas Dixon Jr., y aunque la película revolucionó el lenguaje cinematográfico, ha sido condenada por su contenido abiertamente racista.

La película, al presentar al KKK como caballeros heroicos que salvaban a las familias blancas del sur de la "tiranía negra", les dio una justificación ideológica y visual para su resurgimiento, y así, el mismo año del estreno, William J. Simmons fundó una nueva versión del Klan en Atlanta, inspirado directamente por la cinta, adoptando la iconografía de la película —túnicas blancas, capuchas y cruces en llamas—, convirtiéndose en una organización masiva, estructurada y nacional.

Hoy muchos seguidores de Trump enarbolan la bandera confederada y evocan a esclavistas como el general Robert E. Lee y dicen que luchan por la libertad (de los blancos cristianos y conservadores) y la prosperidad (de esos mismos blancos cristianos y conservadores) porque Norteamérica deber ser grande otra vez y una tierra de oportunidades (para los blancos cristianos y conservadores).

Y aquí entra en escena ese viejo sentimiento anticomunista, pues el socialismo, y por ende el comunismo (que además es ateo), ponen en riesgo los valores democráticos, de libertad y prosperidad de la América libre, cristiana y blanca. Eso se implantó en el pueblo estadounidense luego de la Segunda Guerra Mundial y vaya que ha hecho mella hasta nuestros días.

Now bien, no diremos que los personajes a los que Estados Unidos ha perseguido sean inocentes, tampoco hay que ser ignorantes e ingenuos, pero por esa especie de revanchismo ideológico es que hasta hoy en día se les persigue y encarcela.

Irak nunca tuvo armas de destrucción masiva y aun así fueron por Sadam Hussein, Estados Unidos nunca pudo atrapar a Hugo Chávez, pero se inventó un cártel para justificar la captura de Nicolás Maduro en una franca violación a la soberanía venezolana.

Decenas de veces intentaron eliminar a Fidel Castro, nunca lo consiguieron, por eso ahora van por su hermano, Raúl Castro, que ya ni siquiera es presidente, sólo porque derribó algunos aviones que violaban el espacio aéreo cubano cuando fue ministro de Defensa, como cuando Estados Unidos hunde embarcaciones en el Caribe con el pretexto de que son narcos, pero jamás han mostrado la droga que esas lanchas transportaban.

Como le digo, esos personajes tienen sus sambenitos, fueron gobernantes autoritarios y dictadores, tan dictadores como, por ejemplo, Kim Jong-un en Corea del Norte, y tan autoritarios como Putin en Rusia, contra quienes, sin embargo, Estados Unidos no irá pues se les vendría un conflicto de proporciones bíblicas.

Así, el gobierno de Trump lo que hace es tomar revancha y mantener vivo un conflicto que creíamos terminado con el fin de la Unión Soviética. Detener a Raúl Castro no le aportará ningún beneficio real a Estados Unidos, no hará que el pueblo cubano mejore sus condiciones de vida, porque a Estados Unidos le importa un bledo el pueblo cubano, como no le importó el venezolano, como al gobierno estadounidense didn't give a fuck la gente de Afganistán, Irak o Palestina. La eventual detención de Raúl Castro sólo es una revancha que Trump quiere regalar a sus seguidores para mantener viva esa ilusión de que su país lucha por la libertad y la democracia. Hubiera estado de lujo entregarles la cabeza de Fidel en charola de plata, pero con la de su hermano de 94 años basta para el simbolismo.

Manos Duras

Ya no recuerdo si he escrito sobre uno de mis percusionistas favoritos, pero ahí va, y le diré por qué Ray Barretto está entre mis preferidos.

Conconocido con el mote de “Manos Duras”, Baretto se caracterizó por un ataque fuerte y seco en las congas, con un toque agresivo y mucho peso en el slap, pero sin sonar desordenado. Pero al mismo tiempo tenía alma jazzista incluso cuando tocaba salsa, su tumbao tenía la personalidad de un baterista de hard bop.

A diferencia de otros colegas, Baretto usaba menos ornamentación, tocaba con frases claras y contundentes, dotadas de gran sentido del tiempo y sin saturar, sino que sabía cuándo detenerse un poco para que la banda hiciera su trabajo. Y es que, a diferencia de muchos de sus colegas, que venían directamente de la tradición rumbera cubana, Barretto venía del jazz.

Esas diferencias hacían que, por ejemplo, mientras Mongo Santamaría era más “africano”, más abierto, folclórico y con un groove que buscaba el hipnotismo, Barretto sonaba más urbano y más sofisticado armónicamente. Por eso, si Mongo tenía más rumba, guaguancó y trance rítmico, el estilo de Barretto tenía más elementos del jazz, con mucha precisión y una arquitectura más compleja.

Si usted quiere adentrarse al mundo de Baretto, le recomiendo empezar con “Acid” (1968), considerado su obra maestra pues constituye una mezcla de boogaloo, soul, jazz latino y salsa temprana. De este disco destaca “A deeper shade of soul”, que suena brutal con un groove oscuro y callejero que resulta increíble, y por ello este álbum fue seminal para el sonido neoyorquino latino de fines de los 60, que daría pie a la salsa brava, la que sí pica.

Y hablando de salsa dura y pura, “Indestructible” (1973), con sus metales agresivos e imponentes, una percusión muy compacta y arreglos densos, muy al estilo de Willie Colón con sus trombones. El tema que le da el nombre al disco, “Indestructible”, es, a decir de expertos, un manifiesto de la salsa de Nueva York.

“La Cuna” (1981), por otro lado, está más orientado al latin jazz, con mucha infraestructura de improvisación y diálogo entre instrumentos, aunque menos bailable en el sentido tradicional, rumbero y salsero. Su sonido elegante lo hace delicioso.

Así, a lo largo de su carrera, Ray Barretto nos enseñó que la conga puede dialogar con el jazz moderno, más allá de ser un acompañamiento ornamental, pero también demostró que la salsa puede ser sofisticada sin perder calle, cosa que ya luego olvidaron Marc Anthony y otros que privilegiaron una salsa más catsup para la radio pop.

Además, con su virtuosismo, la conga, que en el jazz muchas veces era vista como “color latino”, él ayudó a convertirla en un instrumento autosuficiente, pero también motor del groove y voz principal del ensamble.

Ahora que me acuerdo, sí, ya había escrito sobre él, la cosa es que ya no recuerdo qué escribí (mi vanidad no alcanza para recordar lo que escribo, porque justo por eso lo hago: para registrar lo que me viene a la mente antes de que se me olvide), así que si repito algo, le ofrezco una disculpa. Es cuánto.